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Paula Acunzo

Colombia: un viaje a los míticos cultivos del Cauca

Cuando les contaba a mis colegas o amigos colombianos que haría investigaciones periodísticas-fotográficas en Toribío, todos sin excepción pusieron caras de horror y pánico gesticulando y preguntándome por qué haría eso, que era peligroso, que no saldría viva de allí.

No era para menos, Toribío era la cuna de constantes ataques del paramilitarismo, término que ya no es del todo adecuado, ya que fueron desmovilizados en el 2006, lo que los transformó abiertamente en bandas criminales.

Además, los enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla FARC – EP fueron constantes hasta hace unos años. El ataque más violento que tuvo aquella zona fue el 8 de julio del 2011, realizado por las FARC – EP.

La zona de Cauca fue una de las más calientes durante el conflicto abierto entre el Ejército, la guerilla y los paaramilitares. Antes, como ahora, es una de las zonas donde se produce el cannabis colombiano

Pusieron un artefacto explosivo en una chiva (una especie de camión que se utiliza como transporte público) que destruyó la estación de la policía, las casas de casi 1 kilómetro alrededor y se llevó la vida de al menos tres personas y más de sesenta resultaron heridas.

Toribío se encuentra en la zona de Cauca, en Colombia, situada al suroeste de Bogotá, cuenta con 26.616 habitantes, tiene un clima oceánico –nunca supe bien la clasificación, pero en mi imaginación supuse que iba a llover todos los días y que haría mucho frío- y se encuentra a 1.800 metros de altura.

Es una zona de agricultura, donde los principales cultivos son el cannabis, la coca y la amapola. Allí vive la comunidad indígena Nasa con 15.000 pobladores. Ellos son los principales cultivadores de la zona.

Cultivos iluminados por las noches / Foto: Paula Acunzo
Zona roja

Luego de un mes en Colombia, finalmente mis contactos, fuentes y posibilidades se dieron para ir a Toribío. La adrenalina fluía. Me encontraba en Palmira, departamento del Valle del Cauca, a unos 110 kilómetros de la zona.

Uno se imagina que esa distancia se recorre en una hora aproximadamente. Pero no hay caminos que sean directos o en excelentes condiciones.

Primero se debe ir en un bus de alrededor de 20 pasajeros y que cuesta unos 2 dólares hasta una ciudad que se llama Santander (un departamento de Colombia localizado en la zona nororiental del país, en la región andina) y se tarda dos horas.

Después hay que esperar eternamente (entre dos horas y tres horas) otro bus que es como una combi y que por 5 dólares te pasea por otras cuatro horas más por paisajes soñados entre montañas, casitas de adobe, extensiones interminables de campos, curvas y contracurvas, todos apretados, llevando cada uno sus pertenencias (en mi caso, mi mochila de supervivencia con lo suficiente para vivir por 10 días).

Al llegar al pueblito de Toribío lo más curioso son las luces, muchas luces en todas las colinas. Son campos de marihuana iluminados artificialmente para mejorar la producción

Así que finalmente para hacer un viaje de 100 kilómetros se tarda unas ocho horas contando la espera. Sí, ocho horas.

Se arriba al pueblito, debajo de la lluvia, que es constante e interminable, en la oscuridad porque al estar cerca del Ecuador atardece alrededor de las 18 horas, en una plaza central llena de puestitos de comidas típicas callejeras, pequeñas casitas bajas.

Y lo más curioso, luces, muchas luces en todas las colinas.

Una mirada del Valle desde uno de los cultivos campesinos / Foto: Paula Acunzo



Entendí prontamente que eran campos de marihuana iluminados artificialmente para mejorar la producción. Ahora quedaba bañarme con agua fría y dormir en un colchón de lana.

De comer ni hablar, ya que en Toribío no hay luz eléctrica desde las 18 horas a las 7 de la mañana del día siguiente, por lo cual al menos ese día no hubo más que “chuzos”, que es carne en palito asado.

No fue un mal comienzo, teniendo en cuenta lo que luego me contaron los nasas: que apenas dos meses atrás hubiera sido imposible que una periodista “mona”, es decir rubia, como yo, anduviera por la zona sin ser asesinada o secuestrada.

Organización nativa

Me subí a la moto de uno de los líderes de los nasas y arrancamos el viaje más impensado. Comenzamos a ascender la montaña.

Lentamente cruzamos caminos de tierra impregnados de cannabis, atravesamos el cementerio a cielo abierto y algún pueblo humilde. Pueblo en el que las casas eran apenas casas, o más bien cañas con barro que sostenían una estructura delicada, sin servicios.

Se veía a hombres, mujeres, niños y burros trabajando la marihuana. Extensiones interminables de marihuana.

Me subí a una moto con uno de los líderes de la comunidad. Comenzamos a ascender por la montaña. Se veía a hombres, mujeres, niños y burros trabajando la marihuana. Extensiones interminables de marihuana

Los nasas hacía un mes se habían organizado en una cooperativa multiétnica llamada Caucannabis con 300 afiliados. Ésta persigue que el Estado colombiano les reconozca los usos que ellos han dado a la marihuana ancestralmente y, ahora, como producto medicinal.

El cannabis según afirman desde Caucannabis es una planta capaz de combatir la hambruna y la pobreza.

La cooperativa no sólo fomenta el uso medicinal, sino que tiene un área de investigación encaminada a adquirir nueva información con el fin de obtener nuevos conocimientos para el aprovechamiento e innovación del cannabis.

Actualmente la planta de cannabis se usa para textiles industriales (ropa, lona, alfombras, mochilas, cuerdas, etc.), papel para imprimir o cartón, materiales de construcción, como alimento (aceite de ensalada, margarina, suplementos y harina de la panadería), productos industriales (pintura, barnices, etc.), pañales, bolsos, zapatos, fibras de piel, combustible para caldera, jabón, shampoo, crema, comida como granola y alpiste para las aves, solamente por mencionar algunos usos.

La marihuana ha sido y será la principal fuente de ingresos de la zona. Otro cultivo se hace imposible debido a que, primero, los campos son arrendados a altos precios y, segundo, porque se necesita una tecnificación e inversión elevada para un mercado actual inestable.

A veces deben regalar las cosechas alternas que poseen, ya que no tienen a quien venderlas.

Los campesino mantienen desde hace años sus genéticas / Foto: Paula Acunzo

Legalidad alambrada

En el 2015 existió un gran avance cuando a través del decreto 2.467 se autorizó el cultivo, fabricación y distribución de productos medicinales, para investigación, exportación y uso sólo con fines médicos y científicos. Pero para ello, se requiere una licencia que los campesinos no han logrado obtener.

Y el mayor temor de las comunidades es que sus fórmulas sean robadas y patentadas por grandes empresas multinacionales que, ya autorizadas, han incursionado en la zona.

Ninguno de los nasas es multimillonario. El precio de la venta de la marihuana es muy fluctuante y ha variado entre 12.000 cop (aproximadamente 5 dólares) y 40.000 cop (aproximadamente 16 dólares) la libra (0,45 kilos).

Si bien Colombia avanzó en la regulación del cannabis medicinal, la posibilidad de acceder a licencias para cultivos es muy restringida para los campesiones que lo hacen desde mucho antes que las transnacionales

A lo que obtengan por su cultivo deben restarle, además de los impuestos, el pago de los alquileres de los campos que no son más que quintas familiares de unas hectáreas.

El principal conflicto que ha enfrentado la comunidad no es sólo con el Estado que aún debate una ley para regular definitivamente un cultivo ancestral, de comprobados usos y que crece ante la mirada de todos, sino también el constante acoso que han recibido los campesinos e indígenas por parte del ejército y los “paras” (paramilitares), quienes son las autoridades reales de toda la zona.

El intento de ataque más reciente ha sido de un camión que llevaba uniformados y civiles con motosierras en la zona de La Huella y que aún hoy la guardia indígena los tiene detenidos, lo que generó que Amnesty Internacional mediara para su liberación.

Esa noche mientras bajaba a oscuras vi unas barreras. Son de la guardia indígena, creada por los nasas para protegerse. De esa forma, los campesinos sin más armas que sus cuerpos han confrontado las amenazas permanentes.

Día tras día, en moto y con mis botas ascendí por esos caminos embarrados y en mal estado. Finalmente conocí a Albiro y a su familia.

Ellos me recibieron en su hogar y en la intimidad relataron las consecuencias de vivir del cultivo de cannabis. Lo hicieron de forma extraordinaria, dado que por temor a represalias los nasas rara vez hablan de su modo de subsistencia y casi nunca permiten ser fotografiados. Presente y futuro de la subsistencia: niños, mujeres y hombres peluqueando.

Campesinado cannábico

A pesar de ser tildados de guerrilleros, narcos, pese a que les quemen los campos, los exploten, los maltraten o los maten, familias enteras construyen su precaria economía diaria a base de marihuana.

Albiro, el hombre mayor del grupo, con una voz casi inerte relata las veces que el ejército intentó quemar su campo y cómo su familia lo confrontó a puño limpio.

El acuerdo de paz firmado entre las FARC – EP y el gobierno de Santos el último 24 de noviembre, y ya refrendado, ha dispuesto una sustitución de cultivos, pero el Estado no ha colaborado ni ha expresado claramente cómo será.

Previo al alto al fuego, la zona estaba bajo el control de las FARC – EP. “Gracias a la guerrilla no había vicios”, relata Albiro, “ahora el Estado va a venir, nos va a erradicar y nadie sabrá como sostenerse”.

Manicura comunitaria  / Foto: Paula Acunzo


Con su familia como testigo, Albiro es consciente de que son los campesinos los que sufren desde hace décadas las peores consecuencias de una guerra que involucra al Estado, los paramilitares, organizaciones criminales y la guerrilla. “Es chévere vivir en paz, en silencio, pero, ¿qué va a pasar mañana cuando el gobierno nos saque todo?”, se pregunta este campesino.

Su mujer, Luisa Miriam, ofrece con gentileza un recorrido por su campo. Ascendimos y descendimos por cuestas donde crecen matas de 1,70 metros, mostró en detalle cómo se clonan las plantas y cómo se seca la cosecha en unos cuartos prefabricados de madera repletos de un sistema casero de ventilación hecho con unos caños finos de los que sale el calor durante 15 días. El proceso es artesanal y descomunal.

En ese recorrido, explicaron las razones de los cortes de luz en toda la zona, los que atribuyen a un boicot estatal, dado que para que las plantas se desarrollen en plenitud en Toribío se necesita luz continua durante los primeros 45 días. Sin electricidad, las luces que iluminan los campos de noche dejan de verse y así muchos cultivos se pierden.

Gracias al cannabis, afirman que no hay desempleo en la comunidad. “Los que no siembran, se dedican a peluquear, a ayudar a los cultivadores, entonces tienen un empleo estable y con buena remuneración”

Gracias al cannabis, afirman que no hay desempleo en la comunidad. “Los que no siembran, se dedican a peluquear, a ayudar a los cultivadores, entonces tienen un empleo estable y con buena remuneración, mientras que si se acaba la marihuana y volvemos a la situación anterior sólo habrá trabajo dos o tres veces por semana”.

Además, el cultivo de cannabis involucra tanto a hombres como a mujeres, “si nos erradican ya no va a poder salir la señora a trabajar, solamente va a tener el ingreso de lo que lleve el señor de la casa, entonces ahí ¿qué va pasar?”, se preocupa Luisa Miriam. “Ahora las mujeres ayudan cualquier cantidad a la familia y colaboran con el sostén de la misma”.

Para ella, la respuesta a muchos de estos conflictos está al alcance de la mano: “Sólo con que uno tuviera dónde llevar a vender sus productos y que le dieran unos precios más o menos estables y que fueran lógicos, para uno sería una buena solución”.

Sin embargo, cada vez que se hace un silencio, cuando cualquiera emprende una charla resuena constantemente como un eco: “¿Qué va a ser de nosotros ahora?”.


Este artículo fue publicado en Revista THC 95.