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@Fede Serafín

«Las visiones» de Ezequiel Black, una cartografía visionaria latinoamericana

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Durante más de doce años, Ezequiel Black llevó consigo un cuaderno por distintas regiones de América Latina. Ahí, entre ceremonias con ayahuasca, San Pedro y hongos psilocibe, fue registrando dibujos, texturas, apuntes y formas que aparecían en medio de experiencias difíciles de traducir con palabras. El resultado de ese proceso terminó convirtiéndose en Las visiones, un libro que funciona al mismo tiempo como diario personal, atlas simbólico y archivo psicodélico latinoamericano.

“Al principio era simplemente un cuaderno de reflexiones psicodélicas de un artista que se encontraba con estas ceremonias y volcaba imágenes en el momento del éxtasis ceremonial”, cuenta Black. El proyecto, explica, nunca tuvo urgencia editorial. De hecho, le llevó más de una década completarlo porque necesitaba que las imágenes encontraran su propio ritmo y empezaran a dialogar entre sí.

Con el tiempo, el cuaderno dejó de ser solamente un registro íntimo y empezó a adquirir otra dimensión. El contacto con culturas originarias, esculturas rituales, artesanías y distintas tradiciones visuales latinoamericanas modificó completamente la lectura del material.

“Empecé a darme cuenta de que no era ni la primera ni la última persona trabajando con esta materia”, explica. “Entonces apareció la necesidad de vincular imágenes nuevas con imágenes antiguas, generar puentes entre culturas y experiencias separadas por siglos o miles de kilómetros”.

Ahí empezó a surgir lo que define como una “cartografía invisible visionaria de América Latina”. En el libro aparecen guiños a comunidades wixárikas, culturas andinas, imaginarios shipibo y referencias al universo ritual del Santo Daime, aunque nunca de manera explícita ni antropológica. Más bien funcionan como ecos visuales que atraviesan toda la obra.

Dibujar lo que no puede explicarse

Una de las preguntas centrales alrededor de Las visiones tiene que ver con el rol de la ilustración frente a experiencias que muchas veces parecen imposibles de narrar.

“La experiencia enteógena en sí misma es imposible de explicar completamente, incluso para uno mismo”, dice Black. “Después uno intenta ponerle palabras y esas palabras ya resultan insuficientes”.

Para él, la imagen tiene cierta capacidad de acercarse a esos estados precisamente porque trabaja desde otro lugar, menos lineal y más abierto a múltiples interpretaciones. Aun así, aclara que tampoco el dibujo logra capturar totalmente lo vivido.

“Me gusta pensar las ilustraciones como huesos petrificados de una experiencia”, explica. “Nunca son la experiencia completa, pero sí pueden dejar restos, huellas o rastros de algo que sucedió”.

En las páginas del libro aparecen cavernas, organismos híbridos, texturas minerales, animales imposibles y paisajes que parecen surgir de algún territorio biológico y espiritual al mismo tiempo. Algunas de esas imágenes nacen directamente durante las ceremonias.

“A veces uno ni siquiera puede ver bien el trazo de lo que está haciendo, pero igual dibuja”, cuenta. “Es como una pulsión automática”.

Otras veces ocurre lo contrario: primero aparece una idea concreta, un águila, una montaña, una lagartija, y después comienza el proceso de construcción visual. Por eso el libro mezcla automatismo, memoria, reinterpretación y referencias culturales en un mismo flujo gráfico.

Ezequiel Black (@Ani Novillo)

Plantas maestras, misterio y límites de la explicación

Aunque gran parte de su obra está atravesada por experiencias con plantas maestras, Black evita hablar desde certezas absolutas o discursos demasiado cerrados sobre espiritualidad.

“Después de conocer distintas aproximaciones al fenómeno, uno entiende que existen muchísimas explicaciones posibles y que todas son muy diferentes entre sí”, dice.

Las teorías neurocientíficas, psicológicas o bioquímicas le resultan interesantes, pero insuficientes para explicar completamente ciertas experiencias. “Siento que existe un límite de comprensión donde uno tiene que tener humildad y aceptar que no puede explicarlo todo”, reflexiona. “Siempre queda algo por fuera”.

Sin embargo, recuerda una experiencia muy puntual ocurrida en Brasil donde sintió claramente que estaba dialogando con una entidad vinculada al espíritu de un vegetal y no simplemente con una proyección de su propia mente. “Fue una sola vez”, aclara. “Después de eso sigo prefiriendo pensar estas experiencias desde el misterio antes que desde una certeza absoluta”.

El prejuicio sobre el “arte visionario”

El recorrido de Black mezcla arte callejero, diseño gráfico, música popular, investigación ritual y cultura visual latinoamericana. Aun así, siente que el arte contemporáneo más institucionalizado todavía mantiene cierta distancia respecto de las plantas psicoactivas y este tipo de prácticas.

“Incluso el término ‘arte visionario’ me genera cierta incomodidad”, admite. “Porque pareciera que solamente ciertas obras pueden ser visionarias o medicinales, cuando cualquier arte podría tener esa capacidad”.

La comparación aparece también con la idea de “música medicina”, una categoría que, según él, termina separando artificialmente experiencias artísticas que podrían producir efectos similares desde lugares muy distintos.

De todos modos, reconoce que algo empezó a cambiar en los últimos años. Los movimientos decoloniales y postcoloniales permitieron que determinadas prácticas y culturas originarias comiencen a ingresar con mayor legitimidad dentro del circuito artístico internacional.

Aunque aclara que todavía persiste cierta mirada de desdén o sospecha, como si estas prácticas siguieran siendo vistas por algunos sectores como algo “medio hippie” o poco serio.

Una invitación a imaginar

Más que funcionar como un manual espiritual o un documento antropológico, Las visiones parece proponer otra cosa: una invitación a aceptar que existen experiencias imposibles de traducir completamente.

Black insiste en que el objetivo del libro no es convencer a nadie de usar plantas ni romantizar las ceremonias. Lo que le interesa es abrir un espacio sensible donde las imágenes puedan producir preguntas.

“Me gustaría que alguien pudiera abrir el libro y sentir que hay algo vivo ahí”, dice. “Algo que no termina de explicarse completamente y que justamente por eso sigue generando preguntas”.

Quizás ahí esté una de las claves del proyecto: entender que ciertas experiencias no necesitan resolverse del todo para seguir teniendo potencia.