La Universidad Nacional de Quilmes lanza la Maestría en Sustancias Psicoactivas, Cultura y Sociedad, una propuesta de posgrado interdisciplinaria que busca formar profesionales capaces de investigar, diseñar, implementar y evaluar políticas e intervenciones en un campo atravesado por transformaciones científicas, sociales, culturales y regulatorias. La carrera será completamente a distancia y comenzará a dictarse el año próximo.
Durante décadas, hablar de drogas implicó hacerlo principalmente desde dos lugares: el consumo problemático y sus consecuencias sanitarias, o el delito y la seguridad. Pero las sustancias psicoactivas forman parte de la historia de las sociedades mucho antes de que existieran los actuales sistemas de prohibición y fiscalización. Fueron utilizadas con fines medicinales, religiosos, rituales, recreativos y productivos, y alrededor de ellas se construyeron mercados, culturas, políticas, conflictos y formas de regulación.
Es sobre ese campo amplio y complejo que busca intervenir la nueva Maestría en Sustancias Psicoactivas, Cultura y Sociedad de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). La propuesta articula herramientas provenientes de las ciencias sociales, las humanidades, las ciencias de la salud y las ciencias naturales para estudiar las sustancias psicoactivas y sus usos desde distintas perspectivas.
Historia, antropología, política, derecho, economía, etnobotánica, neurociencias y estudios culturales forman parte de un recorrido que también incorpora los debates contemporáneos sobre regulación, derechos humanos y reducción de riesgos y daños.
“Esto es una propuesta absolutamente novedosa, pero no solamente porque trae algo distinto, sino porque académicamente tiene un rango diferente”, explica Victoria Baca Paunero, abogada y docente de la Maestría. “Estamos hablando de investigación, de producción académica, de construcción de discurso, de sentido y de investigación sobre grandes preguntas”.
La diferencia es deliberada. La Maestría no está pensada como una capacitación específica para profesionales de la salud que busquen incorporar cannabis a su práctica ni como una formación orientada exclusivamente al tratamiento de consumos problemáticos. Su objetivo es construir una mirada interdisciplinaria capaz de comprender las sustancias psicoactivas como fenómenos sociales, históricos, culturales, políticos, económicos, jurídicos y sanitarios.
Formar profesionales para un campo que está cambiando
La creación de esta carrera ocurre en un momento de transformación profunda. La crisis del paradigma prohibicionista, las experiencias de regulación desarrolladas en distintos países, la expansión de las políticas de reducción de riesgos y daños y el creciente interés científico por sustancias como el cannabis, la psilocibina y el MDMA están modificando las preguntas que gobiernos, sistemas de salud, investigadores y organizaciones sociales deben enfrentar.
En ese contexto, una de las necesidades centrales es contar con profesionales capaces de interpretar esa transformación y convertir el conocimiento disponible en herramientas concretas para la toma de decisiones.
La propuesta de la UNQ apunta precisamente en esa dirección. El perfil de egreso contempla tanto la investigación y producción de conocimiento como la participación en el diseño, implementación y evaluación de políticas públicas, el análisis de modelos regulatorios, la intervención en debates legislativos, el asesoramiento a organismos públicos y organizaciones sociales y el desarrollo de proyectos vinculados con las dimensiones sanitarias, culturales, educativas, productivas y económicas del campo.
“Hay mucha gente trabajando estos temas desde distintos lugares, pero todavía hay poca formación específica e interdisciplinaria”, plantea Luis Osler, también parte del equipo docente de la Maestría. La necesidad, explica, no alcanza solamente a quienes se dedican a investigar: también involucra a quienes trabajan en el Estado, organizaciones sociales, sistemas de salud, ámbitos de justicia y otros espacios donde las decisiones sobre drogas tienen consecuencias concretas.
Para esos profesionales, la formación supone incorporar herramientas para leer críticamente las políticas existentes, comprender los diferentes modelos regulatorios y analizar sus consecuencias desde perspectivas que incluyan la evidencia científica, los derechos humanos y la reducción de riesgos y daños.
Una mirada interdisciplinaria
La carrera está organizada en 15 actividades curriculares, con un recorrido semiestructurado que combina un núcleo de formación general, otro de formación avanzada, seminarios electivos y talleres metodológicos orientados a la elaboración de la tesis.
Entre los contenidos aparecen la historia y cultura de las drogas; efectos terapéuticos y aplicaciones clínicas de sustancias psicoactivas; políticas públicas, los derechos humanos y la regulación internacional; etnobotánica y química de plantas psicoactivas; reducción de riesgos y daños; la economía y los mercados legales e ilegales; y las arqueologías y antropologías del uso amerindio de plantas psicoactivas.
La formación avanzada incorpora además temas como religión y psicodélicos, cultura, música, literatura y drogas, políticas de drogas desde una perspectiva antropológica y los vínculos entre sustancias, estilos de vida y subjetividades contemporáneas.
El objetivo no es generar una nivelación previa entre profesionales provenientes de campos diferentes. La apuesta es justamente otra: la interdisciplinariedad como parte de la formación.
“No hay una nivelación pedagógica entre profesionales de campos diferentes, no hay forma de hacer eso”, explica Baca Paunero. “Lo que hay es una propuesta interdisciplinaria que obliga a quien viene de un campo a formarse en el otro”.
La Maestría tiene una carga horaria total de540 horas, equivalentes a 120 créditos académicos, y se desarrolla íntegramente a distancia a través del Campus Virtual de la Universidad Nacional de Quilmes. La modalidad virtual no es un aspecto secundario: permite ampliar el alcance de la propuesta y construir un espacio académico que no quede restringido a profesionales que viven en Argentina.
“Esto permitiría que quienes integran el alumnado puedan ser extranjeros, lo cual para nosotros sería un valor importantísimo”, señala Baca Paunero. La intención es que la carrera pueda incorporar también docentes e investigadores de otros países y construir conocimiento en una clave regional e iberoamericana.
Esa apertura regional forma parte de una apuesta más amplia sobre el tipo de formación que necesita hoy este campo.
“Hoy el valor de un posgrado no pasa por acumular información. Esa información está disponible como nunca antes. Lo difícil es aprender a reconocer qué merece atención y construir una posición fundada frente a problemas complejos”, sostiene Martín Stawski, director de la Maestría.
“En el campo de las sustancias psicoactivas eso es especialmente importante, porque muchas de las categorías con las que pensamos el tema no son naturales ni neutrales. Fueron construidas históricamente y producen efectos concretos sobre las personas y sobre las políticas» explica.
«También necesitamos formar profesionales capaces de comprender que el vínculo de las sociedades con las sustancias psicoactivas no es una anomalía ni la irrupción de un cuerpo extraño que debe ser eliminado. Es parte de la experiencia humana y de procesos sociales que primero hay que comprender para poder intervenir sobre ellos. La Maestría busca justamente formar profesionales con autonomía intelectual, capaces de trabajar sobre esa complejidad sin limitarse a repetir respuestas heredadas”, detalla Stawski.
Del cannabis a una discusión más amplia sobre las drogas
La posibilidad de que hoy una universidad pública argentina pueda ofrecer una maestría dedicada al estudio interdisciplinario de las sustancias psicoactivas también tiene una historia detrás.
Durante las últimas décadas, el cannabis funcionó en Argentina y América Latina como uno de los principales puntos de entrada para cuestionar el paradigma prohibicionista. La discusión sobre la descriminalización, las luchas por los derechos de las personas usuarias, el desarrollo del cannabis medicinal y las experiencias regulatorias fueron ampliando progresivamente el debate.
Esa historia permitió comenzar a formular preguntas que exceden al cannabis: ¿por qué algunas sustancias son legales y otras ilegales?, ¿cómo se construyen los problemas públicos alrededor de los consumos?, ¿qué efectos producen las políticas de prohibición?, ¿qué modelos regulatorios existen?, ¿qué lugar ocupan los derechos humanos?, ¿cómo deberían diseñarse políticas de reducción de riesgos y daños?, ¿qué relación existe entre drogas, mercados, cultura, salud y poder?
La nueva Maestría se inscribe en ese proceso, pero busca dar un paso más: convertir esas preguntas que durante años circularon principalmente en ámbitos militantes, profesionales, científicos y políticos en un campo sistemático de formación y producción académica.
Según Baca Paunero, esa es precisamente una de las características que distinguen a la propuesta. “Hay muy pocas propuestas en la región y, en la Argentina, no conocemos ninguna con este alcance y esta articulación interdisciplinaria ”, sostiene al referirse al alcance académico de la carrera.
La UNQ presenta la Maestría como una propuesta pionera en la región. En América Latina existen antecedentes vinculados al estudio de drogas y sociedad, pero la carrera argentina busca construir un espacio específicamente interdisciplinario y orientado no solamente a estudiar los fenómenos relacionados con las sustancias, sino también a generar capacidades para intervenir sobre ellos.
Pensar las políticas que vienen
El desafío excede entonces la incorporación de una nueva carrera al sistema universitario. En un escenario en el que las políticas de drogas están siendo discutidas en distintos países y en el que aparecen nuevas sustancias, nuevas formas de consumo, nuevos mercados y nuevas preguntas sanitarias y regulatorias, también cambia la demanda de conocimiento.
La Maestría propone formar profesionales capaces de moverse en ese terreno: investigadores, pero también personas que puedan trabajar en organismos estatales, organizaciones sociales, sistemas de salud, instituciones educativas, ámbitos jurídicos y proyectos productivos.
La tesis individual y escrita que cierra la carrera deberá desarrollar de manera crítica, rigurosa y original un problema vinculado con el campo de las sustancias psicoactivas, articulando herramientas conceptuales y metodológicas con evidencia.
La apuesta, en definitiva, es que estudiar las sustancias psicoactivas no implique reducirlas a una sustancia, un diagnóstico o un delito.
Implica comprender qué hacen las sociedades con ellas, qué hacen las sustancias con las sociedades y qué políticas construimos alrededor de esa relación.
Y, en un momento en que esas políticas están siendo revisadas en buena parte del mundo, formar a quienes tendrán que investigarlas, discutirlas, diseñarlas y evaluarlas puede ser tan importante como investigar las propias sustancias.

