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@Pablo Amaringo

Arquetipos, el diccionario de las visiones

Es muy distinta una visión de una alucinación”, expresa con potencia Juan Pablo Francolini, investigador argentino de simbología comparada, cosmovisiones ancestrales, arqueoastronomía, física de plasma y cimática. Francolini está pensando en un abanico amplio de experiencias. Y lo aclara con precisión con una larga lista:

“Estamos hablando de los estados visionarios producidos por distintas técnicas: ya sea por meditación, ejercicios de respiración, sueño lúcido, ayuno, plantas enteógenas, substancias derivadas de algunos animales o algunos productos sintéticos elaborados en un laboratorio”.

Con todo este ramillete desplegado, Francolini va a ayudarnos a comprender parcialmente una de las preguntas más complejas que plantea toda experiencia de ampliación de la conciencia: por qué vemos lo que vemos.

Arquetipos: lo primordial del inconsciente

Imágenes primordiales. Así fue como Carl Jung llamó inicialmente lo que luego denominaría arquetipos.

En palabras sencillas, lo que discutía el psiquiatra suizo era la idea de que el desarrollo psicológico de las personas se produce no solo por lo que determinan las presiones de la evolución. Para Jung existe información “predestinada” para el individuo, información borrosa de la que luego surgirán desde símbolos hasta patrones de comportamiento.

Así, detrás de cada imagen, se encuentra de manera inconsciente la potencia de los arquetipos.

“Una visión porta un contenido simbólico arquetípico, fruto de la percepción interna y de nuestra íntima relación con el Sí mismo (en nociones de Carl Jung), que nos puede guiar a una profunda sanación emocional y hasta a delicadas realizaciones sobre el funcionamiento de la realidad”, explica Francolini.

“En cambio, una alucinación es una percepción sin objeto, una fantasía exacerbada por nuestros miedos, paranoias e interpretaciones distorsionadas”.

Es decir, la visión ligada a los arquetipos forma parte de un proceso de autoconocimiento, mientras que la alucinación, ligada al universo del temor, suele no proveer información sanadora.

Desmalezando el campo de las apreciaciones apresuradas, este investigador independiente, cuyos trabajos unen la cosmovisión ancestral con la mirada científica, pide hacer foco en un tipo particular de visiones.

A lo largo de 25 años de experimentos interdisciplinarios, Francolini observó aquellas que acercan a “la percepción sutil de los delicados planos invisibles a los cinco sentidos y, sin embargo, accesibles en estados expandidos de conciencia”.

Se refiere, aclara de inmediato, “a las estructuras energéticas en las que se basa el mundo físico”.

Y pide que exploremos los testimonios que muchos pueblos originarios plasmaron en su arte y simbología, lo que denomina “estructuras energéticas” que funcionan como la “base estética de inspiración y conocimiento para crear textiles, alfarería, pinturas rupestres, esculturas, música y hasta maquillaje ceremonial”.

La ayahuasca, bebida fundamental en las cosmovisiones de los pueblos originarios de la cuenca del Amazonas y alrededores. (@Brian Van Tighem)

Arte y portal

El exquisito arte de las comunidades Shipibo Konibo, del norte de Perú, con sus destacados textiles, pinturas corporales, diseños geométricos y antiguas partituras grabadas en la luz, “se basa en las experiencias y visiones producidas por la ingesta del yagé o ayahuasca, cuyo principio activo es la dimetiltriptamina o DMT”, detalla Francolini.

El compuesto activo de la bebida visionaria genera estados análogos a la serotonina y la melatonina, donde se visualizan, junto a profundas sensaciones y sentimientos, estructuras geométricas de vivos colores, proteicas, en las cuales, como en una urdimbre de sutiles resplandecencias, el mundo es tejido.

“Esta urdimbre es una sinfonía de delicadas fibras, un gran canto, donde cada objeto es una nota musical y los sistemas, melodías en armonía”, profundiza Francolini.

Y aporta, como en una especie de hilado, puntos esencialísimos:

“Los tejidos artesanales son partituras copiadas de las estructuras visionadas en los campos morfogenéticos, que el biólogo Rupert Sheldrake propone como base invisible del mundo visible, estructuras cristalinas que la moderna técnica de la espectrografía está evidenciando a través de los Rayos X o Gamma.

La mujer medicina y el hombre medicina utilizan esas formas y las traducen como ícaros, cantos típicos que se usan para curar, para elevar las conciencias y con distintos fines terapéuticos y pedagógicos, basados en el principio de resonancia simpática”.

Francolini menciona también los “Monolitos de Tiwanaku”, en Bolivia, y pone como ejemplo el “Monolito Ponce”, en cuyas dos manos, “ambas izquierdas, quizás indicando una receptividad total”, se sostiene “un vaso kero para beber wachuma y una tableta de Willka o cebil”, que tiene como principio activo la DMT.

En cuanto al cactus Wachuma o San Pedro, el principio activo es la mescalina, “la cual activa la producción de neurotransmisores como la dopamina, estimulando las percepciones e intensificándolas; compuesto químico que está relacionado al circuito de recompensa en la actividad cerebral”.

Al examinar de cerca la figura se contemplan símbolos y geometrías que Francolini describe como “planos estructurantes de la realidad física y también de los mundos arquetípicos internos de la psiquis, los cuales tienen una identidad entre sí”.

Según explica Francolini, trazando puentes mágicos y conceptuales, detrás de las visiones y ceremonias ancestrales siempre hubo una ciencia y también una terapéutica, un orden y también contención y acompañamiento. Se trata también de un profundo rol social.

“Las mujeres y hombres medicina eran formados, durante muchos años, en tradiciones de rigurosa disciplina y responsabilidad”, explica el investigador.

Los bordados del pueblo Shipibo representan los arquetipos y visiones de la ayahuasca.

Estética visionaria for export

“De cierta manera, hay cosas que están saliendo a la luz, para que la humanidad comprenda lo que realmente somos”, sostiene enfático el taita Luis Alberto Tez Juajibio, quien vive entre mundos.

Es administrador de empresas y también practicante de la medicina tradicional de su comunidad Kamentsa Biya del valle de Sibundoy, en el Alto Putumayo.

El taita ve con buenos ojos el auge de un arte plástico conectado a visiones en estado de ceremonia. Incluso en esos casos en los que son hechos más a partir de relatos de visiones y no de la propia experiencia.

Sin embargo, de fondo se escucha una música incómoda: la del turismo espiritual en nuestro continente.

“Son cosas que empiezan a suceder, como parte de algo energético que desde la misma Tierra se viene generando, para permitirle el acceso al resto de seres humanos un saber antes más cerrado a las comunidades, para que lo sientan y vivan, antes de llevarlo a toda la humanidad”, piensa el Taita del valle de Sibundoy.

Aclara que la ayahuasca genera un viaje al propio origen de la vida, conectándonos con todos los ancestros “que están en nuestra sangre”, lo que cada uno expresa y plasma a su modo.

Por eso, ante la sola mención de si puede haber banalización de saberes ancestrales en esta tendencia estética, dice firme:

“Cada uno percibe la realidad desde el punto desde el cual se encuentre. Y todos estamos ubicados en diferentes puntos. Simplemente la persona que pinta trata de expresar lo que experimentó. Está simplemente siendo ella”.

“En estos últimos 10 años, la cultura de las grandes ciudades ha experimentado un ingreso exagerado de ceremonias con plantas enteógenas: la ayahuasca o el San Pedro se ofrecen en las redes libremente y esto conlleva aspectos positivos y negativos, así como todo un despliegue de personajes neochamánicos de dudosa reputación”, afirma categórico el investigador Juan Pablo Francolini.

Y expresa, crítico:

“El incremento de la New Age tiene dos caras. Una, de realización de un verdadero cambio que promete transformar a las personas y al mundo por default, generando la ansiada masa crítica. Otra, de espiritualidad shopping, en la que el sistema establecido absorbe la contracultura y la banaliza, desacralizando los contextos ancestrales”.

La serpiente, el puma y el cóndor de las culturas andinas adornan las calles con exquisitos murales.

Si bien está habiendo una recuperación y puesta en valor de las culturas sudamericanas, que lentamente están sanando las heridas abiertas por el saqueo y matanza, “hay que estar atentos a que esto no se transforme en un producto más de consumo masivo”.