Durante décadas, el uso de cannabis fue explicado con categorías simples. Adulto. Medicinal. Social. Problemático. Pero esa forma de clasificar dice poco sobre lo que realmente ocurre en la vida cotidiana de quienes usan la planta. Un estudio científico reciente aporta evidencia clara de que la mayoría de las personas usa cannabis por múltiples motivos al mismo tiempo, y que esas combinaciones importan más que cualquier motivo aislado.
El trabajo, titulado Multiple motives for cannabis use: identifying common motive combinations and exploring differences across combinations, analiza en profundidad cómo se agrupan los motivos de uso de cannabis y qué diferencias aparecen entre las personas según esas combinaciones. El estudio fue publicado en 2025 en una revista científica internacional y se basa en datos empíricos de personas adultas usuarias de cannabis.
Lejos de reforzar miradas simplificadoras, los resultados muestran un fenómeno complejo, dinámico y profundamente humano.
Dejar de preguntar “por qué” en singular
Uno de los puntos de partida del estudio es una crítica directa a gran parte de la investigación previa. Históricamente, los motivos de uso se evaluaron de manera aislada: usar cannabis para relajarse, para divertirse, para socializar o para manejar el estrés. El problema, señalan los autores, es que las personas rara vez usan la planta por una sola razón.
El estudio propone entonces cambiar la pregunta. No se trata de identificar el motivo principal, sino de entender qué combinaciones de motivos aparecen con mayor frecuencia y cómo esas combinaciones se asocian con distintos patrones de uso.
Este enfoque permite describir el uso de cannabis de una manera más cercana a la experiencia real, sin forzar a las personas a encajar en categorías rígidas.
Cómo se realizó el estudio
El trabajo se basa en un diseño cuantitativo y transversal, a partir de encuestas autoinformadas realizadas a personas adultas que consumen cannabis. Los participantes respondieron cuestionarios estandarizados sobre sus motivos de uso, que incluyen dimensiones ampliamente utilizadas en la literatura científica, como disfrute, socialización, afrontamiento emocional, mejora del estado de ánimo y reducción del estrés.
A partir de esos datos, los investigadores aplicaron análisis estadísticos multivariados para identificar perfiles de personas según patrones de combinación de motivos. El foco no estuvo puesto en evaluar consecuencias clínicas, sino en describir cómo se organizan estos motivos en la práctica.
Lo que muestran los resultados
Uno de los hallazgos centrales del estudio es que los motivos de uso casi nunca aparecen de forma aislada. En la mayoría de los perfiles identificados, los motivos vinculados al disfrute y la socialización están presentes, pero combinados con otros motivos, como la búsqueda de relajación o el manejo de emociones negativas.
Los motivos de afrontamiento emocional, por ejemplo, no constituyen un perfil separado y exclusivo. Aparecen integrados a combinaciones más amplias, lo que desafía la idea de que usar cannabis para manejar malestar sea un fenómeno completamente distinto del uso social o recreativo.
El análisis también muestra que existen diferencias entre los perfiles en variables como la frecuencia de uso. En particular, las combinaciones donde los motivos de afrontamiento tienen mayor peso tienden a asociarse con usos más frecuentes, aunque el estudio no establece relaciones causales ni evalúa riesgos clínicos.
Qué significa realmente “afrontamiento”
Un punto importante del trabajo es cómo se define el afrontamiento. En este estudio, se refiere al uso de cannabis para manejar estrés, emociones negativas o estados de ánimo difíciles. Los autores aclaran que estos motivos no son patológicos en sí mismos y que forman parte de un abanico amplio de razones por las que las personas usan la planta.
El valor del enfoque está en mostrar que el afrontamiento no reemplaza al disfrute ni a la socialización, sino que convive con ellos. Esta coexistencia es clave para entender por qué algunos discursos públicos sobre el cannabis resultan desconectados de la experiencia real de los usuarios.
Diferencias entre perfiles sin caer en etiquetas
El estudio evita deliberadamente clasificar a los participantes como “problemáticos” o “no problemáticos”. En cambio, describe diferencias entre combinaciones de motivos y analiza cómo esas combinaciones se relacionan con patrones de uso.
Este enfoque reduce el riesgo de estigmatización y permite pensar el uso de cannabis como un fenómeno continuo, atravesado por contextos sociales, emocionales y culturales. No todas las personas que usan cannabis lo hacen de la misma manera, ni por las mismas razones, ni con las mismas consecuencias.
Aportes para la salud pública y las políticas de drogas
Desde una perspectiva de salud pública, los autores señalan que centrarse únicamente en la cantidad que usan las personas puede ser insuficiente. Comprender por qué una persona usa la planta y qué motivos se combinan en su experiencia puede ofrecer información más útil para diseñar estrategias de prevención y reducción de riesgos.
El estudio sugiere que intervenciones más específicas, orientadas a distintos perfiles motivacionales, podrían ser más efectivas que mensajes generales que no distinguen entre experiencias diversas.
Uso de cannabis: lo que el estudio no afirma
El propio trabajo marca límites claros. Al tratarse de un estudio transversal, no permite establecer causalidad ni analizar cambios a lo largo del tiempo. Tampoco evalúa diagnósticos de salud mental ni consecuencias clínicas del uso de cannabis.
Su aporte es descriptivo y conceptual: mostrar que el uso de la planta es motivacionalmente complejo y que esa complejidad importa.
Un cambio de mirada necesario
El valor principal de este estudio no está en ofrecer respuestas cerradas, sino en cambiar la forma de hacer las preguntas. Abandonar la idea de un único motivo dominante permite discutir el uso de cannabis con mayor precisión, menos prejuicio y más conexión con la realidad.
En contextos donde el cannabis ocupa cada vez más espacio en debates regulatorios, sanitarios y culturales, este tipo de evidencia ayuda a correrse tanto del alarmismo como de la banalización.

