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Hacia una nueva forma de nombrar los aromas del cannabis

Durante décadas, el mercado del cannabis se organizó en torno a una sola cifra: el porcentaje de THC. Cuanto más alto, mejor. Pero una investigación publicada en octubre de 2025 en la revista PLOS One por un equipo de la Universidad Estatal de Oregón propone una revolución sensorial: un léxico científico para describir los aromas del cannabis que podría redefinir lo que entendemos por “calidad”.

El estudio, titulado Beyond Potency: A Proposed Lexicon for Sensory Differentiation of Cannabis sativa L. Aroma, sugiere que el olor, no la potencia química, es el mejor predictor del disfrute y la valoración de una flor. Y lo hace con una metodología inédita: combinar el análisis químico de terpenos y compuestos sulfurados con paneles humanos entrenados para identificar matices aromáticos con precisión sensorial.

Desde que el cannabis fue criminalizado en Estados Unidos en 1970, la investigación científica quedó congelada. El resultado: medio siglo de cultura popular que asoció calidad con efecto. Sin embargo, múltiples estudios recientes demostraron que la concentración de THC no determina el placer subjetivo ni la intensidad del efecto.

El trabajo recientemente publicado confirmó ese desfasaje entre química y experiencia. Analizando 91 muestras de flores de Cannabis sativa, tanto tipo I (altas en THC) como tipo III (ricas en CBD),  los investigadores descubrieron que, aunque los perfiles químicos difieren, los aromas se superponen. Es decir: el olor no depende del THC. La fragancia, en cambio, sí incide en cómo el usuario percibe la calidad y el carácter del producto.

¿Cómo estudiaron los aromas del cannabis?

El equipo construyó un léxico de 25 descriptores aromáticos, cada uno con una referencia sensorial específica, que permite caracterizar las flores con precisión similar a la de la enología o la industria del café.

Entre los términos figuran citrus, fruity, skunky, woody, herbal, candy, musty y animalic. Cada descriptor fue calibrado con estándares de aroma reales: por ejemplo, geosmina para lo “terroso”, 3-metilbutanotiol para lo “skunky” y extractos de jazmín para lo “floral”.

El resultado es una herramienta que podría unificar el lenguaje entre cultivadores, laboratorios y usuarios. Tal como un sommelier puede distinguir entre notas de “miel” y “roble”, este sistema busca que un catador de cannabis pueda hablar de “cítrico” o “pastel” con base científica. De hecho, la coincidencia entre panelistas fue tan alta que el estudio comprobó una reproducibilidad del 90 % al describir duplicados de la misma muestra.

Uno de los hallazgos más intrigantes es que los tipos I y III de cannabis, los que se diferencian por la proporción de THC y CBD, comparten un mismo “espacio sensorial”. Ambos presentan perfiles aromáticos similares, aunque con matices. Las flores tipo I tienden a oler más “skunky”, “amoniacales” y “animales”, mientras que las tipo III se inclinan hacia lo “frutal”, “cítrico” y “dulce”. Pero en el mapa general, los aromas se entrelazan.

La conclusión es clara: la potencia no determina el perfume, y el perfume podría ser una forma más fiel de entender la diversidad del cannabis. Esta observación, además, refuerza la idea de que el THC, un compuesto sin aroma, no puede ser un indicador sensorial de calidad.

A pesar de medir 40 terpenos y 43 compuestos sulfurados, los científicos descubrieron que ninguno de ellos, por sí solo, predice el aroma percibido. Solo el terpinoleno mostró una correlación consistente con descriptores “cítricos” y “químicos”. En cambio, el limoneno al que popularmente se le atribuye el olor a limón, no se asoció a notas cítricas.

Esta aparente contradicción se explica porque las moléculas aromáticas interactúan entre sí: un mismo compuesto puede oler diferente según su contexto químico. En palabras de los autores, “la composición química no es un sustituto confiable de la calidad aromática”. En otras palabras, el cannabis no se entiende con una planilla de laboratorio sino con la nariz.

El estudio identificó cuatro grandes clústeres aromáticos que describen la mayor parte de las muestras:

  1. Dulces y frutales, con notas de berry, candy y cake.
  2. Cítricos y químicos, donde predomina el terpinoleno.
  3. Quesosos y fermentados, con matices de cheesy y yeasty.
  4. Terrosos y almizclados, con rasgos de skunky, woody y musty.

Esta taxonomía no pretende reemplazar las clasificaciones por cepas o linajes genéticos, sino ofrecer una forma objetiva de hablar del cannabis desde la experiencia sensorial. En un mercado saturado de nombres comerciales sin coherencia como “Purple Haze”, “Gelato”, “AK-47”, un vocabulario estandarizado podría ayudar tanto a usuarios como a productores a comunicarse mejor sobre lo que realmente importa: cómo huele y cómo se siente.

La industria del cannabis legal, sobre todo en Estados Unidos y Canadá, sigue atrapada en una lógica de “cuanto más THC, mejor”. Los precios suben con la potencia, aunque las investigaciones demuestran que el disfrute no aumenta con la dosis y que los niveles altos pueden incluso generar riesgos de psicosis, náuseas cíclicas o deterioro cognitivo.

Reorientar la noción de calidad hacia el aroma y la experiencia sensorial puede tener efectos positivos en salud pública: reducir la presión por usar flores ultrapotentes y abrir espacio a variedades equilibradas o con perfiles aromáticos más complejos. En este sentido, el estudio de Oregon State University funciona como una crítica elegante a la economía del miligramo: el valor del cannabis está en su bouquet, no en su potencia.

Aromas del cannabis, un verdadero indicador

Si el léxico propuesto prospera, podría marcar el comienzo de una “oenología cannábica”: un campo donde sommeliers, catadores y científicos hablen un mismo idioma. A largo plazo, esta herramienta permitirá relacionar los perfiles aromáticos con las preferencias de los usuarios y, eventualmente, con sus efectos subjetivos.

El equipo que realizó el trabajo advirtió que aún falta ampliar el mapa: incluir más cultivares, estandarizar subcategorías como “herbal” o “woody” y estudiar cómo influyen factores como el secado, la genética o el almacenamiento. Pero el paso más importante ya se dio: la calidad del cannabis dejó de medirse en porcentajes y empezó a olerse en matices.

Se abre un horizonte más sensato y sensorial. En lugar de perseguir cifras abstractas, los usuarios podrían aprender a reconocer perfiles aromáticos que se asocian con experiencias más placenteras y seguras. Cultivadores y laboratorios, por su parte, contarían con una base científica para diseñar productos guiados por el olfato y no solo por la química.

Tal vez, en el futuro, las etiquetas de un frasco no digan “30 % de THC”, sino “cítrico con fondo terroso y notas dulces”. Y entonces, la pregunta clave no será cuán fuerte pega, sino a qué huele realmente el placer.