El uso de cannabis en personas mayores de 50 años viene en aumento en distintos países. Sin embargo, mientras abundan los estudios sobre los posibles efectos negativos en adolescentes y jóvenes, todavía hay menos evidencia sólida sobre qué ocurre en el cerebro cuando el uso se da en la mediana edad o más adelante. Un nuevo estudio aportó datos llamativos: en una muestra de más de 25.000 adultos de entre 40 y 70 años, el uso de cannabis a lo largo de la vida se asoció con mayor volumen en regiones cerebrales clave y con mejor desempeño en pruebas cognitivas.
La investigación, realizada por investigadores de la Universidad de Colorado y del Tri-institutional Center for Translational Research in Neuroimaging and Data Science, utilizó datos del gigantesco biobanco británico UK Biobank. Los resultados abren interrogantes sobre el posible papel del sistema endocannabinoide en el envejecimiento cerebral y obligan a matizar la idea de que el cannabis tiene efectos uniformemente perjudiciales en todas las etapas de la vida.
Metodología: qué analizaron y cómo lo hicieron
El estudio se basó en información de más de 500.000 personas recopilada por el UK Biobank, un proyecto longitudinal que incluye datos de salud, estilo de vida, estudios por imágenes y evaluaciones cognitivas. Para este análisis en particular, se seleccionaron participantes de entre 40 y 70 años que contaran con resonancia magnética cerebral y datos sobre uso de cannabis.
En total, más de 25.800 personas aportaron datos de volumen cerebral y más de 16.700 realizaron pruebas cognitivas. El uso se clasificó en tres grandes grupos según uso a lo largo de la vida: nunca, uso moderado entre 1 y 100 veces y uso alto más de 100 veces. También se analizó por separado a quienes habían usado solo durante la adolescencia y no en etapas posteriores.
Las imágenes cerebrales se obtuvieron mediante resonancia magnética de 3 teslas y se enfocaron en regiones con alta densidad de receptores CB1, que son los principales receptores del sistema endocannabinoide sobre los que actúa el THC. Entre ellas se incluyeron el hipocampo, la amígdala, el caudado, el putamen y distintas áreas del cíngulo.
En paralelo, se evaluaron funciones cognitivas como memoria numérica, velocidad de procesamiento, aprendizaje asociativo y flexibilidad cognitiva. Los análisis estadísticos controlaron variables relevantes como edad, sexo, uso de alcohol y tabaquismo, además del volumen intracraneal total.
Resultados clave: más volumen en regiones ricas en receptores CB1
El hallazgo central fue que el uso de cannabis a lo largo de la vida se asoció de manera positiva con el volumen en varias regiones subcorticales. En términos simples, quienes reportaron uso moderado o alto tendían a mostrar volúmenes mayores en el hipocampo, el putamen, la amígdala y el caudado en comparación con quienes nunca habían usado.
El hipocampo es una estructura especialmente relevante en el envejecimiento porque suele ser vulnerable a la atrofia asociada a la edad y a enfermedades neurodegenerativas. En muchos estudios, menor volumen hipocampal se vincula con peor memoria y mayor riesgo de deterioro cognitivo. En este trabajo, por el contrario, los usuarios moderados presentaron volúmenes más grandes en esa región.
No todas las áreas siguieron el mismo patrón. En el cíngulo posterior se observaron asociaciones inversas, con menor volumen en usuarios más frecuentes, lo que sugiere que los efectos podrían ser específicos según la región cerebral.
Un dato interesante es que muchas de las diferencias más claras se dieron entre el grupo de uso moderado y el grupo que no usaba cannabis. En cambio, no siempre hubo diferencias significativas entre uso moderado y uso alto, lo que podría indicar un posible “techo” en el efecto o limitaciones estadísticas por tamaño muestral.
Rendimiento cognitivo: asociaciones positivas en varias pruebas
En el plano cognitivo, el estudio encontró que el uso moderado de cannabis se asoció con mejor desempeño en tareas de memoria numérica, aprendizaje asociativo, velocidad de procesamiento y tiempo de reacción en comparación con quienes nunca habían usado.
El grupo de uso alto también mostró ventajas en algunas pruebas, como memoria numérica y aprendizaje asociativo. Además, quienes habían usaod solo durante la adolescencia y no en la adultez también tendieron a rendir mejor que los no usuarios en varias evaluaciones cognitivas.
Estos resultados contrastan con una parte importante de la literatura previa en adolescentes y adultos jóvenes, donde el uso frecuente se ha vinculado con menor rendimiento cognitivo. La diferencia podría estar relacionada con la etapa vital en la que se produce la exposición, una hipótesis que los autores discuten en profundidad.
Posibles mecanismos: neuroprotección y sistema endocannabinoide
El estudio no puede probar causalidad, pero los investigadores plantean hipótesis biológicas plausibles. Una de ellas es que la activación de receptores CB1 podría modular procesos inflamatorios y neurodegenerativos vinculados al envejecimiento.
En modelos animales, dosis bajas de THC han mostrado efectos beneficiosos en memoria y neurogénesis en animales viejos, mientras que las mismas dosis pueden resultar perjudiciales en animales jóvenes. Esto sugiere que el impacto de los cannabinoides podría depender fuertemente del momento del desarrollo cerebral.
También se ha propuesto que el sistema endocannabinoide participa en la regulación de la respuesta inmune y en la plasticidad sináptica. En ese marco, la exposición a cannabinoides en etapas más tardías de la vida podría interactuar con procesos de envejecimiento de manera diferente a lo que ocurre en la adolescencia, cuando el cerebro todavía está en plena maduración.
Diferencias según sexo: un factor a tener en cuenta
El trabajo identificó interacciones entre uso y sexo en algunas regiones cerebrales y pruebas cognitivas. En ciertos casos, los varones mostraron asociaciones positivas más marcadas entre uso y mayor volumen cerebral, mientras que en mujeres los patrones fueron distintos o incluso inversos en determinadas áreas.
Estas diferencias podrían relacionarse con variaciones en la densidad de receptores CB1, en la farmacocinética del THC o en motivos y patrones de uso. La literatura previa indica que mujeres y varones pueden experimentar efectos subjetivos y biológicos distintos frente a los cannabinoides, por lo que los autores subrayan la importancia de considerar el sexo como variable biológica clave.
Limitaciones: qué no podemos concluir
A pesar del tamaño muestral excepcional, el estudio tiene limitaciones importantes. El uso de cannabis se evaluó mediante autoinforme y de forma categórica, sin información detallada sobre dosis, potencia de THC o CBD, vía de administración ni frecuencia actual. Tampoco se trata de un diseño longitudinal que permita establecer relaciones causales.
Es posible que factores no medidos influyan en los resultados. Por ejemplo, variables socioeconómicas, nivel educativo o condiciones de salud podrían estar asociadas tanto con el uso como con la estructura cerebral. Aunque los análisis controlaron edad, alcohol y tabaco, siempre existe el riesgo de confusión residual.
Además, las asociaciones observadas no implican necesariamente que el cannabis “aumente” el volumen cerebral. También podría ocurrir que personas con ciertas características cerebrales o cognitivas sean más proclives a usar cannabis.
Un cambio de paradigma en debate
El estudio suma evidencia a una línea de investigación que cuestiona la idea de efectos homogéneos del cannabis sobre el cerebro. Mientras que en adolescentes se han documentado riesgos potenciales, en adultos mayores podrían existir efectos distintos o incluso beneficiosos en algunos dominios.
En un contexto de creciente legalización y expansión del cannabis medicinal, comprender sus efectos en el envejecimiento es una prioridad sanitaria. Estudios longitudinales con mediciones más precisas de exposición y biomarcadores biológicos serán clave para avanzar en respuestas más definitivas.
Por ahora, la evidencia disponible indica que, al menos en esta gran cohorte británica, el uso de cannabis a lo largo de la vida se asoció con mayor volumen en regiones cerebrales ricas en receptores CB1 y con mejor desempeño en varias pruebas cognitivas en la mediana edad y la adultez mayor.

