Una de las formas más cómodas y eficientes de cultivar en el exterior es mediante el uso de camas de cultivo con suelo vivo. Pueden ser cerradas, como las que se usan en balcones o patios, o abiertas, como las que no poseen fondo y se ubican en contacto con la tierra directa. Lo interesante del método es que busca formar un suelo biodinámico que sea capaz de beneficiarse de las hostilidades del clima, para así mejorar la calidad de nuestras cosechas mediante la creación y manutención de una red trófica en el suelo.
Este concepto hace referencia a todas las interacciones que existen entre todas las formas de vida que cohabitan el espacio deccultivo, desde los microbios hasta los pájaros. Por ello, decidimos obrar para que todos estos procesos biológicos estén orientados para el máximo beneficio de nuestras plantas de cannabis.
Beneficios de las camas de cultivo con suelo vivo
Una cama de cultivo se puede dar tanto en suelo directo como en espacios artificiales si diseñamos un cajón que sirva para este fin. Este
espacio segregado nos va permitir instalar plantas asociadas (que proveerán de múltiples beneficios), como así incluir elementos que nos permitan darle una mejor estructura desde el aspecto físico.
Este tipo de sistemas biodinámicos “trabaja” todo el año, independientemente de si estén o no nuestras plantas, por lo que también realizaremos tareas de mantenimiento durante la etapa invernal. Crear un entorno benéfico, solidario y equilibrado no solo nos deja con cosechas más copiosas, sino que también nos trae cultivos saludables, ya que en este tipo de sistemas las plagas no llegan a desarrollarse más que en forma de focos infecciosos.
La idea de usar una cama de cultivo es la de poder generar una estructura aireada y con predominancia bacteriana por sobre la fúngica adaptada a nuestro clima, independientemente de cuál sea, ya que aquellos microorganismos que logren establecerse y prosperar serán los que mejor se adapten a nuestro ambiente.
Es allí donde radica el beneficio más grande del método, en la capacidad de transformar las malas condiciones del clima en factores de beneficio. Dependiendo de las condiciones iniciales, un bancal puede llevarnos varios ciclos hasta poder estar en equilibrio. Se trata de ser pacientes y evaluar de forma constante cómo va evolucionando nuestro pequeño ecosistema conforme las estaciones van pasando, ya que todo nuestro accionar será basado en el estudio de la conjunción de estas dos variables.
Camas de cultivo: los amigos invisibles
Las bacterias en la red trófica del suelo cumplen un rol vital en el reciclaje de los elementos básicos necesarios para cualquier forma de vida: carbono, azufre y nitrógeno. El ciclo del nitrógeno, llevado a cabo por bacterias especializadas, es uno de los sistemas más importantes en el mantenimiento de toda la vida que habita nuestro planeta: los organismos vivos producen los compuestos orgánicos vitales, los “ladrillos de construcción” de la vida (aminoácidos y ácidos nucleicos) utilizando nitrógeno. Los fuertes enlaces que mantienen juntas las moléculas de nitrógeno atmosférico (N2), es decir el que está presente en el aire, hacen que este sea inútil para las necesidades de las plantas.
Para que las plantas puedan utilizar nitrógeno, debe ser “fijado” (combinándose con oxígeno o hidrógeno) produciendo iones de amonio (NH4+), nitrato (NO3-) o nitrito (NO2-). Este importante proceso se llama fijación de nitrógeno.
Ciertas bacterias se encargan de convertir el nitrógeno atmosférico en formas que la planta puede aprovechar. Los géneros que se encargan de ello son Azotobacter, Clostridium, Azospirillum y Rhizobium, todos ellos viven libremente en el suelo a excepción del último, que se encuentra en íntima asociación con las raíces, donde pueden formar nódulos visibles.

La idea de esto no es memorizar los nombres, sino remarcar que la clave de todo el proceso es llevada a cabo por organismos vivos; a pesar de que anteriormente se hayan reducido a nombres de moléculas, son procesos enteramente biológicos. Las bacterias llevan a cabo esos procesos en el suelo, formando relaciones simbióticas con plantas específicas o existiendo simbióticamente con otros organismos.
Otra parte del ciclo del nitrógeno, que comienza en el suelo, implica la descomposición de proteínas en amonio. Este amonio suele figurar como parte del producto de desecho producido por protozoos y nematodos después de ingerir bacterias y hongos. A continuación, las bacterias especiales de nitrito, del género Nitrosomas, convierten los compuestos de amonio en nitritos. Un segundo tipo de bacterias (Nitrobacter spp), las bacterias de los nitratos, convierten los nitritos en nitratos. A las bacterias nitrificantes generalmente no les gustan los ambientes ácidos, su número (y por lo tanto la conversión de nitrógeno en nitratos) disminuye cuando el pH del suelo cae por debajo de 7.
El biofilm bacteriano (que es una estructura producida por las bacterias que sirve para generar entornos controlados) suele tener un pH arriba de 7. Sin embargo, si hay la suficiente cantidad de bacterias en el área, el biofilm que producen mantiene el pH por encima de 7, lo que permite que la nitrificación ocurra. Si no sucede, el amonio que se produce como resultado de los anteriores procesos, no se convierte totalmente en nitrato. Si el pH es menor a 5, muy poco o prácticamente nada del amonio será convertido.
¿Cómo se arma el sustrato en las camas de cultivo?
El suelo vivo en el cual trabajaremos debe ser aireado, con buena retención de agua, buena disponibilidad de materia orgánica y tener la capacidad de albergar poblaciones de diferentes organismos de forma tal que convivan de forma armónica. Para ello no basta con la mezcla tradicional de perlita, humus y tierra, sino que debemos incluir elementos que sean capaces de tolerar el peso y el desgaste que se genera por la actividad, por lo que una parte clave es la incorporación de madera.
La madera, que la suministraremos en forma de troncos de árboles, no solo nos ayuda para evitar la compactación, ya que cuando se descompone actúa como esponja reteniendo agua, sino que también sirve de alimento y hogar a distintas formas de vida, en especial de los hongos, gracias a la gran oferta de lignina que se produce. Lo ideal es buscar maderas autóctonas (evitando aquellas que sean de descomposición lenta) y hacer una mezcla entre troncos frescos y aquellos que ya estén secos, ya que suponen una gran oferta de lignina.
La presencia de troncos frescos favorece la descomposición, con lo que al incorporar enmiendas sólidas para nutrir pasarán a estar disponibles más rápido, además de mantener la temperatura en los meses frescos, generando un entorno ideal para el desarrollo radicular. Las raíces a su vez encontrarán en la madera descompuesta la posibilidad de anclarse y fijarse al suelo con mayor facilidad, con lo que se dota de una mayor resistencia a las lluvias.
De sustrato a suelo vivo
En la siguiente capa ubicamos tierra, que puede ser fruto del repique realizado al cavar la cama. En ese caso le agregaremos fibra de coco o turba para mejorar la aireación, siendo este nuestro principal objetivo. Otra opción es usar sustrato reciclado (si el cultivo estuvo libre de enfermedades), también combinado con otros elementos para poder mejorar la porosidad. Esta capa debe ser liviana, podemos incorporar enmiendas de liberación lenta con fines nutricionales, además de tener buena retención de agua.
Finalmente, en la capa superior ubicamos mulching, que puede ser el clásico de paja, de trigo o cascarilla de arroz; o bien puede ser mixto, si por ejemplo lo mezclamos con bokashi. Si decidimos optar por bancales artificiales, en espacios como patios o terrazas es importante que a la hora de construirlo reparemos en utilizar materiales que dejen circular bien el aire y el agua como es el caso de la tela de contenedores geotextiles, o la rafia. Debemos evitar usar metales o plásticos oscuros, ya que retienen mucho calor, lo que no es beneficioso para el buen desarrollo de los sistemas radiculares.

