El sábado 3 de julio falleció a los 76 años el investigador y etnobotánico Jonathan Ott.
Oriundo de Estados Unidos, su obra más conocida es el Pharmacotheon, un extenso volumen donde compiló absolutamente todas las plantas enteogénicas, es decir aquellas que producen compuestos químicos capaces de modificar la percepción.
Fue amigo personal de eminencias como Albert Hofmann, Richard Evan Schultes, Gordon Wasson y cientos más. Su obra combinó dos facetas fundamentales de los psicodélicos y enteógenos: el abordaje formal, científico y químico, pero también la experiencia personal, transformadora o aterradora, que surgía de ingerir esas plantas que evolucionaron junto a la humanidad.
Para despedirlo, recordamos la entrevista que publicamos en 2019. Por más y mejores drogas, Jonathan.
Jonathan Ott: «Precisamos mejores drogas»
Quizás la primera certeza sobre la existencia de una realidad que no podemos ver fue la noche. Cada día, el sol desaparecía en el horizonte y los primeros homínidos se retiraban a la seguridad de los árboles. Más adelante nos refugiamos en el interior de las cuevas. Después amansamos el fuego y con su luz no solo espantamos los terrores nocturnos, sino que también aprendimos a dibujarnos en las piedras. Nos conocimos y reconocimos.
Quizás sentados alrededor de un fogón también descubrimos la capacidad de iluminar. Con antorchas en las manos dimos pasos a los tumbos y vimos que, si nuestro rostro está iluminado, probablemente nuestra nuca esté a oscuras. Y así tal vez encontramos esa posibilidad de que todo lo que vemos no sea lo único que exista.
Entrenar navegantes dispuestos a aventurarse en esos mares neblinosos e inciertos fue lo siguiente. Detrás de su estela, guiamos nuestras balsas, luego nuestros barcos y cruceros, siguiendo las estrellas, atravesando los tiempos, aventurándonos en el último rincón del planeta sin descubrir y colonizar: la mente humana.
Jonathan Ott nació en Estados Unidos en 1949. En 1974 comenzó a trabajar con próceres de la psiconáutica como Gordon Wasson, Richard E. Schultes y Albert Hofmann, además de publicar en 1975 su primer libro, una compilación sobre psicoactivos naturales y artificiales del mundo. En poco tiempo se convirtió en una autoridad en la materia. Luego de haber publicado más de 15 libros e innumerables artículos, la abreviatura J. Ott pasó a ser parte de la taxonomía vegetal.
El aporte de Ott a la cultura psicoactiva (y debe decirse psicoactiva porque nunca se limitó a las sustancias «visionarias” o enteógenas, sino que amplió su investigación a todos los psicoactivos conocidos por el humano) es inconmensurable. Desde México, donde vive desde hace varias décadas, escuchamos la voz del psiconauta más importante de los últimos 50 años.
El bautismo de colores
¿Cómo nació tu interés por las sustancias alteradoras de la percepción?
Estuve fascinado con psicofármacos desde muy tierna edad, 7 u 8 años. Por otro lado, mi interés en embriagantes chamánicos o drogas psicópticas, nació a raíz de una entrevista a Timothy Leary publicada en la revista Playboy,
alrededor de 1965, cuando tenía 16.
¿Qué fue lo que llamó tu atención?
Solo me detuve en una declaración particular: “El estado de conciencia bajo los efectos del LSD se compara con nuestra conciencia cotidiana; como aquella, al estado de sueño profundo”. ¡Esto sí que me llamó la atención tras 10 años de aburrimiento en una larga serie de escuelas y sin demora comencé asiduamente a buscar aquella «droga”! No la encontré hasta 1968. Más allá de eso, a Leary lo juzgué como payaso y jamás tuve que rectificar esta primera impresión.
¿Y cuándo fue tu primera experiencia visionaria? ¿Cuándo fue tu ingreso al camino de la psiconáutica?
Verano de 1968, en el auge de la Guerra de Vietnam, con Nixon haciendo su segunda campaña para la residencia. No tenía posibilidades de estudiar o de conseguir un empleo decente, ni siquiera un pasaporte, y solo Canadá o Suecia te daban asilo. Estaba clasificado como “carne de cañón” por la nefanda e ineludible conscripción.
Irónicamente, quise irme al Oriente; aunque no precisamente para achicharrar a orientales. Para aquel entonces había tomado LSD quizás ocho o 10 veces. Un amigo hizo trueque de un grabador de cassette Teac, muy alta tecnología entonces, por una bolsa pequeña de un polvo semejante a talco, eran 100 dosis de LSD. En esos años, la dosis “estándar” rondaba los 250 mcg.
¿Sabías lo que tenías en las manos?
Yo no sabía gran cosa de química, la aborrecía en el colegio, menos aún de técnica de laboratorio. Así que terminé en la casa de mis padres, al lado del club campestre en un suburbio lujoso de Pittsburgh, midiendo a ojo el polvo, dividiéndolo en 100 cápsulas de gelatina. Al terminar, tenía el plan de escabullirme para evitar el riesgo de encontrar a mi padre y conducir un viejo y destartalado deportivo MG hasta el gueto donde compartía casa con mi amigo.
Antes de salir pensé que tal vez había una pizca remanente de polvo en la bolsa, que quizás me iba a alegrar el viaje. Metí lo que encontré en un vaso de agua y ¡bombazo! Ni llegué ni al auto.
¿Qué pasó?
En 15 minutos no sabía absolutamente nada, ni siquiera mi nombre. Tuve una reacción disociativa completa que duró cinco horas, seguido por un viaje “normal” super fuerte y muy gozoso de otras ocho o 10 horas. Todo estaba allí adentro, aunque abstraído de sentido: un caos total. Quizás luego de una hora de transición, comencé a regresar a mí.
Mis recuerdos volvían, eran como aves posándose paulatinamente sobre un gran árbol en donde miles anidan cada atardecer. Tras cinco horas, creo que todavía estaba al comienzo de uno de los viajes más largos de mi vida. Todo terminó bien y una vez más volví a ser Jonathan Ott, para bien o mal.

¿Volviste siendo el mismo?
Tuve la firme persuasión de que durante el proceso de “recableado” que sobrevenía al caos, emergía un “yo” con un cableado distinto, sutilmente alterado ¡e innegablemente mejor! Mi estado psicológico de aquel momento distaba mucho de ser feliz o saludable, transitaba una larga historia de violencia familiar, una atroz situación sociopolítica, etc. Al terminar, fue tanto mi pavor y alivio, que juré jamás volver a probar LSD. Pero esta firme resolución duró casi dos semanas.
Mi único mal viaje fue a la vez el mejor viaje de mi vida: el más didáctico y medicinal. Desde entonces, supe hasta los huesos que el LSD y sus congéneres jamás me podían lastimar. Muy al contrario: que constituían una invaluable medicina, que tanto precisaba yo.
Los enteógenos son como un libro didáctico: poseerlos no educa. Leerlos superficialmente, sin comprensión, tampoco.
Finalmente terminaste siendo amigo del hombre que descubrió el LSD. ¿Qué recordás de tu amistad con Albert Hofmann?
En 1989, por la inauguración de Rancho Ololiuhqui, la segunda casa que construí, había invitado a Albert y a su esposa, Anita. Naturalmente, celebramos el evento con un viaje de Delysid, o ácido Sandoz, que Albert siempre me traía, en dosis de 100 mcg. También me regaló dosis de 10 mg de Indocybin o psilocibina, nítidamente envueltas en papel aluminio y pegadas al dorso de una de sus propias tarjetas postales elegantemente grabadas.
Estuvimos allí con mi esposa, mis suegros, cuñados y parejas. Aquella noche fue la primera y última vez en la que Anita probó el LSD, tenía 74 años.
La religión y la ley
¿Hay algún enteógeno que consideres el más significativo de todos?
En términos prácticos, considero que el LSD es la óptima medicina psicóptica para nosotros: proviene de nuestra tecnología, de la industria farmacéutica. Se presta a diseminación masiva por mercados negros, ya que un gramo representa 10 mil dosis.
¿Te gusta más que las plantas visionarias?
A diferencia de la ayahuasca, el peyote, la iboga y otras drogas chamánicas, a las que amo igual, el LSD carece del todo de efectos no deseados. En dosis subumbral, en contraste con la psilocibina, no produce desasosiego, sino puro estímulo extático y es el mejor y menos tóxico antidepresivo conocido. Sandoz contemplaba su mejor mercado como tal, mediante comprimidos de 25 mcg.
Pero los enteógenos son como un libro didáctico: poseerlos no educa. Leerlos superficialmente, sin comprensión,
tampoco. Aprenderlos, sí, aunque esta iluminación es baldía, estéril, si no actuamos de acuerdo a sus luces. Escoger cómo utilizarlos es cosa de cada uno.
¿Por qué algunos psicoactivos te conectan con una idea de lo divino y otros exponen los lados más oscuros del ser?
Yo no soy abstemio de nada, excepto de la religión. Mis experiencias visionarias generales se resumen magistralmente con las palabras de William Blake, grabadas hace 226 años: “Los profetas Isaías y Ezequiel cenaron conmigo, y les pregunté cómo osaron tan rotundamente afirmar que Dios les hablaba, y si no pensaron en el momento que podían estar equivocados, y así ser causa de la imposición. Isaías respondió: ‘No vi ningún Dios, ni escuche a ninguno por medio de una percepción finita, orgánica, sino que mis sentidos divisaron lo infinito en todo’”.
¿Eso podría servir como definición de las grande sustancias psicoactivas?
Las drogas, en un sentido amplio, no son más que alimentos especiales, no hay diferencia sino cultural. De acuerdo a una idiosincrasia bioquímica, hay “drogas inteligentes” y “drogas tontas” para cada quien. Es el deber de la ciencia ayudarnos a nosotros a distinguirlas antes de que, en palabras de William Burroughs, “viajes por el camino equívoco y te metas con la gente equivocada”.
¿Y qué hacemos con la necesidad primitiva de “embriagarse”?
La búsqueda de la ebriedad es instinto en todo animal, pieza clave (el “circuito de recompensa” o “placer”) de la misma motivación que subyace en nuestros programas de supervivencia. Tan así que cuando se crea un robot que pretende mostrar inteligencia artificial se introduce un “circuito de recompensa virtual”.
¿Hay alguna forma de crear leyes para regular este instinto sin violencia?
De ninguna manera es un asunto de competencia legal. Siempre estoy a favor de la despenalización y de mercados libres. Me opongo a esquemas de legalización que implican control gubernamental, licenciatura, impuestos y vigilancia: conducen a mayores precios y una oferta empobrecida, mientras el dinero va al gobierno, no al pueblo.
¿No podemos generar un contrato social en torno al derecho de alterar nuesta consciencia ordinaria?
En términos de derecho, necesitamos una cláusula explícita en nuestras constituciones, garantizando propiedad, hegemonía, autonomía y soberanía sobre nuestros propios cuerpos. O: “¡De aquí para dentro, mando yo!”. Los arquitectos de las constituciones no mencionaban esto no porque lo consideraran superfluo, sino que les parecía ridículo y absurdo pronunciarse al respecto: ¡sencillamente no podían imaginar siquiera que la libertad sobre el propio cuerpo terminaría en tela de juicio! Aunque esas mismas constituciones enumeraban explícitamente los derechos de propiedad sobre cuerpos ajenos, los de los esclavos.
Las drogas, en un sentido amplio, no son más que alimentos especiales. De acuerdo a una idiosincrasia bioquímica, hay “drogas inteligentes” y “drogas tontas” para cada quien. Es el deber de la ciencia ayudarnos a nosotros a distinguirlas
El hábito cannábico
¿Qué relación tenés con el cannabis?
Después de más de una década de uso, nada desastroso, aunque lejos de ser óptimo para mi vida personal y profesional. Concluí que el cannabis fue una droga tonta para mí y lo dejé de utilizar, excepto en situaciones muy circunscriptas. Tengo amigos y colegas a los cuales los acompaña como una “droga inteligente”. No es cosa de juzgar. Sí observo que hay una lamentable falta de rigor lingüístico en general, y particularmente entre usuarios de cannabis. Los mismos que le dan un toquecito entre 15 o 30 veces por día siempre dicen: no es adictivo.
¿Pero ese no sería un juicio?
No, la cosa es mucho más compleja. “Adicción” es sinónimo de “devoción”. Ni en inglés ni en castellano existió como sustantivo [adicto] hasta entrando al siglo XX. Fue cuando se volvió un estigma político para justificar el atropello al derecho que fue la Prohibición. A esta altura, el término está tan manipulado y enmarañado como para carecer del todo de significado científico.
¿Y cuál podría ser un término adecuado?
Yo digo habituación y habituado (que no es específico a fármacos y se define solo por la frecuencia de repetición de la conducta). Manifiestamente, el cannabis, especialmente cuando es fumado, genera muchísimo hábito y ¡listo!
Si provoca o no un marcado síndrome de abstinencia poco tiene que ver con lo que importa.
¿A qué te referís?
La cafeína provoca un síndrome de abstinencia semejante al de los opiáceos, ¿escuchamos muchos lamentos sobre esto? De la misma manera, en el mundo arcaico nadie sabía que hubo siquiera un síndrome de abstinencia opioide porque nadie dejaba de consumirlo, igual que los cafeinómanos de hoy. La única competencia legal de los gobiernos en todo esto, su primer y gran aporte a la Salud Pública, es velar por la pureza e integridad de las sustancias, igual que cualquier otro alimento.
¿Qué forma de usar cannabis preferís?
Acabo de regresar de Inglaterra, donde ayudé a una amiga y ex novia a elaborar bioensayos de cannabidiol, CBD. Partiendo de cristales puros, lo disolvimos a razón de 0,5 gr de CBD en 1ml de glicol propilenico (PG), para un minivaporizador. ¡Funciona de maravilla!
¿Qué notaste?
A razón de aproximadamente 10 mg por calada (operando el artefacto a 8.0 W), yo noté el sutil efecto sedante tras varias caladas y encontré a 100–150 mg una dosis razonable en caso de haber estado ansioso o nervioso, cosas de las cuales, por regla, no padezco.
¿Y fumar?
Es súper nocivo, aparte es sucio y molesto para el prójimo, provoca incendios. Afirmo con confianza que el vaporizador cargado con diluciones en PG de BHO (Butane–Hash–Oil) orosin sería muchísimo mejor que fumar. Adoro el aroma de cogollos frescos de cannabis, a la vez que aborrezco el tufo nauseabundo de las mismas en combustión.
El porvenir psiconáutico
THC es un medio que leen personas de todas las edades ¿Qué podrías recomendarle a los más jóvenes respecto al uso de sustancias?
A mayor conocimiento, mayor diversión. Es el lema de mi socio editorial suizo Roger Liggenstorfer, activista, fundador de Eve&Rave, que hace análisis gratuito de pastillas en fiestas, dueño del primer bar de absenta después de su relegalización en ese país.
Si algún químico del futuro inventara una sustancia con tu nombre, ¿con qué efectos te sentirías más halagado?
Tendría que ser una amalgama de lo que consumo todos los días de la vida. Aunque una pastilla como esa sería una quimera, quizás podría reducir todo a una sola ingesta matinal de dos cosas. Primero, como hago a diario y primera cosa: tragar una bolita de opio.
Segundo, inhalar un polvo seco a los pulmones, un rapé pulmonar: se combinan 1/7 gramo de cocaína y de nicotina, en un vehículo de un polímero natural (un azúcar), desecando y tamizando un cierto tamaño de partículas (de la manera en que fabrican leche en polvo) tal y como se disuelven lentamente dentro del pulmón, alcanzando un tipo de liberación prolongada pulmonar.
¿Nada más?
¡Sí! Tres o cuatro dosis diarias de chai o té chino con leche y miel, aunque culturalmente los clasifico más como “alimentos” que “drogas”.
Viste crecer la psiconáutica desde los últimos coletazos del hippismo a la época de la deep web y los research chemicals. ¿Cuál creés que será el futuro de los psicodélicos?
Es sabio marchar bajo el estandarte “Todo es mejorable”: precisamos de más y mejores drogas, técnicas de suministro más refinadas, acceso barato y privado a pruebas como las de los test de embarazo para ayudarnos a desentrañar nuestra propia idiosincrasia farmacogenética. Necesitamos información esencial para poder navegar estos mares sin demasiados náufragos. Sin embargo, en cuanto a los psicodélicos puede que hayamos descubierto ya, hace más de 70 años, la mejor entre las múltiples drogas psicoactivas.
Me refiero al LSD. Varios han intentado mejorarla, inclusive aquellos dos grandes chamanes de Laboratorio, el propio Albert Hofmann y Alexander ‘Sasha’ Shulgin. Y lo cierto es que no han podido. Diría yo: ¡es tan difícil mejorar la mera Piedra Filosofal, como la salud de la cual gozo! Aunque hay que seguir intentando.
¿Sentís que ya aprendiste todo lo que podías de las sustancias? ¿Se jubilan los psiconautas o es una aventura de toda la vida?
Yo soy un científico: un filósofo natural. Creo que no existe “la verdad”, sino innumerables perspectivas humanas. Por eso, el científico honesto y perspicuo solo puede buscar distinguir entre lo real y lo irreal. No hay más que eso. Cualquier perspectiva de lo real, por muy amplia y profunda que sea, forzosamente es parcial e incompleta. Por lo tanto, el sendero sinuoso, críptico y misterioso del conocimiento, carece tanto de destino como de término.
Así que solo al dejar de respirar, dejaré de buscar aprender.

