Entre los escritores sobre psicodélicos del siglo XX, uno de los personajes más exóticos e intrigantes es Carlos Castaneda. Su figura rondó el mito pero también la estafa y es indudable que influyó a una enorme cantidad de personas tanto famosas como desconocidas. Pero como todo mito, es necesario ahondar en sus orígenes para entender cuando pasó a convertirse en la gran estafa psicodélica.
Por miles de años el humano encontró en la naturaleza todos los recursos necesarios para su sustento, desde la alimentación hasta la protección contra las inclemencias del clima, pasando por todo lo necesario para crear y defenderse mediante plantas de los interrogantes de la existencia.
A medida que las sociedades humanas se complejizaron, sus miradas del mundo comenzaron a regirse por la idea de establecer un orden. En Occidente, de la mano de importantes innovaciones, con el tiempo apareció también la brutalidad de las conquistas, de las inquisiciones y de las prohibiciones.
Las iglesias primero y la moral después hincaron su dedo opresor en esta relación humano-recursos y aquellas soluciones botánicas y existenciales se convirtieron en símbolo de degradación y salvajismo. Para cuando el humano europeo descubrió que existían otros continentes con otros pueblos, con sus usos y costumbres, el planteo ya estaba hecho: por más que fueran fruto de la Creación, incluso las plantas que alteran la percepción no iban a ser consideradas como una herramienta para el conocimiento, sino como una tentación salvaje y demoníaca.
Hacia la segunda mitad del siglo XX, los enteógenos y plantas psicoactivas continuaban recluidas en la oscuridad, solo asomadas de vez en cuando por científicos que, intrigados por la relación entre lo químico y lo divino, se animaban a experimentar con ellas en ellos mismos o en otros mortales. Así fue recuperándose una noción básica: existen sustancias que permiten volver a conectar a nuestra especie con el mundo que habita y su espiritualidad.
El aprendiz de chamán
Nacido en Cajamarca, Perú, el 25 de diciembre de 1925, Carlos Castaneda (cuyo nombre original era César Castañeda) fue un autor y antropólogo que saltó a la fama gracias a las historias de Don Juan, un supuesto chamán, nativo de México. Más allá de su fecha de nacimiento, es difícil rastrear los detalles de su historia personal. El propio Castaneda se encargó de eliminar los rastros previos a su reconocimiento internacional, sea como un recurso casi literario (construir un personaje acorde a su obra y lo afirmado en ella) o por lo que siempre propusieron sus detractores: borrar el lazo entre su vida y su obra para eliminar incongruencias.

Según lo escueto de sus declaraciones, Castaneda emigró a Estados Unidos a los 15 años, donde vivió con una familia adoptiva hasta graduarse del secundario. Viajó a Los Ángeles, California, en 1951 y asistió a clases universitarias de Antropología. Ocho años más tarde se nacionalizó estadounidense, adoptando el nombre Castaneda en lugar del Castañeda original, según él mismo el cambio se debió a la ausencia de la letra “ñ” en la máquina del registro.
En 1968 publicó la primera edición de Las enseñanzas de Don Juan, texto con el que accedió al Doctorado en Antropología en la Universidad de California (UCLA).
Castaneda y el camino del brujo
El éxito inmediato de Las enseñanzas de Don Juan le valió a Castaneda un renombre en la comunidad científica, construido en base a pura controversia y una exhuberante influencia en una juventud que encontró en los psicodélicos, además de un símbolo de la ruptura generacional, la esperanza para el cambio de la sociedad.
Por primera vez, la figura de Castaneda implicaba que un científico dejaba la postura objetivista para manifestar sus emociones y una mirada subjetiva sobre la experiencia de ser introducido en el camino del conocimiento que siguieron durante milenios los curanderos de los pueblos originarios.
En pleno auge del movimiento hippie, el libro de Castaneda inauguró el turismo enteógeno junto a los textos de Albert Hofmann y Richard Gordon Wasson, quienes visitaron a la curandera María Sabina. Miles de jóvenes cruzaron la frontera y se internaron en el desierto de Sonora, donde en teoría vivía Don Genaro, el chamán llamado Don Juan en la obra de Castaneda.
Buscaban imitar las peripecias del personaje del libro, en teoría el mismo Castaneda, buscando en los pocos chamanes que quedaban, ya completamente mixturados con la vida moderna, el conocimiento ancestral que les permitiera superar sus conflictos existenciales.

Por poco más de cinco años las afirmaciones de Don Juan fueron tomadas como ciertas hasta que varios colegas del ambiente universitario y psicodélico, como el propio Wasson, comenzaron a exigir evidencias científicas especialmente sobre las plantas y hongos consumidos por el protagonista del libro, que afirmaba pertenecer al pueblo de los yaqui del norte de México.
Uno de los más férreos detractores de Castaneda continúa siendo el investigador norteamericano Jonathan Ott. Autor de Pharmacotheon: drogas enteógenas y sus fuentes vegetales y cientos de artículos, Ott desglosa planta por planta las incoherencias presentes en el libro de Castaneda, comenzando por el supuesto consumo de mescalina.
Según Castaneda, Don Genaro (Don Juan) fue quien le presentó a Mescalito, el espíritu presente en el cactus del peyotl (lophophora williamsii). Ott demuestra que el término “mescalina”, que hace referencia a la sustancia presente en este cactus, es en realidad una derivación de un antiguo error de los conquistadores españoles. Aquellos confundieron el mezcal, el licor de agave, con el peyotl y los científicos europeos del siglo XIX, que aislaron el principio activo del peyotl y lo bautizaron “mescalina”, simplemente continuaron el error.
De acuerdo a Ott, ningún chamán o curandero nativo se equivocaría de esa manera y jamás llamaría Mescalito o algo similar al espíritu del peyotl.
Otra incongruencia bastante grave y criticada por Ott y Wasson es el supuesto consumo de hongos psicodélicos molidos y mezclados con otras plantas en una preparación conocida como “humito”. Castaneda afirma que esta preparación era fumada, después de guardar durante un año los hongos en una calabaza hasta que se convertían en polvo.
La falta de datos científicos, fundamentales en cualquier investigación antropológica, hicieron que los textos de Castaneda fueran “degradados” a la categoría de ficción, aunque eso no hizo mella a la fama que poseía en gran parte del ambiente hippie.
Ott afirma que no solo los hongos secos no se convierten en polvo sino que, guardados de esa forma y durante tanto tiempo, es extremadamente probable que pierdan su poder enteógeno. La afirmación de Castaneda se vuelve aún más endeble cuando Ott muestra que si bien los hongos psicoactivos se han usado en amplias partes de México, en ningún lugar los fumaban y que incluso los yaqui no conocían el uso de hongos visionarios.
Para su segundo libro, Castaneda aclara que “fumar” los hongos implicaba ingerirlos, quizás ya prevenido de su error anterior, aunque nunca entregó ni a las autoridades universitarias, ni a los colegas que lo criticaban, ejemplares botánicos recolectados antes, durante o después de su experiencia con Don Juan.
En correspondencia privada con Wasson, Castaneda afirmó que los hongos eran posiblemente Psylocibe mexicana, sostuvo que crecían en madera podrida y que había recolectado las mismas variedades en Oaxaca, Durango y cerca de Los Ángeles y, aunque prometió enviar muestras, nunca cumplió la promesa ni tampoco incluyó ejemplares o identificación de las otras cinco plantas que componían la supuesta mezcla que conformaba el “humito”.
La falta de estos datos, fundamentales en cualquier investigación antropológica, hicieron que los textos de Castaneda fueran “degradados” a la categoría de ficción, aunque eso no hizo mella a la fama que poseía en gran parte del ambiente hippie.
Lo que nadie pudo negar fue que Castaneda había logrado aumentar el interés popular tanto por los hongos psilocibe como por el peyotl, algo que luego se convirtió en un problema ecológico, dado que este cactus es una especie de crecimiento lento.
Timothy Leary, el psicólogo de Harvard famoso por sus protocolos con psilocibina y LSD y sus proclamas públicas a favor de la exploración psicodélica, relató en su autobiografía Flashback un extraño suceso que vivió cuando se encontraba en México preparando nuevos protocolos con LSD luego de haber sido despedido de Harvard.
Radicado en un hotel llamado Catalina, Leary conoció a un joven que dijo ser periodista peruano y apellidarse Arana, interesado en participar en los experimentos. Leary le negó la admisión.
Al día siguiente, uno de los empleados del hotel, cuya tía era conocida en la región como curandera tradicional, le había relatado la visita de un tal Arana, que en su caso se había presentado como profesor de la Universidad Cristiana de las Américas (UCLA), quien le había pedido que lo ayudara a recuperar sus poderes mágicos robados por un hombre blanco americano que respondía a las características de Leary.
El bizarro encuentro sucedió un par de años antes de que Castaneda publicara su primer libro, en el aparece una bruja maligna llamada, graciosamente, Catalina.
¿Fue Castaneda el padrino del New Age?
Ya sin apoyarse en la Antropología, o al menos intentarlo, en 1971 Castaneda publicó una secuela de su exitoso libro llamada Una realidad aparte, que retoma la época de su instrucción chamánica, interrumpida según el autor por “el miedo que envuelve la vida de todos los hombres”.
El libro fue un éxito editorial y también lo fue Viaje a Itxlan, la tercera parte de la saga que salió el año siguiente. Quizás consciente de lo que habían generado sus dos libros anteriores, o para eludir la necesidad de presentar pruebas científicas sobre sus experiencias psicoactivas, Castaneda afirma en el tercer libro que Don Juan da por concluido el aprendizaje con plantas para continuar “el camino del guerrero” hasta convertirse en “hombre de conocimiento” sin ayudas botánicas.
La teoría de Richard De Mille sobre la publicación académica de la obra de Castaneda por la UCLA es lapidaria: un grupo de científicos, disidentes de la cúpula editorial, habrían convencido a las autoridades para publicarlo como una broma.
En marzo de 1973 la revista Times publicó un extenso artículo llamado “Carlos Castaneda, magia y realidad” en el que figuraron los nombres reales de su padre relojero y su madre fallecida cuando Castaneda era todavía un niño. Con un supuesto consentimiento de Don Genaro, el mismo brujo que no había permitido que Castaneda grabara su voz o tomara fotografías, el autor accedió a una entrevista con los redactores de Time en la que mantuvo su postura misteriosa sobre sus orígenes y la certeza de sus afirmaciones en la saga “Don Juan”.
Luego de la publicación de este artículo, Castaneda abandonó la vida pública aunque continuó publicando libros, ya lejos de la etapa “Don Juan” y encuadrados en lo que sería una especie de filosofía del conocimiento, la percepción y el ser que tiene puntos de encuentro con filosofías y religiones orientales como el budismo zen o la escuela del Cuarto Camino de George Gurdjieff.
Durante las décadas del 70 y 80 Castaneda continuó publicando libros, negándose a ser fotografiado, filmado o grabado y concediendo un puñado de entrevistas a aquellos que no cuestionaban lo que ya a esas alturas era un mito personal.
En 1976 apareció otra obra detractora, llamada El viaje de Castaneda: El poder y la alegoría del psicólogo y periodista de investigación Richard De Mille. En el libro, De Mille realiza un prolijo recuento de las inconsistencias publicadas en los libros de Castaneda, como por ejemplo el pasaje donde cuenta cómo tuvo que caminar dos días después de estacionar el auto para llegar a la choza de Don Genaro para luego afirmar que en su regreso se sube al auto detenido a pocos metros.
O la choza de Don Genaro se movía o Castaneda prestaba muy poca atención a su prosa pasada.
Al observar que Castaneda seguía cosechando fanáticos, De Mille publicó otro libro en 1980 llamado Los papeles de Don Juan que esta vez incluye las diferencias entre la flora y fauna de la zona en la que Castaneda afirmaba haber pasado 13 años, compilaciones de registros científicos sobre chamanismo yaqui que distan mucho de lo supuestamente presenciado por Castaneda y, finalmente, una crítica literaria que afirma que la escritura del supuesto aprendiz es limitada.
La teoría de De Mille sobre la publicación académica de la obra de Castaneda por la UCLA es lapidaria: un grupo de científicos, disidentes de la cúpula editorial, habrían convencido a las autoridades para publicarlo simplemente como una broma.
El sendero del marketing
Con la década del 90 y el movimiento New Age en plena vigencia, Castaneda reapareció en la vida pública junto a un grupo de mujeres (sus “brujas”) promocionando una especie de arte marcial visionaria llamada Tensegridad, supuestamente aprendida de los nativos yaquis, aunque no la hubiera nombrado en ninguno de los nueve libros que había publicado hasta entonces.
Bajo una empresa llamada Cleargreen sus discípulos organizaban seminarios y talleres donde enseñaban los “pases mágicos”, heredados durante 25 generaciones de hombres de conocimiento toltecas, destinados a incrementar y redireccionar la energía del Universo. Así la práctica de la Tensegridad conducía a mejorar el estado físico y mental del practicante.
Como complemento para la evolución espiritual del individuo, Cleargreen ofrecía productos relacionados, que incluían remeras, bolsos y “elementos de poder” como plumas. También se publicaron tres videos didácticos sobre Tensegridad en los que no aparecía Castaneda sino sus “brujas”: Florinda Donner, Taisha Abelar y Patricia Partin.
Internado en un hospital de Los Ángeles, en 1998 Castaneda falleció de un cáncer hepático. La noticia fue dada al mundo dos meses después del suceso. Se dice que fue cremado sin ser velado y sus cenizas esparcidas en el desierto que tanto amaba y que dio origen a su obra, fama y legado. Las mujeres que formaban su séquito desaparecieron sin dejar rastros pocas horas después de informar al mundo la trasmutación de su mentor.
El legado
Pese a todas las inconsistencias, la obra de Carlos Castaneda acumula algunas conquistas de relevancia: se estima que en el transcurso se vendieron más de 10 millones de copias de sus libros, traducidos a una infinidad de idiomas y distribuidos por todo el mundo.
Su literatura influyó a miles de artistas, incluidos John Lennon, Federico Fellini y Luis Alberto Spinetta. De hecho, cualquier persona que comienza a investigar sobre psicodélicos y chamanismo tarde o temprano llega a sus textos, sea a partir de sus defensores o detractores.
“He leído todos sus libros y valen la pena”, aseguró el escritor William Burroughs en una entrevista de 1984. “La pregunta de si Don Juan existió o no, creo que corresponde al ámbito académico. Tomen los libros por lo que son”.

