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El Líbano apuesta al cannabis medicinal para reactivar su economía

En noviembre de 2025, el gobierno libanés comenzó finalmente a implementar el marco legal que autoriza la producción y exportación de cannabis medicinal, aprobado por el Parlamento en 2020 pero demorado durante años. Con esta medida, el Líbano busca transformar una actividad históricamente perseguida en una industria regulada, rentable y capaz de atraer inversiones internacionales.

Durante décadas, los valles del este del Líbano fueron sinónimo de resistencia, pobreza y cultivo clandestino. En las montañas del Bekaa, los agricultores sobrevivieron gracias a una planta que los sostenía tanto como los condenaba: el cannabis. Hoy, ese mismo cultivo podría convertirse en la clave para la recuperación económica de un país sumido en una de las peores crisis financieras de su historia.

Del cultivo clandestino a la legalización

El cultivo de cannabis en el valle de Bekaa y las estribaciones de Hermel se remonta a varias generaciones. Durante buena parte del siglo XX, los agricultores lo mantuvieron en la sombra, expuestos a redadas, incendios de cosechas y encarcelamientos. Sin alternativas económicas ni apoyo estatal, miles de familias dependían del cannabis como su único sustento, en una región donde las políticas agrícolas oficiales brillaban por su ausencia.

“Esta decisión del gobierno pone fin a décadas de persecución contra los agricultores que cultivaban esta planta en secreto”, resumió un reportaje de Al Jazeera tras el anuncio de la legalización. La medida representa una reparación simbólica para una población históricamente marginada, y una oportunidad económica sin precedentes.

En palabras de Mohamed Mroueh, profesor de la Universidad Libanesa Americana en Beirut, “el Líbano está ante un punto de inflexión: esta temporada puede ser la primera en integrar a los agricultores dentro de un marco legal y transformar una práctica clandestina en una industria médica regulada y basada en evidencia”.

El mensaje es claro: no se trata de desplazar a los agricultores, sino de integrarlos a la economía formal. El desafío es monumental: establecer una industria farmacéutica de cannabis en un país sin infraestructura moderna, en medio de una inflación récord y con un sistema bancario en crisis.

Un nuevo marco institucional

Para supervisar el proceso, el gobierno creó el Comité de Gestión del Cultivo de Cannabis, responsable de otorgar licencias, coordinar la producción y fiscalizar la calidad farmacéutica. Su presidente, Dany Fadel, visitó personalmente las principales zonas productoras para garantizar que los pequeños cultivadores puedan vender su cosecha a laboratorios locales y extranjeros a precios de mercado, evitando la intermediación de redes ilegales.

“El mensaje es claro: no se trata de desplazar a los agricultores, sino de integrarlos a la economía formal”, señaló Fadel. El desafío, sin embargo, es monumental: establecer una industria farmacéutica de cannabis en un país sin infraestructura moderna, en medio de una inflación récord y con un sistema bancario en crisis.

Una apuesta de mil millones de euros

El gobierno libanés espera que la legalización del cannabis medicinal inyecte hasta mil millones de euros anuales a las arcas públicas, según estimaciones de McKinsey & Company. En un país cuya deuda externa supera los 90 mil millones y donde el desempleo juvenil ronda el 40%, esa cifra representa un salvavidas.

La estrategia oficial busca que el cannabis se convierta en una fuente estable de exportaciones y recaudación fiscal, orientada a abastecer al mercado farmacéutico local e internacional. El economista Ali Tfaili, consultado por Al Jazeera, afirmó que “integrar el cultivo tradicional del cannabis en la economía formal puede reducir el déficit comercial, aumentar los ingresos por impuestos y abrir un nuevo canal de inversión extranjera directa”.

El Líbano, históricamente conocido por la calidad de su resina, ocupa el tercer lugar mundial en producción de hachís, detrás de Marruecos y Afganistán, según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Legalizar el sector permite al país aprovechar ese conocimiento local, transmitido de generación en generación, para reconvertir la producción hacia usos medicinales y posicionarse como un exportador legítimo.

Comparaciones regionales: entre Marruecos y Afganistán

El caso libanés se inscribe en una tendencia más amplia en el norte de África y Medio Oriente. En 2021, Marruecos aprobó su propio marco de cannabis medicinal, buscando regular una práctica tradicional en el Rif. Allí, el proceso también enfrentó resistencias de agricultores que temen quedar excluidos por la burocracia y las grandes empresas.

El Líbano intenta aprender de esa experiencia: incorporar a los pequeños productores desde el inicio y garantizar que los beneficios de la legalización no queden concentrados en manos de conglomerados o exportadores internacionales.

En cambio, Afganistán, bajo el régimen talibán, ha mantenido una política ambigua: prohíbe formalmente el cultivo de cannabis, pero tolera la producción de hachís como fuente de divisas. En ese contexto, el Líbano emerge como el primer país del mundo árabe en establecer una política pública integral para el cannabis medicinal, con respaldo parlamentario y control estatal.

El valor simbólico del cambio

Más allá de su dimensión económica, la legalización representa un gesto de reconciliación entre el Estado y las comunidades rurales del Bekaa, históricamente marginadas y estigmatizadas. Durante años, los agricultores fueron vistos como criminales, aunque su actividad sostenía una parte importante de la economía informal del país.

“Legalizar el cannabis es también reconocer que esos productores mantuvieron viva una tradición agrícola que el Estado ignoró”, explicó un dirigente local al diario L’Orient-Le Jour.

Líbano emerge como el primer país del mundo árabe en establecer una política pública integral para el cannabis medicinal, con respaldo parlamentario y control estatal.

El cambio de paradigma no sólo implica una nueva fuente de ingresos fiscales, sino también una oportunidad de reparación social y de integración económica. Si el modelo funciona, podría inspirar políticas similares en otras regiones donde el cannabis fue criminalizado pese a su arraigo cultural.

Desafíos para una transición frágil

El entusiasmo inicial no oculta los riesgos. La implementación del nuevo marco legal enfrenta problemas estructurales y de seguridad: infraestructura deficiente, corrupción institucional, tensiones sectarias y falta de financiamiento internacional.

Además, el acceso a licencias podría beneficiar principalmente a grandes actores, dejando atrás a los pequeños cultivadores. El gobierno asegura que priorizará cooperativas locales, pero el sistema de regulación aún no está completamente definido.

Otro obstáculo es la inestabilidad regional, que podría afectar las exportaciones hacia Europa y los países del Golfo. Sin una cadena logística confiable ni acuerdos comerciales sólidos, los beneficios económicos podrían tardar en materializarse.

Aun así, la comunidad internacional observa el proceso con interés. Para organismos multilaterales y expertos en desarrollo rural, el Líbano ofrece un laboratorio social y económico único, donde una política de drogas puede transformarse en una estrategia de reconstrucción.

Un modelo posible para América Latina

Aunque el contexto libanés es muy distinto al de América Latina, su experiencia plantea una pregunta útil para países con economías agrícolas informales: ¿es posible convertir un cultivo ilegal en una industria sostenible y regulada?

El modelo de transición de cultivo clandestino a producción medicinal podría servir como referencia para comunidades rurales de Colombia, México o incluso del noroeste argentino, donde los pequeños productores podrían integrarse a los programas de cannabis medicinal bajo esquemas cooperativos.

El desafío, como en el Líbano, es garantizar una distribución justa de los beneficios, evitando que la legalización se traduzca en concentración económica.

La decisión del Líbano de legalizar el cannabis medicinal combina pragmatismo y visión de futuro. Frente a un Estado colapsado y una sociedad desgastada por la crisis, la planta que alguna vez fue símbolo de persecución podría convertirse en un emblema de reconstrucción nacional.

Si logra estabilizar su marco institucional y atraer inversiones sostenibles, el país podría posicionarse como referente regional en producción de cannabis medicinal, demostrando que incluso en contextos frágiles la legalización puede ser una herramienta de desarrollo.