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Psiconautas Ilustres: Timothy Leary, de psicólogo universitario a mediático del LSD

Una de las personalidades más incorrectas, populares y controversiales del LSD fue el psicólogo norteamericano Timothy Leary. De experimentador a mediático, pasó de la cautela a la apología en muy pocos pasos.

Se entiende por experiencia mística a una serie de sensaciones o percepciones que, espontánea o químicamente, afectan profundamente el espíritu y la concepción del mundo y la realidad del que la experimenta.

Para Timothy Leary, un psicólogo de Harvard de 40 años, bien formal, con hijos, casa, auto y trabajo serio, vino en forma de unos hongos mexicanos, un par de años después del suicidio de su primera esposa. Sin esos hongos, sin ese verano de 1960, quizás nunca hubiera salido el LSD a la calle.

Tan grande fue el flash que, cuando le pidieron que haga un balance sobre la experiencia, sólo pudo decir: “aprendí más sobre la mente y el cerebro humano que durante los 15 años que trabajé de psicólogo”. Ese otoño, al volver a Harvard, fundó junto a su colega Richard Alpert un programa de investigación con psicodélicos llamado “Harvard Psilocybin Project”. En el proyecto se evaluaba la reacción de voluntarios bajo los efectos de psilocibina sintética, uno de los dos componentes aislados por el Dr. Albert Hofmann.

Con una ética similar a la de Aldous Huxley, que afirmaba que los psicodélicos debían ser usados sólo por personas con espíritu artístico, filosófico o intelectual, primero administraron la sustancia a profesores, escritores y personajes diversos del ambiente de la facultad. Para el 75% fue la experiencia más enriquecedora de sus vidas. Gracias a la participación de Allen Ginsberg y unos cuantos beatniks más, Leary y Alpert terminaron iniciando en la psilocibina a unos 300 voluntarios, admitidos por el propio Timothy Leary en su autobiografía Flashback.

El primero que prenda la luz

Envalentonado por los buenos resultados logrados entre las personas de su ambiente, muy rápido Leary vio en los psicodélicos una herramienta para acceder al funcionamiento de la mente humana. Los experimentos, que incluían un protocolo cuidadoso a seguir, la aplicación de grupos placebo y el control permanente por médicos, pronto incluyeron religiosos, ex convictos y alcohólicos en recuperación.

La creación de experiencias místicas y el trabajo sobre los condicionamientos de la mente (en adicciones y reincidencia criminal) eran la consigna principal de estas sesiones. El eje de los experimentos también era, de alguna manera, cuantificar la influencia que tenían en los resultados de la experiencia la preparación previa y la expectativa que el sujeto tenía, junto con el entorno donde ésta era realizada.

A partir de estos experimentos Leary construye la teoría del set & setting, afirmando que es posible realizar experiencias guiadas cuidadosamente que resulten en profundos cambios psicológicos y espirituales. Lograr un protocolo para la experiencia mística le da los cojones suficientes para escribir una especie de manual inspirado en el Libro Tibetano de los Muertos que, de ser seguido paso a paso, guiaría indefectiblemente a la muerte del ego y la resucitación espiritual.

Para 1963 Leary había enviado distintos reportes con los resultados de los experimentos a Albert Hofmann, que seguía con interés las aplicaciones psicológicas controladas que hacían en California. Junto a estos informes, en una carta con membrete del Departamento de Relaciones Públicas de Harvard, se agrega un pedido de 100 gramos de LSD (un millón de dosis) y 2,5 kilos de psilocibina (2,5 millones de dosis) bajo la excusa de continuar experimentos para observar los efectos del LSD en los tejidos y órganos del cuerpo humano y para experimentación animal.

Cuando el laboratorio Sandoz le reclamó la licencia de importación necesaria para adquirir el producto, Leary contestó mandando una especie de remito con la cantidad antes pedida y un cheque por 10 mil dólares como depósito. Después de que una llamada telefónica confirmara que las autoridades de Harvard no autorizaban el pedido, Sandoz rechazó la orden y devolvió el cheque.

Al poco tiempo, la facultad despidió a Leary con la excusa de que se ausentaba de las clases que debía dictar. Hacía varios meses que sus experimentos (que incluían música y luces adecuadas) eran famosos en todo el campus, y la demora en las listas de espera para formar parte había creado un mercado negro de psicodélicos en los alrededores de la universidad. Si bien Leary perdió el marco y ambiente científico que legitimaba sus experimentos como algo más que una joda de ácido, pudo continuar sus reuniones en la mansión que una viuda adinerada le donó a su fundación International Foundation for Internal Freedom.

La pepa en el ojo

En agosto de 1966, con accidentes, mitos y la opinión pública conmocionada (como siempre queda después de que los medios bombardean información confusa sobre una sustancia), el gobierno de Estados Unidos modifica el status legal del LSD, haciéndolo una sustancia prohibida sin potencial médico, cerrando de inmediato todos los protocolos de investigación que la incluyen.

Un mes antes Timothy Leary había fundado una especie de iglesia LSD (League of Spiritual Discovery) en un intento de amparar bajo libertad de culto el consumo de LSD. Sus continuos ataques a las instituciones y el desafiante poder frente a la autoridad que le atribuía a los psicodélicos lo transformaron en una figura de la contracultura norteamericana de los 60.

Incluso fue llevado en helicóptero al festival de Woodstock como invitado de honor, y aparecía en su momento metido en la cama de John Lennon y Yoko Ono, reclamando por la paz mundial.

En 1970 dio una conferencia ante 30 mil personas en el Golden Park de San Francisco, California, una especie de meca para todos los hippies y raritos de la época. En esta famosa charla desliza su frase luego de cabecera “Turn in, tune on, drop out” (“Prendé, sintonizá, abandoná”, en referencia a la ola del ácido y la crítica de los valores sociales) y propone que todos los problemas de la sociedad norteamericana se solucionarían si todos se drogaran un poco más. Sí, literalmente.

Mientras para muchos era considerado un gurú al que se podía escuchar en estas multitudinarias conferencias, o una estrella de la que compraban discos con textos recitados por él mismo, o leían sus libros-manuales de cómo viajar con seguridad para el espíritu, para muchos otros de sus contemporáneos, quizás más pesimistas, era una especie de mediático que tenía como idea más radical tomarse un ácido para cambiar al mundo.

Hunter Thompson lo sentenció en su libro Miedo y asco en Las Vegas: “La falacia principal de la cultura del ácido es la desesperada idea de que alguien, o al menos alguna clase de fuerza, está sosteniendo la luz al final del túnel”. Lo cierto es que la irresponsabilidad principal pasaba por venderles a los hippies paz y comprensión universal a tres dólares la dosis, sin considerar lo que podría venir después para aquellos que se lo tomaban demasiado en serio.

Con la ley comenzando a incomodarse por el rubio y bien parecido Tim, quien ya por entonces aparecía hablando en Playboy del poder afrodisíaco del LSD —donde declaró que una mujer, en una sesión guiada, podía tener cientos de orgasmos, declaración por la cual hasta el propio Albert Hofmann lo cagó a pedos—, la difusión de su mensaje comenzó a ponerse un poco más complicada.

Preso por un par de porros, le fijaron una fianza altísima y fue procesado y enviado a un penal federal. Los test de ingreso que le tomaron fueron los mismos que él había diseñado durante su trabajo “careta” y así termina trabajando de jardinero en una cárcel de mínima seguridad. Al poco tiempo se escapa, dejando incluso una nota para las autoridades de la prisión.

Su itinerario se empieza a cruzar con grupos de la izquierda más radical, como los Panteras Negras o los Weatherman, organizaciones armadas que iban un paso más arriba de tomar ácido escuchando ragas hindúes. Pero el escurridizo Leary parte con rumbo transoceánico y, después de girar por Argelia o Suiza, termina volviendo a Estados Unidos con esposas. Ahí es donde empieza la parte más oscura de la historia.

Es juzgado y denominado por el presidente Nixon como el “hombre más peligroso de todo Estados Unidos”. Según palabras del juez que firmará la sentencia: “Si lo dejamos andar libre difundirá y esparcirá sus ideas”. Algunos de sus amigos publicaron una “Carta abierta de los amigos de Tim Leary” donde respaldaron públicamente al psicólogo y no faltó quien se movilizara por su libertad.

Pero el mismo Leary, viendo que lo esperaban un total de 95 años a la sombra, ofreció cooperar con el gobierno proveyendo información sobre grupos de izquierda. Más tarde declaró que ninguna organización o individuo fue procesado o encarcelado por su culpa. Sin embargo, sus delaciones provocaron rencor, caídas y fracturas en la agitada contracultura norteamericana y muchos de los que habían tenido sus primeros viajes con él lo condenaron públicamente como un traidor y un mentiroso.

Hacia 1978 Timothy Leary recupera la libertad y comienza a distanciarse del trabajo con las agencias de información. Aunque la supuesta traición seguía fresca para sus viejos amigos, intentó volver al ambiente universitario, dando lecturas y proponiendo investigaciones, pero sus intentos son ignorados y, casi alcohólico, se muda a San Diego, California.

Las reencarnaciones de Timothy Leary

Durante los 80 Leary vive una auténtica resurrección. Da conferencias por las universidades, ayudado por su fama contestataria. Sus teorías espaciales, casi de ciencia ficción, lo acercaron a científicos de la NASA, al mismo tiempo que comenzó a ser inspiración para una nueva generación de artistas, literatos y estudiantes. Intentó acercarse al Hollywood mainstream, pero no pasó más allá de unos cuantos cameos en películas y documentales under.

Después de separarse de su quinta y última mujer, en los 90 Leary se rodeó de un grupo mucho más joven y “artístico”, que incluía músicos, cineastas, su ahijada Winona Ryder y algunos de sus nietos y nietas. Se volvió un asiduo concurrente de la escena rave y alternativa, incluyendo giras y un mítico mosh en un recital de los Smashing Pumpkins.

En su constante innovación intelectual se acercó a Internet cuando el fenómeno recién comenzaba y, pionero en subir un site, denominó a la red “el LSD de los 90”.

En 1994 fue arrestado por última vez junto a una novia, por fumar un cigarrillo en un aeropuerto. Leary creyó que podría traerle juicios compensatorios por parte de las tabacaleras. Fue otra de sus excelentes ideas poco prácticas. Y salió mal.

Adiós amigos

Los finales, para la gente de la estirpe de Leary, jamás fueron la conclusión de nada. Al ser diagnosticado con un cáncer de próstata inoperable, la menos rockera y psicodélica de las enfermedades mortales quizás, Leary se dedicó a esperar la muerte como quien espera al malo del western en las afueras del pueblo.

Empezó a diseñar la trama de un libro llamado Design for dying (“Diseño o designio para el morir”) donde intentaba acercar un nuevo punto de vista sobre la muerte y el proceso de morir. En su página de Internet, mucho antes de la época de los blogs o el chusmerío de Facebook, comenzó a enlistar el menú de drogas legales e ilegales que consumía a diario.

Además de calmantes para los dolores, usaba bastante óxido nitroso, tabaco y los “Leary Biscuits”, galletitas untadas con queso o manteca, forradas con marihuana y calentadas en el microondas.

Como un rockero que no sabe bien con qué tema cerrar los bises, Leary barajó congelarse, suicidarse frente a una cámara y transmitirlo en vivo, y al final se contentó con que lo cremen y metan las cenizas en un cohete.

Murió en su cama, rodeado de amigos, esperando la subida del viaje definitivo. Dicen que su última palabra fue “hermoso”.