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@Fabio Duarte

Edward McCrae, el antropólogo de la ayahuasca: «Siempre alteramos nuestra conciencia»

Salvador de Bahía, la ciudad brasileña donde los cultos se cruzan. Donde el catolicismo levantó sus iglesias en tierras de religiones ancestrales. Una comunidad frente al mar, en la que las divinidades africanas se mezclan con las plantas visionarias que se esconden en la selva. Ahí nos encontramos con Edward MacRae. Hijo de madre brasileña y padre escocés, MacRae se formó en Psicología Social y Sociología en Gran Bretaña y estudió Antropología en Brasil. Pero sus credenciales no son solamente un linaje excéntrico y una notable formación académica, sino también la forma en que cruzó sus orígenes y su capacidad como investigador con su experiencia vital más allá del hogar y de las universidades.

MacRae fue parte de la fundación de una iglesia del Santo Daime, una religión de origen amazónico que tiene como sacramento básico la ayahuasca, la potente bebida visionaria. Tan grande fue su compromiso que integró el equipo de trabajo que logró la regulación del uso de la sustancia enteógena con fines religiosos en Brasil.

Para él, la experiencia directa con la ayahuasca fue central. “Tuve experiencias no siempre placenteras, pero que en diversas ocasiones me forzaron a encarar aspectos de mi vida y de mi personalidad que hasta entonces tendía a evitar”, cuenta MacRae en relación a sus trances visionarios. “Siento también que entré en mejor sintonía con una especie de voz interior, capaz de señalarme actitudes y conductas apropiadas en ciertos momentos de confusión e incertidumbre”.

La mirada antropológica

¿Cuál es el aporte que puede hacer un antropólogo al estudio de ciertas sustancias?
La importancia de la antropología está en cómo ayuda a ver la forma en que la sociedad estructura, simboliza y reacciona ante el uso de psicoactivos.

¿La alteración de la conciencia ordinaria es algo inseparable de la historia humana?
Creo que todos estamos alterando nuestra conciencia de una forma u otra, todo el tiempo. No hay una conciencia que no se vea alterada. Teniendo esto en cuenta, todos tenemos una serie de registros diferentes de cómo funciona nuestra conciencia. Esos registros, socialmente, son considerados lícitos, ilícitos, positivos o negativos.

El ser humano siempre tuvo una conciencia de las posibles variaciones y distintos estados funcionan mejor para determinadas situaciones. Por ejemplo, si quiero estudiar lo recomendable sería un estado de vigilia, de foco, racional y concentrado. Pero si fuese un vikingo que está por entrar en combate, posiblemente usaría un hongo para enloquecer y lanzarse contra todo lo que tuviese en frente.

Si queremos entender cuestiones místicas o existenciales, provocamos ciertos estados de conciencia usando distintas sustancias para adquirir comprensiones que normalmente no tenemos. Desde siempre, diferentes propósitos se han favorecido con diferentes estados de conciencia. La sociedad actual tiene una idea muy rígida de lo que es o no un estado de conciencia alterada, o de qué es saludable y qué es patológico.

¿Y cuáles son los límites?
Eso depende mayormente de patrones socialmente determinados. También puede pensarse en términos fisiológicos: abuso sería aquello que daña al organismo. El problema es que muchas cosas nos hacen mal: una feijoada o la cerveza, por ejemplo, y a nadie le importa demasiado. Aunque desde lo físico no sea saludable, es la sociedad la que define qué es abuso y qué no.

Durante mucho tiempo se decía que el uso de cualquier sustancia ilícita era por definición un abuso, porque se percibía como una posición contraria a la sociedad, con sus sanciones correspondientes. Hasta hace poco, se sostenía que quien consumía marihuana era esencialmente un adicto. Hoy la mirada es más compleja. En gran parte, la diferencia entre uso y abuso se define por normas y valores sociales. Antes las personas fumaban cigarrillos en cualquier lugar, algo que ahora se ve como problemático. Otro ejemplo: en países mediterráneos se bebe vino con todas las comidas. Según los patrones oficiales de nuestra región, eso sería abuso.

¿Hay usos problemáticos de las plantas visionarias, de los enteógenos?
Yo procuro no juzgar. No digo: “Esto va a hacerte mal, esto va a iluminarte”. Tal vez pueda señalar que algo te afecta mucho —que no estás comiendo bien o que estás en conflicto con tus amigos—, pero evito dictar prohibiciones. Cada uno tiene sus necesidades, y muchas veces esas necesidades pueden ser autodestructivas. Podemos alertar, dar ideas, pero no juzgar. Decir que una sustancia es iluminadora o entorpecedora también es una forma de juicio.

¿Se puede entonces hablar de un uso responsable de sustancias como la ayahuasca?
Creo que para ciertas sustancias es más seguro y las personas terminan teniendo experiencias más recompensadoras dentro de ciertos rituales. El ritual lo veo como una forma de controlar el uso de las sustancias, de direccionar la atención, la conciencia, en determinadas direcciones. Por eso creo que el ritual es importante, pero también conocí gente que usa enteógenos fuera del ritual y no voy a ser yo quien comience a criticarlos. Tal vez tengan experiencias tan provechosas como aquellos que las viven dentro de un ritual. Conozco personas que van a una rave, toman mil cosas y les genera un cierto bien. Personalmente, siempre recomiendo que se usen en el contexto del ritual.

¿Qué sería y qué no sería un ritual?
Hay muchos tipos de ritual. Puedo sentarme a fumar un porro con tres o cuatro personas, pasándolo con mi mano derecha, haciendo silencio. Eso es un ritual. Pero, ¿es comparable con asistir a una misa gregoriana de la iglesia católica? Son acciones y contextos muy diferentes, pero creo que podemos clasificarlos a todos como ritual. Claro que son muy diferentes, con efectos y controles distintos. Entonces, estoy a favor del ritual, pero sin ser enfático. Eso es todo. Nunca debemos creernos dueños de la verdad y ser quienes vayamos a juzgar lo que es bueno o malo. Puede ser lo que sea más provechoso para nosotros y lo que creamos más provechoso para otras personas, pero nada está necesariamente definido.

Visiones secretas

Escribiste mucho sobre experiencias visionarias, pero nunca mencionás directamente tus visiones, ¿por qué?
La exploración simbólica a la que te llevan los enteógenos siempre me han generado una dificultad real para hablar sobre ellas. Son cosas tan complejas, es como querer relatar un sueño. En mi experiencia, cuando relato o hablo de una experiencia que tuve, creo que la petrifico. Me voy a acordar solo de aquello de lo que hablé. Creo que esas experiencias están muchas veces en un nivel inefable, por definición imposible de colocar en palabras. Tal vez esa experiencia esté más allá de la cultura. Y usamos esa cultura para analizar la experiencia. Pero hay toda una serie de transformaciones que ocurren allí.

Sospecho mucho de los relatos muy bien terminados sobre determinada experiencia. Pienso que a partir de que hablé de una experiencia, voy a seguir recordando más lo que hablé que lo que experimenté. Además soy una persona medio reservada, tuve una educación anglosajona, no me gusta quedarme hablando mucho sobre mí mismo y creo que cuando las personas relatan esas experiencias muchas veces pasan cosas así como “Mestre Irineu [el fundador del Santo Daime] se me apareció y me dijo que debía decirte que dejes de comer carne”. Esas personas usan esas experiencias como una forma de poder, que es muy cuestionable.

No sé. Padrinho Sebastiao, una especie de refundador del Santo Daime con mucha sabiduría, decía que no debíamos contar nuestras experiencias. Creo que son individuales, tienen un significado para mí. Es mi verdad, no es la de todo el mundo.

Lo que sí dijiste es que percibiste cierta guía interna luego de tomar ayahuasca.
Sí. Eso es otra cuestión. Si voy a hablar de tener un guía interno eso me pone directamente en una posición de cierta sabiduría, de cierta iluminación, del contacto con mi yo superior. No sé, el ego es una cosa muy fuerte, está siempre ahí. Hago meditación, tomé mucha ayahuasca, tomé otras sustancias, he hecho yoga, tengo muchos intereses en ese tipo de crecimiento interior.

Pero, probablemente, lo único que creo ahora es que debo guardarme eso para mí. Cada vez lo digo menos, prefiero estar en la mía, la verdad es que no quiero ir por ahí diciendo que soy una persona que puede oír su yo interior. Si lo dije es porque es algo que a veces siento para mí, pero es una cosa con la que no quiero andar predicando, como si me colocase directamente en una posición de persona más iluminada. Sé que no lo soy.

Muchas personas que usaron sustancias visionarias hablan del acceso a una sabiduría revelada, ¿qué pensás de eso?
Creo que todos tenemos acceso a ciertas sabidurías interiores a las que en ciertos momentos accedemos y en otros no, con o sin sustancias. Se puede trabajar con eso, tratar de desarrollarlo, pero creo que es una cosa muy interna, a partir de la cual se puede estar en el mundo de una forma mejor, actuando de una forma más armoniosa.

Creo que la ayahuasca puede ser muy ilusoria, se puede ver entre ayahuasqueros personalidades autoritarias, prepotentes, dueñas de la verdad. Porque la experiencia con la ayahuasca tiene una característica habitual: uno cree que tiene acceso a la verdad, que ya no precisamos comprobar nada. La experiencia suele darle a la persona un sentimiento de gran sabiduría y poder. Imaginen que si uno es una persona que conversa con los ángeles, puede decirle a los demás lo que es cierto o no, porque los ángeles te hablan.

Entonces, muchas veces, las personas quedan con su ego muy inflado. Es una gran paradoja, porque lo que la gente va a aprender con la ayahuasca es a controlar el ego. Por eso hay un orgullo engañoso que hay que aprender a desmitificar. Para mí esa es la gran lección. Y no dejarse llevar por el orgullo.

¿No es un problema propio de las religiones, que se basan en “personas iluminadas”?
Sí, por eso es tan necesario no tomarse las cosas con tanta rigidez. En el mejor de los casos, las enseñanzas pueden servir de orientación, pero esas verdades son siempre mucho mayores que aquello que es expresado.

Una breve historia sufí de dos ciegos que están cerca de un elefante y tienen que describirlo. Uno de ellos agarra la pata y dice que el elefante es una columna, otro toma la trompa y dice que es una especie de cobra. Es siempre así: nuestra visión es parcial.

Creo que los grandes maestros también deben ser vistos como seres que tenían una visión parcial. Por eso no debemos vivir esas enseñanzas como cosas absolutamente rígidas: son guías, depende de las personas que eso aporte sentido. Esas grandes verdades pueden mostrarnos ciertos caminos, pero debemos guiarnos por nosotros mismos. En última instancia, es uno quien tendrá contacto con esa verdad, pero hay que recordar que es una verdad percibida desde un punto de vista limitado.

Hay que estar siempre en una situación de incerteza, no podemos andar por ahí queriendo adoctrinar a otras personas. Se puede orientar, dar ideas, sugerencias, hablar de la experiencia propia, pero sin dogmatismos.

Profesión y temor

¿Creés que tu vínculo con el Santo Daime cambió tu mirada como investigador?
Bueno, en el Santo Daime soy fardado [literalmente es uniformado, implica un ingreso ritual en el culto], pero no sigo todas las reglas, no hago todos los trabajos y cosas así, estoy tomando una vez por año, cuando voy a Mapeá, si no voy para allá no tomo. Pero para mí el daime [MacRae usa la palabra como sinónimo de ayahuasca] fue muy importante, una de las puertas de entrada para el ingreso en este mundo de lo espiritual.

A través del daime conocí mucho del espíritu de Brasil, de su religiosidad. Fue muy interesante y muy rica para mí esa experiencia social y espiritual. Conocí muy rápidamente al Padrinho Sebastiao. Eso fue para mí un encuentro marcante en mi vida. Y tengo gran aprecio por las personas de Mapeá, no tanto por otros daimistas. Eso me ayudó a pensar más ampliamente. Hoy mi visión trasciende un poco al Santo Daime.

Hago meditación dos veces por día. Y tomo daime algunas veces por año. La máxima herramienta hoy para mi crecimiento espiritual, individual, es la meditación. Y para la meditación, el daime me ayudó mucho.

En tus exploraciones espirituales, ¿alguna vez sentiste miedo?
Yo ya tuve experiencias de ir para el mundo de los muertos. Hace mucho que no hablo de eso. Voy a repetir una cosa que dije la última vez que me preguntaron: Sí, tuve miedo y en ese momento me apegué a un mantra, repitiéndolo, gritándolo, por horas. Sentí que eso era una especie de cuerda que me sujetaba a mi salud, o vaya a saber a qué. Eso fue luego de una dosis alta de cucumelo, de hecho.

Pero hay momentos, tomando ayahuasca, que siento un malestar en el estómago, cuando siento miedo de cagarme todo. A veces tengo dudas de tomar, porque no creo estar listo para tener esa experiencia física que viene con la planta. Claramente, nadie muere por la ayahuasca, pero en el momento puedo sentir que estoy casi muriendo. Y raramente tengo miedo.