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Psiconautas Ilustres: Terence McKenna, el profeta de las plantas mágicas

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De los hombres que nacen fuera de tiempo, Terence McKenna es el que más lejos nació. Tan lejos que justo terminó en el lugar exacto.

Si hubiera nacido en Grecia hace 2.500 años, la filosofía tendría hoy una rama punk. Do it yourself, aprendé, explorá, adquirilo: el conocimiento está ahí y nos pertenece a todos. Fue antisistema, fue antiglobalización, fue anarquista, fue gurú sin prender sahumerios.

Encarnó en dialéctica de científico el sentir espiritual de todo psiconauta: la realidad es una mentira, o al menos una experiencia privada y una farsa generalizada.

Los psicodélicos según Mckenna: la biblioteca universal

Nacido en 1946, los “fabulosos” 60 explotaron cuando asistía a la universidad en Berkeley, California. A poco tiempo de entrar fue introducido al porro y luego al LSD por un amigo. Después de graduarse en Ecología y Conservación de Recursos Naturales, aprovechó la onda de la época y anduvo por Japón, India y el sur de Asia.

En el camino tuvo oportunidad de probar varias disciplinas orientales que hacían furor en sus contemporáneos, como el yoga y la meditación. No lo convencieron del todo: durante sus conferencias solía afirmar que estaba opuesto a cualquier tipo de religión organizada o jerárquica, porque el conocimiento estaba ahí afuera y no se obtenía por aprender una postura o pasarse años limpiando un altar.

Debido a la muerte de su madre vuelve a Estados Unidos en el 71 y, con su hermano Dennis, otro fanático de las moléculas que alteran la percepción, emprenden un viaje hacia el Amazonas, cuna y tumba de todos los secretos de las plantas. Iban detrás de una preparación conocida como Oo-koo-hé, un rapé psicoactivo preparado con Anadenanthera peregrina, familiar del cebil. En el viaje no encuentran el Oo-koo-hé sino varias preparaciones de ayahuasca y Psilocybe cubensis de distintas clases.

Es precisamente durante una experiencia con hongos psilocibes que los hermanos McKenna, según contaron años después, tomaron contacto con lo que luego llamaron “mente universal”, algo así como un cable USB al cerebro que les comenzó a bajar información sin que ellos pudieran poner resistencia.

Este susurro, más fuerte que un huracán, los condujo a estudiar las primeras formas del I Ching, escritas por primera vez aproximadamente 1.200 años antes de Cristo. De ahí surgió su teoría del 2012, que, como Terence dejó bien en claro, nada tiene que ver con los mayas, salvo en lo que respecta a comer hongos.

Más asombrosas que las revelaciones de la voz psicodélica le resultaron las reuniones que hacían los nativo después de ingerir las preparaciones de ayahuasca. Mientras la atención del occidental siempre se enfocaba hacia los cantos que guiaban las ceremonias, McKenna descubrió que luego de las experiencias las críticas de los participantes no apuntaban a sonidos sino a efectos visuales.

“Me encantó la parte naranja, pero tendrías que haberle puesto más marrón”, le decía un nativo a otro. Una comunicación mediante sinestesia desafía todos los conocimientos que posee la ciencia sobre el lenguaje. Y era tan común para los indios como tomarse un vaso de ayahuasca y luego hablar sobre lo que cantaron.

Según McKenna, los catalizadores de este encuentro con la mente universal son los alucinógenos triptamínicos, moléculas omnipresentes en el sistema nervioso de mamíferos y en los tejidos de muchísimas plantas. Son las mismas sustancias prohibidas por la cultura occidental, negadas por la ciencia moderna y rechazadas por la religión, provocadoras de estados herejes, de pensamientos supuestamente inútiles, amenazadores de la moral y las buenas costumbres.

Se trata, ante todo, de usos que el mundo regido por la Biblia considera antiproductivos. El silenciar esta mente total, prohibir la conexión con ella y desacreditar a los que se vinculan con ella es sólo una forma más de perpetuar mecanismos de control.

Su reflexión más sincera se deslizó en medio de una charla en Seattle, Estados Unidos, sobre los psicodélicos en la época de las máquinas inteligentes. “Tenemos el amor, el dinero, el know-how científico, el entendimiento y la comunidad para recrear en la Tierra el paraíso ideal para los seres humanos”, afirmaba McKenna. Y la incapacidad de lograrlo, sostenía, radica en estar gobernados por “los menos”: los menos sabios, los menos compasivos, los menos honestos, los menos indicados.

La rebeldía, en este contexto, es una energía desactivada. Tan profundo llega la penetración de los mecanismos de control que, como los canarios, una vez abierta la jaula le tememos al exterior, aunque eso implique nuestra libertad. Los psicodélicos funcionan entonces como una ventana desfachatada que se encarga de afirmar, con peso de hierro, en cada experiencia mística, la visión de la realidad como un fenómeno exclusivamente subjetivo. Desafortunada y planificadamente, bajo las condiciones presentes tanto en los 70 como ahora, el mundo humano se sigue moviendo como una máquina. Una máquina cuyo sistema operativo es la cultura.

McKenna propone con total claridad que antes de llevarnos puesto el planeta a bordo del bólido de nuestra “civilización”, hay que virar a los psicodélicos. Vacunaciones masivas con psicodélicos para curar la epidemia de deshumanización que lleva a nuestro planeta al tacho: así de clara se presentaba la solución para él. Ese vector rebelde de sus teorías es, para pena de todos nosotros, el arma con que los científicos caretas se dedicaron a desacreditarlo.

Terence McKenna: El virus de ser humano

Después de las experiencias en el Amazonas, relatadas y exploradas en el libro de 1975 Los paisajes invisibles: Alucinógenos mentales y el I Ching, McKenna se dedicó por completo al estudio de las sustancias psicodélicas. A principios de los 80 comenzó a dar lecturas y talleres en distintas universidades, al mismo tiempo que publicaba, junto a su hermano y bajo un seudónimo, la primera guía impresa sobre cultivo doméstico de hongos psilocibes.

Muy rápido adquirió cierta fama en el ambiente gracias a sus teorías radicales y a la forma en que adaptaba a un lenguaje muy simple la complejidad de la realidad observada desde el punto de vista de la “psicodelia”, transformándose en una de las voces más destacadas de la nueva cultura alternativa que había brotado del renacer de las plantas tradicionales. McKenna llamaba a este fenómeno “revival arcaico”, donde incluía desde las raves hasta los nuevos chamanismos urbanos.

Este es uno de los pilares de su sistema de interpretación y análisis que, unido a las nuevas tecnologías de comunicación y realidad virtual, sumado a las teorías científicas más novedosas como la matemática de fractales y la teoría del caos, o los campos morfogenéticos del biólogo Rupert Sheldrake, conformará la base de casi todas las lecturas, artículos, libros y charlas que dio durante su vida.

En uno de sus miles de textos sueltos hace referencia a la experiencia perceptiva de la realidad. En él, McKenna da un ejemplo simple para el complejo sistema de control cultural que domina nuestra cosmovisión: un bebé de unos dos o tres años está acostado en su cuna cuando en su campo visual aparece una explosión de color, sonido y luz como nunca antes vio en su vida. Esta percepción lo llena de curiosidad y se conecta profundamente con esta vivencia nunca antes experimentada. Su madre entra en escena y le dice: “Mirá qué lindo, un pajarito en la ventana”.

Si William Burroughs pensaba al lenguaje como un virus, McKenna define a las palabras como modeladores de la realidad. El lenguaje define lo que es y lo que no es, y mediante este lenguaje decodificamos la experiencia propia frente al mundo. Lo que está incluido en su lógica está dotado de existencia; lo que se escapa a su dominio carece de ella. El lenguaje menciona con términos ya establecidos, ya dotados de conceptos culturales que son ajenos al sujeto y a la propia experiencia. Lo que decimos, entonces, es el códice de alguien más, heredado y tan profundamente incorporado que no podemos definir nuestro paso por el mundo sin él.

Semejantes afirmaciones provenían de su conocimiento de la experiencia psicodélica, imposible de agotar con palabras, una visión tan profunda y reveladora que debería considerarse esencial para cualquier miembro de la raza humana. Cuando le preguntaron qué tan importante era, McKenna la comparó con morir sin haber experimentado el sexo.

Terence McKenna y los monos drogados

Desde su punto de vista, la experiencia psicodélica es de tal importancia que da sentido a una de sus más famosas teorías, en la que afirmaba que la inteligencia del ser humano proviene de un lento proceso evolutivo donde los hongos del género Psilocybe fueron el detonador para el salto evolutivo del mono al hombre. Según McKenna, estos mejoraron la adaptación al entorno, nos dieron el lenguaje hablado, la sinestesia y la conciencia de nosotros mismos como seres inteligentes. Es decir, sin los hongos sería imposible entender cómo nos convertimos en humanos.

Albert Hofmann coincidió en este punto cuando afirmó que el nacimiento de la conciencia de sí mismo fue para el hombre primitivo la expulsión de cierto paraíso donde estábamos conectados con la creación, como en los textos bíblicos.

La manzana es un hongo y la serpiente un rumiante, pero el problema no fue la ingesta de la fruta, sino lo que pasó después: al cabo de un par de miles de años, los seres humanos dejaron de ingerir hongos psicoactivos en su dieta regular y los monos devenidos hombres volvieron otra vez al sistema social de dominación masculina. El primate más fuerte, el más hijo de puta, será el que tenga control de la manada.

La experiencia mística introduce a la conciencia en una nueva realidad. Una realidad donde el ser es en su totalidad, sin herencias culturales ni estereotipos psicológicos. Es la conciencia desnuda frente a la experiencia sin filtros. Para McKenna, la psiconáutica es la práctica heredera del chamanismo, donde el acceso a lo místico es lo que habilita el verdadero conocimiento.

Así, la psiconáutica es una especie de chamanismo en miniatura, hija de la necesidad humana de explorar y conquistar. En un mundo sin mapas en blanco, el único océano que no tiene delineada la costa es la mente humana.

Si no se encuentran respuestas, siempre puede hallarse una mejor pregunta. Y McKenna se encargó de afirmar, cada vez que podía, que si uno simplemente ya no siente asombro por el mundo, lo mejor que puede hacer es, un domingo a la tarde en la tranquilidad del hogar, comerse cinco gramos de hongos psilocibes. Comparada con la inmensidad y complejidad de los universos mentales, la vuelta al Estrecho de Magallanes es casi lo mismo que los jubilados que viajan a Mar del Plata en invierno.

Tan real como una alucinación

La DMT (N,N-dimetiltriptamina), una sustancia psicodélica presente naturalmente tanto en mamíferos como en plantas, es uno de los enteógenos más respetados. Se cree que en los humanos funciona como neurotransmisor, aunque todavía no está muy claro para qué sirve ni por qué produce alucinaciones cuando es fumada o ingerida junto a un IMAO.

Algunos estudios sugieren que podría relacionarse con los mecanismos del sueño visual. Otras fuentes afirman que está relacionada con las experiencias místicas espontáneas y las sensaciones en las experiencias cercanas a la muerte. Para McKenna, esta sustancia es el psicodélico por excelencia, la garantía de una conexión más pura y directa con otras dimensiones de conocimiento.

Al fumar DMT en estado puro, la realidad literalmente se rompe como un plato de cerámica al recibir un pelotazo. Las experiencias son diferentes, pero, según el maestro de la psiconáutica, casi coinciden en cierta metodología o itinerario de viaje. Después de rajarse la visión de lo que consideramos “realidad”, comienza el traslado a un lugar conocido como el Domo o el Crisantemo: un espacio construido de visiones, una especie de bóveda gigante cuyas paredes son fractales de colores que cambian todo el tiempo.

Allí habitan unos seres a los que McKenna apodó “elfos”, quienes se comunican con el viajero mediante una especie de telepatía visual con la que manifiestan ideas y pensamientos, exactamente igual que los indios del Amazonas que cantan con colores. Lo cierto es que la gran mayoría de los usuarios de DMT coincide en estos efectos.

La ciencia occidental llama a estas manifestaciones “alucinaciones”. Para los pueblos originarios eran parientes muertos o espíritus de otras dimensiones. Los chamanes los llaman “espíritus ayudantes”, quienes están a cargo de ayudar a encontrar objetos perdidos o curar enfermedades. Son, según ellos, nuestros ancestros que viven en otro plano de existencia. A diferencia de las religiones occidentales, donde el único acceso a otro plano es la muerte, para estas culturas existe un pasaje para que los vivos entren en contacto con lo que los excede.

Para McKenna, estas experiencias demuestran que nuestro cerebro “civilizado” sólo puede apreciar una dimensión llana de la realidad. El pez sabe lo que es el agua, pero no tiene idea de lo que es el océano. La introducción de nuevos conceptos de conocimiento a lo que ya sabemos del mundo estará basada en las experiencias psicodélicas o místicas.

¿Es posible morirse por fumar DMT?

“Sí, pero sólo si te podés morir de asombro”, respondió en una conferencia.

McKenna en una de sus últimas entrevistas.

Hasta siempre Terence

A mediados de 1999, después de una serie de migrañas y episodios convulsivos, McKenna fue internado y diagnosticado con glioblastoma multiforme, un tumor cerebral muy agresivo. Una vez enterado de su enfermedad y plenamente consciente del poco tiempo que le quedaba, dio cientos de entrevistas y lecturas antes de irse. La comunidad psicodélica global inició cadenas de oración y manifestaciones de cariño para despedir a uno de los hombres más importantes de la psiconáutica. Murió en la noche del 3 de abril de 2000. Tenía 53 años y veía a la muerte como la próxima etapa del trip que es la vida.

“Siempre creí que la muerte vendría en la autopista, en un par de horribles momentos que no podría resolver. Tener meses y meses para mirarla, pensarla, hablar sobre ella y escuchar lo que los demás tienen para decir es una especie de bendición. Ciertamente es una oportunidad para crecer, tomar el control y resolver las cosas. Que un tipo sin sonreír en un delantal blanco te diga que te quedan cuatro meses de vida definitivamente te prende las luces. Hace la vida más rica y conmovedora. La primera vez que pasó, cuando me dieron el diagnóstico, podía ver la luz de la eternidad, al estilo William Blake, brillando a través de cada hoja de un árbol. Quiero decir, un bichito caminando por el suelo me movía hasta las lágrimas”.

La matemática del tiempo

El I Ching, una especie de sistema chino de adivinación del futuro, es muy difícil de entender para la mente occidental. Funciona como los “adivinos” occidentales, pero en lugar de referirse a hechos puntuales de la vida de un individuo, resume un patrón de eventos que moldearán el destino de quien lo consulte. Esos patrones son representados por seis posibilidades, graficadas con una línea partida (yin) y una completa (yang), conocidas como hexagramas, gráficos de seis partes.

En el I Ching tradicional se arrojan tres monedas seis veces para obtener un hexagrama o patrón, compuesto por dibujos de seis líneas o posibilidades. El total de hexagramas posibles es de 64.

McKenna descubrió que existe un claro patrón entre los hexagramas. El primer símbolo posee seis líneas completas. La mayoría de los hexagramas están agrupados por pares donde el segundo símbolo es idéntico al primero, pero invertido. Observando cada gráfico en particular, se dio cuenta de que había un patrón de líneas que cambiaba de hexagrama a hexagrama. Luego volcó ese patrón numérico en un gráfico de barras y obtuvo uno traducido en picos. Le superpuso una copia en espejo y, siguiendo las reglas matemáticas del I Ching, multiplicó este procedimiento seis veces.

El resultado es lo que llamó “TimeWave” u Ola Temporal. En este gráfico, que representaba las fluctuaciones entre yin y yang, no como “el bien y el mal”, sino como energías opuestas que se transforman continuamente, McKenna confió haber encontrado la huella digital del tiempo. Para él, estos picos gráficos podían adaptarse tanto a una escala global, como el nacimiento de la vida en la Tierra, como a la historia de un individuo particular.

Lo interesante es que cualquier porción que se tomase del gráfico iba a contener, en sí misma, los mismos patrones, del mismo modo que sucede con los fractales. La imagen de picos se va haciendo cada vez más pequeña a medida que se extiende en el tiempo, lo que muestra una lógica de aceleración. Algo que no resulta descabellado si pensamos que lo que tomó millones de años en completarse ahora sólo toma años, incluso días.

La última jugada de McKenna fue superponer su TimeWave a una línea de tiempo histórica. Lo sugerente es que los picos de la ola temporal coincidían con hechos singulares que alteraron el desarrollo de la humanidad. La bomba de Hiroshima, las grandes tragedias naturales, la explosión de las comunicaciones, las guerras mundiales: todos los acontecimientos de la historia humana que representaron una “novedad” (entendida en el sentido técnico de un hecho o suceso que altera el desarrollo de un sistema) tenían su pico en la TimeWave.

Novedad, ya sea en forma de catástrofes o grandes cambios, y estabilidad, entendida como épocas de quietud a las que les sigue otra novedad, están representadas en esta línea temporal. Un dato a atender es que la línea llega a cero en diciembre de 2012. Esto refuerza la idea de que ni McKenna ni los mayas dijeron explícitamente que esa fecha marcaría el fin del mundo.

Lo que parecen haber sugerido es que vamos camino a una singularidad única en la historia del tiempo y que la humanidad tiene que estar lista, como especie, para afrontarla. En ese sentido, la matemática sólo indica que existe una gran posibilidad de que presenciemos un fenómeno temporal nunca antes visto. Que venga acompañado de meteoritos, terremotos o tsunamis ya forma parte de la mitología humana.