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Revista THC / Marcelo Somma

Índicas y sativas: ¿son de verdad tan diferentes?

Para hablar sobre variedades de cannabis es necesario remontarse al menos varios siglos atrás en la historia. La planta, originaria de lo que hoy es China, se dispersó por todo el planeta junto al ser humano, prosperando en distintos ambientes, climas y geografías.

En esa expansión más allá de su territorio natural, la planta prosperó generando resina con contenido psicoactivo en algunos climas y como planta sin altas propiedades psicoactivas en otros.

Así como existen diferentes variedades de cannabis, también existen variedades de cáñamo con diferentes características. Además, incorporada a la vida diaria de distintos pueblos, la planta también adquirió diferentes nombres.

Nombrar al cannabis

El primer inconveniente con la denominación de la planta que hoy llamamos Cannabis llegó varios siglos más tarde, en 1753, cuando Carlos Linneo publicó Species Plantarum incluyendo al cannabis entre las 7.300 especies vegetales descritas en el libro.

La denominó Cannabis, un término en latín pero similar a otras palabras en miles de idiomas, como konoplya en ruso, kunibu en sumerio o kanab en persa.

Hasta la clasificación de Linneo, que más tarde fue la base de la taxonomía moderna, no existía un término “estándar” para la planta que se conocía y se usaba en cientos de regiones y culturas diferentes.

Sin embargo Linneo clasificó y bautizó una variedad de cáñamo silvestre de Europa, sin propiedades psicoactivas y más aptas para el uso industrial que cultural o medicinal.

En la nomenclatura binomial propuesta por Linneo, Cannabis sativa significa “cannabis cultivado o cultivable”.

Hasta la clasificación de Linneo, que más tarde fue la base de la taxonomía moderna, no existía un término “estándar” para la planta que se conocía y se usaba en cientos de regiones y culturas diferentes.

Treinta años más tarde, en 1783, Jean Baptiste Lamarck propuso el término Cannabis índica para referirse a las variedades de cannabis, diferentes a las europeas y utilizadas medicinal y ritualmente en, precisamente, la India.

Así nació la primera división entre variedades de cannabis: dos supuestas especies diferentes del mismo género.

En 1924 apareció un nuevo integrante de la familia Cannabis, descubierto en Siberia por el botánico ruso Dmitri Janischevsky y bautizada ruderalis.

El término designa a un género de plantas que crece en Rusia, Siberia y Asia central y cuya principal característica es florecer independientemente del fotoperiodo, además de una mínima producción de cannabinoides psicoactivos.

Raros problemas nuevos

La prohibición del cannabis se impuso cuando esos tres nombres (Cannabis Sativa, Cannabis Índica y Cannabis ruderalis) ya eran parte del lenguaje científico.

Uno de los efectos generados por la ilegalidad de la planta, fue el nacimiento de circuitos clandestinos de cultivo de la planta. Se trató del germen de la cultura cannábica.

A partir de entonces las denominaciones empezaron a cambiar al ritmo de la popularización del cannabis.

Se clasificó como “índicas” a las variedades nativas de Asia central, Medio Oriente y norte de África, pero también a las plantas de estructura compacta, hojas anchas, floración corta y efectos ligeramente sedantes y pesados.

“Sativa” quedó reservado para todas las demás variedades de hojas más finas, generalmente provenientes de los trópicos, con floraciones extensas y estructuras abiertas de mayor tamaño.

Con la explosión del cultivo moderno nacieron las primeras hibridaciones y el mapa genético de la planta de cannabis se hizo aún más complejo.

El cruce de variedades “sativas” con “índicas”, ambas provenientes del mercado ilegal, no fue algo deliberado sino más bien producto de las zonas donde los cultivos ilícitos de cannabis fueron rentables por razones tanto geográficas como geopolíticas.

Lo particular del cannabis es que se desarrolla de forma óptima entre las líneas de los trópicos. Al mismo tiempo, esa franja climática coincide con países que suelen basar sus economías en la exportación de recursos a potencias industrializadas. 

Así fue que Colombia además de proveer café a los Estados Unidos de manera legal, fue el principal proveedor de cannabis ilegalmente.

Del otro lado del atlántico, la economía de países africanos como Marruecos dependen en gran medida de la exportación de hachís a Europa.

El botánico Richard Evan Schultes con una planta de cannabis variedad Afghana en su hábitat natural. (Richard Evan Schultes)


Atravesado todo este laberinto botánico, económico y geopolítico, llegamos a la actualidad. Hoy hablamos de variedades con determinados porcentajes de características índicas o sativas.

Al hacerlo, entendemos que refieren a genomas específicos provenientes de determinadas áreas del planeta, con “comportamientos” diferentes y particulares como la velocidad de la floración o la estructura.

El mejor ejemplo es el Skunk, uno de los primeros híbridos: una variedad afgana, “índica” cruzada con una mexicana y una colombiana, “sativas”. En el mundo cannabico, es un híbrido 75% sativa, 25% índica, aunque matemáticamente sería algo más como 66,6% contra 33,3%.

El secreto genético

Ya en el siglo XXI, con la mano de hierro de la prohibición oxidada, la ciencia recobró el interés en el cannabis. A su vez las nuevas tecnologías permitieron el descubrimiento de nuevos cannabinoides.

Además se desarrollaron estudios genéticos fundamentales para determinar el origen y linaje de las variedades hoy utilizadas.

A partir del auge del uso medicinal nació la necesidad de denominar las variedades, genéticas y cruces desde otro punto de vista.

Ya no sólo importante cuánto demora la floración y la altura que puede alcanzar una planta, sino que se vuelve clave conocer el perfil preciso de cannabinoides y sustancias afines, es decir su quimiotipo.

En el caso del cannabis, esto es un poco más complejo, ya que intervienen además del THC, otros cannabinoides como el CBD, CBD y CBG o las sustancias volátiles aromáticas como terpenos y sesquiterpenos.

La zona óptima de crecimiento del cannabis es entre los trópicos de Cáncer y Capricornio.

Se sabe también de la importancia del efecto séquito, la combinación de estas sustancias y sus efectos sobre diferentes patologías.

Paralelamente la regulación en muchos lugares del mundo volvió más accesible las tecnologías de testeo, como la cromatografía, que permite una identificación única de los componentes que posee una muestra de cogollos o extracciones. De hecho, en Argentina, ya varias instituciones públicas realizan estos testeos.

El uso medicinal hace necesario denominar las variedades, genéticas y cruces desde un punto de vista que hace secundario el tiempo que demora la floración o la altura final de la planta: el perfil preciso de cannabinoides y sustancias afines, es decir su quimiotipo.


De esta manera se pudo comenzar a trazar un nuevo mapa del cannabis, esta vez delineado por el perfil de cannabinoides. Y una vez más surgieron las imprecisiones en las denominaciones.

Un claro ejemplo es el proyecto Connect de la empresa de tecnología aplicada al cannabis Confident. En una interface 3D, las variedades están agrupadas y conectadas de acuerdo a los resultados de su testeo en laboratorios, con presencias y cantidades de sustancias cuantificadas.

 

La herramienta 3D Connect de la empresa Confident permite visualizar las variedades por su cercanía genética.


De esta manera se puede calificar variedades que pueden tener efectos similares debido a sus quimiotipos. Pero también se puede observar que muchas variedades típicamente rotuladas como “índicas” o “sativas” tienen en realidad mucho más en común que otras.

Es probable que estemos ante una nueva era, donde las variedades finalmente se denominen por su producción de compuestos activos o se establezcan parentescos cercanos entre variedades que suponíamos alejadas.

Con el cannabis, ya lo vimos, todo es posible.