Cómo transferir un miedo perturbador a los lectores, una descarga física de fría adrenalina y transpiración generada desde el mutismo de la letra, que hoy compite con la pirotecnia del cine? Es más probable que nos asustemos con una película que con un libro, como si la letra fuera un vehículo del horror aparentemente débil en relación a la imagen. Sin embargo, hay cuentos que alimentaron las pesadillas infantiles de generaciones.
En la narrativa de Mariana Enriquez, nacida en Buenos Aires y autora de novelas y libros de cuentos escalofriantes, lo horroroso se evidencia como algo próximo, algo que puede ser cosa de todos los días y eso, por la cercanía que implica, lo vuelve más aterrador. A la vez, sus personajes muchas veces acceden a algún tipo de visión reveladora que mueve a la empatía del lector: les creemos. Como correlato, suele aparecer el opio, la marihuana, el ácido, pero nunca asociados al tipo de percepción alterada del terror: porque el terror es una lente para mirar la realidad de otro modo, un estado alterado del lenguaje en sí mismo.
Pero los fantasmas no solo existen en los cuentos: sabemos que el poder político utiliza el terror como herramienta de control y castigo: de ahí surge, por ejemplo, el fantasma de la droga. En un cuento de Enriquez titulado “El chico sucio” aparece otro: el fantasma de la inseguridad. Moraleja: el terror tiene dos caras. Una funciona socialmente como prohibición. ¿Y la otra? Todas estas inquietudes se aclaran –o se oscurecen– en esta vuelta completa, como si de un tren fantasma literario se tratara, por la cabeza de Mariana Enriquez.
Un paseo por el miedo
¿A qué le tenés verdadero terror irracional?
No me gustan los bichos. Con una cucaracha en la cama, grito. No los puedo ni matar. Creo que los que más fobia me dan son los alguaciles. Pero no le tengo miedo a nada sobrenatural. Y después, como todo el mundo, le tengo bastante miedo a la enfermedad: no tanto a morirme como a tener un accidente y quedar hecha mierda. Le tengo miedo a la cuestión del cuerpo, a no poder manejar el cuerpo. Y no me refiero a su mantenimiento –tomar un medicamento por una enfermedad–, sino a la cuestión más definitiva del sufrimiento. Pero no es un miedo irracional: estás loco si no te da miedo eso. Ahora, si aparece una langosta, no aguanto: me tengo ir físicamente de la habitación.
¿Tuviste alguna experiencia paranormal?
Una vez me pasó una cosa muy rara en la casa de mi abuela. Era una casa antigua, tipo chorizo. Yo tendría 20 años. En mi casa se había cortado la luz o hubo una tormenta y se inundó. La cuestión es que tuvimos que pasar esa noche en la casa de mi abuela. Yo estaba acostada en la cama matrimonial de mi abuela con mi mamá. Mi papá no estaba. Y mi abuela se había puesto una camita en el living. Yo me había quedado leyendo hasta que en un momento veo pasar a una persona. Pensé rápidamente en mi papá, aunque mi papá era muy delgado, no muy alto, y tenía un tipo físico muy particular. Y esta persona no era así.
Al otro día, le pregunté: “¿Qué onda, por qué no saludaste?” “No era yo”, me dijo. Punto final. Recuerdo que mi papá estaba como malhumorado ante la situación. No le cabió, no dijo nada: no me hizo ni un chiste –es lo que habitualmente hubiera hecho–. A la vez, la habitación donde yo estaba durmiendo era la habitación de su papá: su papá se murió ahí.
Y en el cine, ¿qué te resulta más horroroso?
Hoy el que me da miedo es el personaje de Carretera perdida, de David Lynch: el enano que le da el teléfono y le dice: “Estoy en tu casa”. Y también de Lynch, en la película que sigue, Mulholland Drive, el mendigo que está atrás del dinner. Recuerdo haber ido a Estados Unidos tiempo después y todo dinner al que iba me resultaba inquietante. En ninguno fui a la parte de atrás.
A los 12 o 13 me daba mucho miedo Freddy, en especial la escena donde viene caminando con los brazos extendidos por un callejón; sobre todo, cuando levanta la mano con los cuchillos a un costado y dice: “This is God”. El tipo es un abusador y la película habla de la imposibilidad de sacarte el trauma. Metafóricamente significa: esto es incurable; cosa que no es cierta, pero como idea es de una crueldad tremenda.
También me daban miedo las mujeres-fantasmas de las películas japonesas, al principio, porque después se volvieron un lugar común, el tipo de movimiento que tienen me parece muy perturbador. Los fantasmas japoneses, por otro lado, son muy vengativos. El fantasma nuestro, por lo general, no te quiere matar: quiere ser liberado.
En la película Cementerio de animales me daba muchísimo miedo un personaje menor: Zelda, la hermana moribunda de la mujer del protagonista. Más que el nene que vuelve de la muerte, más que el gato. Me acuerdo antes de la periferia que de un personaje grande: lo que está al costado, lo que ves de reojo.
¿Y en cuanto a libros?
Stephen King me da miedo. Cementerio de animales me dio terror: lo revoleé. La hora del vampiro también. En la primera parte, el protagonista cuenta la historia de su infancia. Ellos –que son una banda de chicos– estaban obsesionados con la casa de los Marsten, unos acumuladores que vivían en una colina y mueren espantosamente ahí. La típica: los pibes se meten en la casa. La onda era entrar y volver con algo. Y uno de ellos, antes de salir, se da vuelta y ve a un tipo ahorcado colgando de una soga, que de pronto abre los ojos. Cuando estaba leyendo esa parte, cerré el libro. Me pasó muchas veces: Stephen King tiene esa habilidad que, por lo general, te produce la imagen o la realidad. Esta escena que te conté no está filmada, pero yo cuando la recuerdo, la recuerdo con una imagen.
¿Qué vínculo hay entre el terror y el lenguaje? El terror, de alguna manera, tiene un ritmo. Yo escribo un tipo de terror que es bastante realista pero se va contaminando: es una realidad que se va contaminando con pistas. A veces son palabras. Es elegir un lenguaje que te lleve hasta ahí. Es como infectar al lenguaje con pequeñas imágenes que tienen que ver con el género, con la pesadilla, que vienen de otro lugar, incluso poético, lo cual te saca un poco de la estructura de imitación de la realidad que tiene el realismo.
Después hay un momento en donde el buen cuento de terror acelera: ahí aparece un lenguaje más concreto, más directo. La aceleración es importante: tiene que ver con lo irracional. La única manera, para mí, de trasladar lo irracional al lenguaje no es desordenar el lenguaje en términos vanguardistas sino acelerarlo, acelerar la acción, acelerar lo que pasa, hacerlo más verbal, más desconcertante, menos explicado, más rápido: meterle quinta a fondo.
La alucinación de lo real
¿Considerás el terror como una especie de apertura de las puertas de la percepción?
Lo que marca el terror es una ruptura con lo real: la apertura del velo. Como yo trabajo mucho con un terror de corte realista, a veces eso está representado por cosas que realmente no ves en tu entrenamiento diario de vivir en una gran ciudad. No es ningún secreto que la empatía y las emociones funcionan mucho mejor con la ficción que con la realidad.
Por lo general, ves una noticia o pasás por al lado de un tipo que está durmiendo en la calle lleno de lastimaduras y decís: “Qué bajón”. Pero si eso mismo lo leés en una ficción, te conmociona de otra manera. ¡Las veces que a mí me preguntaron de dónde saco las historias de los chicos que viven en la calle…! ¿Qué es esa Buenos Aires que nadie ve? ¿Quién no la ve? Hay maneras de contar esos temas que no son las del terror: el miserabilismo, el costumbrismo.
Son realidades que están muy cerca pero que, por momentos, están veladas y sobre todo veladas en cuanto a las formas de contar esas realidades, como si pertenecieran exclusivamente a un tipo de narrativa y no a otra. Cuando eso aparece en un cuento de terror es como si estuviéramos hablando de una realidad extraña y, en verdad, estás hablando de una realidad muy presente.

¿El terror se exparse, se disemina?
A mí me interesa el concepto burroughsiano de infección: el virus del lenguaje, la enfermedad del lenguaje. Si vos ubicás terror en algún lado, después no lo podés confinar. En ese sentido, es como una enfermedad. La cepa puede estar en la política y pasar a la intimidad: es como si fuera una mancha que lo invade todo. Una vez que lo plantaste, no hay forma de contenerlo. La idea de contenerlo me parece conservadora, así como me parece conservador dar una explicación de lo que es ese mal. Yo puedo saberlo o no: a veces lo sé, a veces no.
En general, no sabemos por qué pasan las cosas. Y no me refiero a lo sobrenatural: nos enamoramos y no sabemos por qué, nos desenamoramos y no sabemos por qué. No estamos en control de nuestra propia psiquis, ni siquiera de nuestro cuerpo: ya en lo demás no podemos tener ningún tipo de control.
El lenguaje me interesa como desordenador de eso. Hay una parte de la libertad que te da el lenguaje –donde vos podés decir absolutamente todo– que me parece muy poderosa. Es un lugar que no tiene límites. Y eso por un lado es muy gratificante y por otro lado es muy peligroso: es como poner una bomba. Entonces, cuando trabajo como infiltrando el terror de manera clandestina en una situación real, nunca lo detengo. Se infiltra todo: el cuento es un cuerpo enfermo.
¿Te parece que el terror como género sirve para desmitificar ciertos fantasmas sociales?
Hay una parte conservadora del terror. El terror siempre tiene la forma de una advertencia: si vas acá, te va a pasar algo malo. Desde sus inicios, se trata de eso: no vayas al bosque, porque en el bosque está el lobo o los salteadores de caminos; mejor no te acuestes con Drácula porque te va a gustar. Ese doblez –la advertencia y el goce por el peligro– sucede permanentemente. El punto es dónde vos ponés el monstruo.
Monstruo es la inseguridad, la droga, etc. Pero si vos ponés el monstruo del otro lado y sugerís que lo monstruoso es la creación de ese discurso, que es lo que yo intento hacer, es como manipular un poco la cabeza de la clase media, que no tiene que ver con cuánta guita ganás por mes, sino con cuántas de estas ideas considerás legítimas o no.
Hay una parte conservadora del terror. El terror siempre tiene la forma de una advertencia: si vas acá, te va a pasar algo malo. Ese doblez –la advertencia y el goce por el peligro– sucede permanentemente. El punto es dónde vos ponés el monstruo.
Cuestionar eso: en muchos de mis cuentos aparecen mujeres progres bienintencionadas: le di un helado una noche al chico y lo tuve en mi casa. Bueno, ¿y qué? ¿Te ganás el cielo con eso? ¿Querés un premio? No vas a tener un premio: vas a tener un castigo, porque esa es la salvación individual.
Yo, como autora, no puedo permitir que el lector empatice con la culpa de ese personaje. Por eso, voy a hacer que te castiguen: total no existís. Discursivamente, tengo ganas de decir: la buena intención es tan dañina como el prejuicio de clase o como el prejuicio moral. No es igual de mala, pero sí es dañina: te hace sentir bien a vos, personalmente, sin modificar nada más que una tarde de tu vida.
Prefiero a la gente que dice: “No hago nada y no lo intento”. Hay algo de esa buena conciencia progre que a mí me irrita mucho y que no equiparo con el discurso facho, ni mucho menos, pero que también me llega a molestar. No me enrolla ideológicamente poner, en el lado del resentimiento, la reacción.
El fantasma de la droga
¿Pensás que los reclamos como la despenalización por la tenencia de drogas para consumo personal y la legalización del aborto tienen que ver con nuevas formas de concepción del cuerpo y sus relaciones con la ley?
Yo creo que todas las drogas y, por supuesto, el aborto tienen que estar legalizados. Ahora: no sé si es una forma nueva de relación del cuerpo con la ley. De hecho, hay países que tienen el aborto legal hace millones de años.
El tema de la ilegalidad de la droga es consecuencia del enorme negocio que produce la cuestión “narco”, que es recontra oscura y, para mí, es el principal motivo por el que hay que regular, sin duda. Además, a mí se me hace muy difícil disfrutar de una sustancia que tiene tanta muerte encima.
Lo pienso, simbólicamente, en ese sentido. Alguna vez leí una entrevista, justamente en la THC, a Alejandro Urdapilleta, donde decía que no le gustaba tomar merca porque le parecía que estaba recargada de muerte y, en ese sentido, es cierto: tiene algo de violencia.
El tema de la ilegalidad de la droga es consecuencia del enorme negocio que produce la cuestión “narco”, que es recontra oscura y, para mí, es el principal motivo por el que hay que regular, sin duda
Creo, también, que eso varía de alguna manera. En este momento en particular, por ejemplo, me parece que la ilegalidad del aborto y la ilegalidad de sustancias alteradoras de la conciencia son dos anacronismos y me parece que no se puede pensar en sociedades donde ambas cosas sean ilegales.
Por supuesto, creo que es más urgente la cuestión del aborto, por cuestiones que tienen que ver con la salud pública. Aunque, en algunos casos, el cultivo de marihuana para la salud también tiene que ver con la salud pública; pero, a lo mejor, se encuentran variantes o intermedios: con el aborto es una cosa más pesada.
¿Qué sustancias te parecen más alteradoras, reveladoras o inquietantes?
Reveladora no me parece ninguna. Nunca tuve una relación con las sustancias de apertura. Para mí siempre fue una relación bastante tóxica. Pero también defiendo eso: estar intoxicado es otra forma de estar. La sustancia que más me distorsionó, de todas las que consumí, es el alcohol: es la única que, francamente, me generó un nivel de descontrol y de imposibilidad de manejar lo que está sucediendo que no experimenté con ninguna otra.
En la ficción, no recuerdo ninguna sustancia alteradora. Posiblemente esto tenga que ver con que no soy muy lectora de ciencia ficción, donde debe aparecer la mayor cantidad de sustancias de este tipo.
¿Qué tipo de relaciones hay entre el deseo y el terror?
Entre esos dos polos hay conocimiento en un sentido amplio: conocimiento de otros placeres, por ejemplo. Por eso me interesa mucho Clive Barker, escritor gay que trabaja con los límites y el tema de su sexualidad porque además escribe en los 80, que es el momento de la epidemia del VIH y trabaja mucho con el cuerpo, el sexo, el miedo a la muerte, todo eso mezclado con el placer, la transgresión de los límites, ser muy consciente de que la promiscuidad es la que, a lo mejor, me infecta: Hellraiser es la historia de un tipo que logra abrir una puerta donde encuentra tres demonios del placer que lo matan y lo someten a torturas placenteras de las cuales él quiere salir.
Todo ese cóctel, esa complejidad, que básicamente es la complejidad de irse a la cama con alguien, nos dice: esto me encanta pero no puedo más porque me revienta la cabeza. Si no le ponés algún tipo de freno, el deseo te autodestruye.
Yo hace muchos años que no me drogo, casi 20. La pasé muy bien durante un montón de tiempo y durante un montón de tiempo la pasé mal. Y hay algo de haber entendido profundamente la compulsión que yo utilizo en esa relación ambigua con aquello que deseás mucho y que te lleva a lugares muy deseantes también, muy placenteros.
En un momento, yo pensaba que me iba a drogar toda la vida y que la iba a pasar re bien toda la vida. Hasta que empecé a tener problemas de funcionamiento: darme cuenta que era muy excesiva. No sabía emborracharme sin emborracharme hasta darme vuelta. Había algo con el límite que yo no podía manejar. Y me gustaba traspasarlo hasta que en un momento ya estaba del otro lado del límite y no podía volver atrás.
Es como un puente: mientras puedas volver, todo bien. Pero si te lo dinamitan… ¡y te lo dinamitás vos! De todos modos, dejar de drogarme no fue muy dramático porque yo quería. ¡Lo que más me costó fue dejar de fumar! Pero sentí que perdí muchísimo menos o nada.
En las otras drogas había algo del secreto, de la aventura, del placer, del bardo, de la diversión, de conocer ciertas cosas que hasta hoy me parecen sumamente valiosas, que estuvo bueno conocerlas. En un momento, simplemente, no pude ir más allá, porque yo no sé cómo ir más allá como un buen turista.

