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¿Se puede cambiar voluntariamente el estado de conciencia? La ciencia argentina estudió un caso único

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Desde hace siglos los estados no ordinarios de conciencia intrigan a la humanidad. Mediante plantas, meditación, ayuno e incluso sufrimiento físico los seres humanos hemos querido alcanzar, y logrado infinidad de veces, romper la Matrix, participar de una realidad que sabemos existe una vez que seteamos diferente nuestra conciencia y por ende nuestra percepción.

Agustina Velez Picatto puede hacerlo voluntariamente. Puede pasar de su estado habitual de conciencia a otro en el que cambian la manera en que percibe su cuerpo, las imágenes que aparecen, su relación con el tiempo y hasta la forma en que procesa la información. Y también puede volver.

Esa capacidad, que comenzó como una curiosidad personal y fue desarrollándose durante años, terminó convirtiéndose en objeto de una investigación científica. Durante cinco meses, Agustina ingresó 20 veces a un resonador magnético para que un equipo de investigadores pudiera observar qué ocurría en su cerebro mientras atravesaba ese estado. Así se transformó en el primer caso registrado científicamente de una persona que puede «navegar» a voluntad algo que solo parecía posible mediante estímulos externos y en todo caso, algo incontrolable.

El estudio fue publicado este año en la revista NeuroImage y los investigadores dividieron las sesiones en diferentes etapas para estudiar el estado habitual, la transición, el estado no ordinario de conciencia y el regreso hacia el estado basal.

Pero detrás de las imágenes de la resonancia hay una experiencia subjetiva que resulta difícil de traducir a datos. Y ahí aparece la particularidad de este caso: la protagonista del estudio puede contar qué se siente mientras los investigadores observan qué cambia en su cerebro.

“Este estado no ordinario de conciencia es otro modo de estar en el mundo, por lo tanto, cambia en conjunto la percepción, el cuerpo, los pensamientos y la sensación del entorno. Es una reconfiguración de la experiencia, por lo tanto, cambia de manera integral”, explica Agustina, que es licenciada en Psicología y psicoanalista egresada de la Universidad Nacional de Córdoba

Agustina Velez Picatto, protagonista del estudio.

Una pregunta que empezó en la infancia

La experiencia no apareció de manera repentina ni como un episodio aislado. Para Agustina fue una construcción que comenzó a partir de una curiosidad muy temprana por aquello que parecía formar parte de la normalidad cotidiana.

“No es algo que me haya ocurrido alguna vez de modo episódico, sino que fue una construcción. Yo, desde muy chica, tuve mucha curiosidad por lo cotidiano, me parecía algo muy curioso. Me parecía muy raro que las cosas sean tan estables a lo largo de los días, con el paso del tiempo.”

Esa inquietud se convirtió en una pregunta cada vez más concreta. “Entonces, empecé a preguntarme si había algo más allá de lo cotidiano. Entonces, eso fue lo que abrió la puerta para empezar a buscar algo más allá de lo perceptible del día a día.”

“Nunca fue algo extraño, justamente porque surgió de una curiosidad muy fuerte y una decisión de construir un otro estado, un más allá de lo cotidiano.”

Con los años, las experiencias comenzaron a incorporarse unas a otras y a formar parte de algo estable. Pero, al mismo tiempo, cada avance abría una nueva zona desconocida.

“Entonces, a medida que fui haciendo los primeros pasos, lo que ya iba transitando o lo ya transitado comenzaba a incorporarse y a hacer algo estable, y así iba hacia un lugar desconocido que quería investigar, que quería preguntarme qué nuevo eso me traía.”

Ese recorrido, cuenta, implicaba integrar lo vivido para poder avanzar hacia aquello que todavía no estaba simbolizado.

“Había muchas cosas sin simbolismo, en donde yo iba hacia ese lugar y voy hacia ese lugar intentando integrar esas experiencias para que eso se convierta en lo estable y, desde ese lugar, seguir avanzando hacia lo no simbolizado y así.”

Entrenar para cambiar de estado

No hubo una técnica única detrás de ese proceso. Agustina habla de años de curiosidad, investigación y reflexión permanente.

“Y yo soy muy curiosa con este tema y es algo que investigo siempre y lo pienso siempre, entonces todo eso es parte del entrenamiento. Así que es como que desde que empecé a pensar estas cuestiones, en mi infancia, preadolescencia, desde ahí que vengo entrenándolo.”

Con el tiempo ese entrenamiento se hizo más complejo. “Después me fui tomando otros lenguajes u otras cosas para alimentar este estado. Entonces, fui haciendo como un entramado en relación a teorías, a procesos. Entonces, básicamente es algo constante que estoy haciendo.”

Una de las características fundamentales de su experiencia es que puede decidir cuándo entrar y cuándo salir del estado. Para explicar lo que ocurre, Agustina utiliza el término “trance” con una salvedad: considera que sirve para describir determinados cambios a nivel cerebral, pero no necesariamente la experiencia subjetiva.

“Primero me gustaría decir que es trance en tanto a lo que pasa a nivel cerebral, porque algunas áreas se desacoplan entre sí y se acoplan consigo mismas, por decirlo de una forma. No es trance en modo a experiencia subjetiva, porque el trance por ahí implica cierto ensimismamiento y en ese estado es todo lo contrario.”

En lugar de ensimismamiento, describe una experiencia de conexión.

«Es una conexión singular porque todo aparece con la misma dignidad, digamos. Entonces, una sensación de comunión con las cosas. En experiencias subjetivas no sería trance. Sí, puedo decidir cuándo entrar y cuándo salir de ese estado, porque lo hago a voluntad, entonces es algo que manejo.”

El umbral: el momento en que el cerebro cambia

Aunque el estado puede ser inducido voluntariamente, existe un momento de transición. Agustina lo identifica como un umbral. “Hay un momento que indica el paso del estado basal al estado no ordinario de conciencia.”

El estudio encontró que esa transición constituye justamente uno de los momentos de mayor variabilidad en la organización de las conexiones cerebrales. Durante esa fase, la conectividad se vuelve más inestable antes de estabilizarse una vez alcanzado el estado no ordinario. La experiencia subjetiva que describe Agustina coincide con esa transición.

“Eso aparece muy claro en el paper también, que muestra a nivel cerebral cierto desorden temporal, y hay una cuestión también subjetiva de cierta tensión breve, breve, hay aumento de la frecuencia cardíaca. Todo eso es como una tensión o una máxima entropía que después se resuelve al paso del otro estado, o del estado no ordinario de conciencia, que es cuando se reorganiza mi cerebro.”

El umbral aparece así como un momento de reorganización: una especie de pasaje entre dos configuraciones diferentes de la experiencia.

Un cuerpo más liviano y abierto

“Mi percepción del cuerpo cambia durante la experiencia. Lo siento más liviano, más libre de tensiones, más conectado internamente y más abierto hacia afuera, más en comunicación con el entorno. Hay como un fluir desde adentro hacia afuera, entonces hay menos obstrucciones y sensación de claridad.”

En paralelo, la percepción visual se vuelve mucho más intensa.

“Lo visual se enriquece mucho. Percibo cómo parpadean los objetos, cómo vibran, cómo respiran. Veo redes hexagonales. Veo estructuras de las cosas. Como los bordes están unidos, los bordes de todos los objetos están unidos. Aparecen diferentes figuras, simbólicas, como dioses. Veo fractales, es sumamente diversa la experiencia visual.”

Ver no es lo mismo que imaginar

Hay una diferencia que Agustina considera fundamental: las imágenes que aparecen durante el estado no son, según explica, el resultado de decidir previamente qué quiere visualizar.

“Hay diferencia porque cuando uno imagina algo con los ojos cerrados hay una intención previa respecto a lo que uno pretende ver o desea ver. Lo que yo percibo lo veo tanto con los ojos cerrados y los ojos abiertos. Yo no estoy decidiendo particularmente cada objeto que quiero ver. Yo me conecto con algo, con un estado, y ese estado implica cierta disposición de percepciones y visiones.”

La distinción es importante para entender por qué los investigadores no estudiaron simplemente la capacidad de una persona para imaginar imágenes con los ojos cerrados. El protocolo incluyó un grupo control de diez mujeres que realizaron una tarea de imaginación visual durante las etapas equivalentes.

Comunión, tiempo y presente

Agustina explica que la sensación de comunión con las cosas viene por una percepción de interconexión con todo, de interdependencia, de que todo existe en conjunto. Al mismo tiempo, esa modificación también alcanza al tiempo

“El tiempo deja de aparecer como algo que corre o que transcurre, sino que se vuelve un concepto y, por ende, está la sensación de eterno presente, de que el tiempo incluso puede tomar otras formas, se puede plegar, puede haber coexistencia de tiempos. Entonces, la relación conmigo misma es de mucha claridad. De desaferramiento de cuestiones históricas, de cuestiones biográficas. Es como que todo se vuelve muy claro.”

El cerebro no simplemente se apaga

Uno de los resultados más interesantes de la investigación es que el estado no parece corresponder simplemente a una reducción general de la actividad cerebral.

Durante el estado no ordinario disminuyó la comunicación entre distintas redes cerebrales, con cambios particularmente marcados en las redes visual, somatomotora dorsal y de atención ventral. La red visual, por ejemplo, redujo su conectividad con regiones auditivas, sensoriomotoras, orbitofrontales, talámicas y cerebelosas.

Pero al mismo tiempo algunas redes aumentaron determinadas conexiones. La red frontoparietal y la red de saliencia mostraron incrementos de conectividad con diferentes regiones.

El resultado, entonces, no describe un cerebro simplemente menos activo, sino un cerebro reorganizado. Y esa descripción tiene un correlato muy concreto en lo que Agustina siente que ocurre con su pensamiento.

“Ese resultado representa bastante bien mi experiencia porque noto que manejo mayor caudal de información. Mi pensamiento se vuelve como más metacognitivo. Puedo y percibo estructura en las cosas, en lo visual y en el lenguaje también. Puedo notar patrones fácilmente».

Menos entropía, más complejidad

Los investigadores también analizaron la entropía y la complejidad de las señales cerebrales. Durante la transición y el estado no ordinario, la entropía disminuyó mientras aumentó la complejidad estadística respecto del estado basal. Para Agustina, esa modificación se relaciona con una experiencia de mayor capacidad para observar y procesar lo que está ocurriendo.

“Puedo pensar fácilmente sobre la experiencia, sobre el lugar que tienen los objetos, sobre mi lugar. Lo narrativo biográfico se desprende de mi experiencia, de mi identidad. Siento como un desaferramiento de eso. Si bien sé quién soy, sé cuál es mi historia, sé de dónde vengo, eso deja de condicionarme tanto en mi experiencia como la mirada que tengo en las cosas. Ahí no hay algo interno que me esté indicando preguntarme quién soy, sino que soy.”

Y lo resume de una manera todavía más directa:

“Soy con las cosas, soy con todo, todo está unido. Entonces, no hay un desconocimiento de mi lugar en el mundo porque encuentro ahí una respuesta filosófica muy, muy íntima. Entonces sí, este resultado ha dado bastante bien con mi experiencia.”

Una experiencia que no pierde el sentido del yo

De acuerdo a Agustina, uno de los puntos que permiten diferenciar este estado de algunas experiencias psicodélicas con plantas o sustancias es que mantiene su identidad y sus referencias externas.

“Hay semejanzas en torno a la sensación de lo que se dice de ese encuentro con algo del orden de lo sagrado, con la resiliencia, lo visual también. Hay ciertos bordes propios que se aflojan un poco.”

Pero también marca una diferencia:

“Las diferencias es que no hay pérdida del yo ni del sentido de la ubicación ni de las coordenadas externas, que eso puede pasar o se modifican durante el consumo de sustancias.”

Estados no ordinarios de conciencia: dentro del resonador

Para estudiar el fenómeno, los investigadores dividieron cada sesión en cuatro etapas: estado basal, transición, estado no ordinario y una fase residual posterior. Cada bloque duró siete minutos y medio. La resonancia permitió analizar 288 regiones cerebrales agrupadas en 13 redes funcionales.

Para Agustina, participar de la investigación no fue vivido como una interferencia con su práctica.

“Yo soy parte del equipo y cuando dijimos de hacer esta investigación, que iba a implicar ingresar al resonador 20 veces, a mí me pareció un juego, a mí me pareció divertido. Entonces, no cambió mi manera de entrar en el estado, digamos, porque como sé que lo puedo hacer, como ya lo vengo entrenando hace tantos años.”

También le interesaba que aquello que durante años había formado parte de una experiencia personal pudiera ser observado científicamente.

“Y aparte esto, al tener fines de investigación, de ver si podíamos encontrar algo que sirviera a la comunidad científica, a la comunidad que no es científica también, eso a mí me inspiraba mucho. Entonces, realmente fue muy emocionante y ser estudiada, digamos.”

Una forma de pensar que también se lleva a la vida cotidiana

La investigación no fue para ella solamente una oportunidad de observar qué hacía su cerebro. También se integró a una búsqueda personal mucho más amplia.

“Mi pasión más grande es poder pensar sobre la naturaleza de la realidad, la naturaleza de las cosas. Entonces, todo mi pensamiento está en función a eso. Parto de esa búsqueda yo, entonces pongo en funcionamiento mi pensamiento para encontrar o poder pensar cosas en relación a eso. Empiezo a preguntarme sobre el tiempo, el espacio, las imágenes, la propia narrativa del ser humano, digamos, ¿no? Y desde ahí tengo esta ayuda de mi profesión y de mi propia terapia.”

También incorpora conocimientos de otras disciplinas:

“Yo leo mucho, filosofía, física. Entonces empiezo a contar con todas esas herramientas y esos procesos de otras disciplinas, como para poder pensar mi día, porque lo que leo y me hace sentido lo incorporo a mi experiencia. Porque lo que me pasa no son cuestiones intelectuales puramente, son vivencias. Yo empiezo a vivir la teoría de alguna forma.”

Esa combinación transforma su vida cotidiana en un espacio de experimentación: “Mi día a día se convierte como un gran laboratorio, mi vida es como un gran laboratorio, podemos decir. Entonces, ahí se despliega una posibilidad de la creatividad y la libertad también.”

Una capacidad que podría entrenarse

El caso plantea una pregunta que excede a la propia protagonista: si una persona puede aprender a acceder voluntariamente a un estado de este tipo, ¿podrían otras personas desarrollar capacidades similares?

Los investigadores advierten que se trata de un único caso y que los resultados no pueden generalizarse automáticamente. También señalan limitaciones metodológicas y proponen estudiar a más personas capaces de inducir voluntariamente estados similares, utilizando además otras técnicas de registro cerebral.

Agustina considera que la posibilidad existe, aunque evita convertir su experiencia en una regla general.

“Hay entrenamientos formales que permiten hacer este paso, ir hacia estos estados, ya sea con años en meditación, en yoga. Lo singular en mi caso es que yo no tuve ninguno de esos entrenamientos y lo logré desde mi curiosidad y desde una pregunta muy fuerte de qué es la realidad. Esa pregunta la tengo desde niña.”

A partir de su recorrido, cree que puede tratarse de una capacidad entrenable. Pero en ese punto señala que no se trata de algo complejo que requiere cuidado o precaución en cierto sentido:

“Son cosas o son procesos que tocan fibras muy íntimas que, si no está bien contenido, puedes llegar a una desorganización o desestabilización. Entonces, yo ahí siempre remarco la necesidad de la precaución, de lo ético y de lo singular.”

Un caso para mirar la conciencia desde dos lugares

El valor de este estudio no está en haber encontrado una explicación definitiva para los estados no ordinarios de conciencia. Tampoco permite afirmar que todas las personas puedan producir el mismo fenómeno. Su particularidad está en otra parte: permite poner en diálogo dos formas de observar una experiencia difícil de medir. Por un lado, el relato de una persona que aprendió a reconocer, inducir y describir el estado desde adentro. Por otro, las imágenes de su cerebro mientras lo atraviesa.

Los resultados muestran una reorganización de la dinámica cerebral: algunas conexiones disminuyen, otras aumentan, la transición presenta una mayor inestabilidad y, una vez alcanzado el estado, aparecen cambios en la entropía y la complejidad de las señales.

Para Agustina, mientras tanto, todo eso tiene una traducción mucho más íntima: un cuerpo que se vuelve más liviano, objetos que parecen vibrar y respirar, una sensación de interconexión, una percepción diferente del tiempo y una forma de pensamiento que describe como más abierta y metacognitiva.

La ciencia puede medir parte de esa transformación. Pero en este caso, por primera vez, también puede preguntarle directamente a alguien que sabe reconocer el momento exacto en que empieza a suceder.

Y quizás ahí esté el aspecto más interesante del caso: no se trata solamente de observar qué hace el cerebro cuando cambia la conciencia, sino de estudiar qué ocurre cuando una persona aprende a cambiarla deliberadamente y puede volver para contarlo.