Compañera de nuestros días, la música invoca y transmite. Y por eso en THC decidimos armar una serie de recomendaciones musicales para ambientar las tareas de cultivo. Bienvenidos y bienvenidas a «Música para cultivar».
Si la música es una aliada poderosa para generar estados de conciencia, escuchar discos enteros puede convertirse en una herramienta ideal para gestar el mejor encuentro posible con las plantas en la esperadísima fase de cosecha. Si la ansiedad es seguramente una de las emociones menos recomendables para tener la chance de entrar en contacto real con el mundo vegetal, dejar que un universo sonoro específico ingrese en nuestra corporalidad puede ser una buena forma de cultivar el ánimo más adecuado para volver ceremonia el acto de cosechar.
Ya sea que nos tomemos el tiempo de empaparnos en soledad de una obra musical entera antes de encarar la tarea o que elijamos compartirla con las plantas en ritual compartido, lo que puede surgir como elección segura es el formato álbum, que tuvo su centro vital en las eras del vinilo y el disco compacto. Y que ha dado ejemplos increíbles de un arte de potente impacto en las sensibilidades humanas y efectos también notables en las plantas.
Fase I: «Discipline» de King Crimson
Si la cosecha comienza con el cálculo concreto del momento ideal para llevar a cabo el corte, la evaluación del estado general de la planta y la observación de avances en la floración, nos piden entrar en un estado de concentración que nos deslice hacia una percepción aguzada, anclada en el presente y dispuesta a una micro observación que permita vislumbrar la fecha justa de la futura cosecha. Una pizca generosa de imaginación, combinada con capacidad analítica, será importante para disfrutar sin ansiedad de esta instancia.
Así, un disco que tiene mucho para ofrecer al oyente entregado a su poder es “Discipline”, una maravilla sonora del grupo inglés King Crimson, que atrapa el cerebro desde el primer segundo. Porque si en sus años iniciáticos, la criatura creada en 1969 por el guitarrista inglés Robert Fripp había logrado dibujar los más embriagadores e inquietantes paisajes sonoros del rock progresivo, su reencarnación de 1981 aportó lugares paradisíacos a los que arribar con una música que es justo agradecerles, hasta de manera devocional.
Y es que la unión a Fripp y Bill Bruford, únicos miembros previos de las encarnaciones primeras de Crimson, a músicos norteamericanos con alma experimental como el bajista Tony Levin y el guitarrista Adrian Belew, aportó una alquimia única. A las virtudes exploratorias de alta complejidad que habían identificado al grupo, se incorporó una lectura soberbia del espíritu new wave de ese momento, donde una especie de sofisticación bailable y un carácter disruptivo como bandera ya venían enalteciendo la creación de bandas como Talking Heads, donde Belew ya había había tocado previamente.
Si el arranque con “Elephant Talk” nos ofrece en su funk progresivo un arraigo absoluto a la fuerza instintiva, la mente se pone a prueba para incorporar sin muchas quejas la inestabilidad presente en la vida. Y nos va preparando para el desparpajo intelectual con que la guitarra de Fripp construye, en “Frame by frame”, increíbles palacios geométricos que fascinan a la mente curiosa.
Este estado, ideal por cómo estimula la percepción, se ofrece en versión contemplativa en músicas como “The sheltering sky”, un paisaje ensoñador de exotismo oriental, recomendable de ser navegado con auriculares en los oídos y voluntad de expandir la conciencia de manera suave. El perfume de belleza presente en esta música, llenará también de gozo la emocionante “Matte Kudasai”, donde la melancolía de una espera se verá atenuada con la capacidad de ver con amplitud existencial lo que pasa en cada momento, sobre todo en la aparición de un lapso de espera.
Fase II: «Hell» de James Brown
Llega al fin el tiempo en que es preciso el corte de algunas ramas, con su floración ya madura. E incluso puede darse la circunstancia de que toda la estructura de la planta deba desarmarse completamente, para procesar con más comodidad la materia floral ta esperada. Esta etapa, con certeza, requiere una actitud enérgica, donde debemos estar bien plantados en nuestra decisión, para actuar con precisión cuidadosa. Además, es recomendable que nos habite una visión organizadora en clima de fuerte confianza interna.
Que mejor que dejar pasar al frente, entonces, al máximo patrono del funk, el enorme James Brown, para inyectarnos de una energía que se proyecte hacia la forma en que encaremos una tarea que puede tener su cuota de monotonía, que puede aparecer aún luego del alborozo eufórico que trajo seguramente el final de la espera inicial.
El disco “Hell”, trigésimo octavo en la carrera de Brown, es el elegido. El álbum, publicado a fines de junio de 1974, apareció en la etapa en la que el músico norteamericano ya había llevado a un lugar de fogosa perfección al funky soul del músico norteamericano y su arte había inoculado al mundo con una de las más saludables invenciones sonoras.
Y este disco puede proveer un mensaje de felicidad instintiva indudable al cuerpo de quien se preste a esta fase de la cosecha, que puede entregarse previamente a una escucha para encenderse de vitalidad. O puede hacer que el propio reverendo del soul, suene fuerte en parlantes adecuados a su poder, para volver sagrada la tarea.
Al dejar transcurrir este disco y llegar a su final, la recompensa rítmica se manifestará en los más de 13 minutos del funk med-tempo “Papa Don’t Take No Mess”, máxima prueba de que poder vibrar en estado de groove celestial puede hacer que sea excitante cada detalle de lo que acontezca, hasta hacer que en acciones repetidas haya posibilidad de percibir detalles novedosos, que alejen toda forma de aburrimiento.
Lo mismo pasa con la canción previa, “Don’t Tell a Lie about Me and I Won’t Tell the Truth on You”, con su espíritu soul funk bien marcado en sus coros femeninos, que nunca pierde swing a lo largo de sus 5 minutos de existencia. Ambas canciones forman un cierre de sutil hipnotismo, para un disco que puede tanto sorprender como ser previsible, sin que haya contradicciones en esta convivencia. Porque las canciones están llenas de detalles, como las percusiones afrolatinas del ultra funkero “Coldblooded”, que sugiere climas fílmicos de super acción, con persecuciones de autos incluidas, en sus enérgicos arreglos de vientos. Eso sí, no será frenético el ritmo promedio del disco y su pulsación promedio, como pasa en temas como “My thang” o el propio “Hell”, estará más cercano al entusiasmo vital que a la euforia desmedida. Y eso lo vuelve perfecto, para esta fase.
Fase III – “Selected Ambient Works 85-92” de Aphex Twin
En el lapso del manicurado, cuando se remueven cuidadosamente las hojas sin resina, se vuelve necesario un grado alto de atención, para que las cuotas factibles de monotonía no derriben los niveles de eficacia puestos en la tarea. La música necesaria para acompañar y dar forma al molde anímico energético ideal, debe ayudarnos a bloquear la disminución perceptiva asociable a lo rutinario, a través de estructuras que despierten la sensorialidad entera, en ceremonias de hipnotismo que generen más despertares que adormecimientos.
Debe haber algo seductor, que nos deje en el presente, pero también ofrezca despegues, para aliviar las tensiones de la micro observación puesta en juego. Para este propósito, puede ser propicio colocarse auriculares, para entregarnos a una escucha de “Selected Ambient Works 85-92”, debut techno electro ambiental del productor británico Richard David James, más conocido por su nombre artístico de Aphex Twin.
Lanzada el 9 de noviembre de 1992, esta selección de todo un proceso de experimentación del artista electrónico a lo largo de su propia maduración estética, tiene parte de su encanto en la irreverencia que despliega su propia desprolijidad estructural. Por haber sido gestadas en exploraciones caseras con tecnologías no siempre imbuidas de extrema calidad sonora, puede notarse la ausencia de algunas formas de homogeneidad propias de producciones mainstream. Pero antes que un defecto, tal es la fuerza de los micro y macro cosmos que pone en movimiento, que las aparentes descontinuidades técnicas se vuelven un discurso techno lleno de vida.
Tanta identidad hay en sus 14 músicas, que hasta hoy se siguen viendo como un hito en la historia de la música electrónica, al ser parte fundamental de una corriente que ha llevado etiquetas como música bailable inteligente. Seguramente hay en esta identificación genérica referencias de su herencia estética al trabajo de figuras del ambient ligadas incluso a la historia del rock más experimental, como la obra del ecléctico e intelectualísimo Brian Eno.
Ya desde el primer tema, “Xtal” Aphex Twin nos llevará por espacios abiertos, llenos de perceptibles corrientes electromagnéticas y generosa profusión de sonidos que atrapan la atención, por su enigmática textura, por la manera en que llegan a surgir desde sitios inesperados y tambiénn por la fácil perceptibilidad que ofrece el que los paisajes mismos estén llenos de nutritivo vacío.
Pareciera como si no hubiera prisa, en las composiciones, niguna prisa o ansiedad de llenar todo de mucha información, aún cuando vayan apareciendo, de a poco, todo tipo de texturas sonoras que actúan como verdaderos personajes de una película de exploraciones cósmicas, gestada en tecnologías multidimensionales, donde figura y fondo se entremezclan, inevitable y gozosamente.
Eso pasa desde el principio, en músicas como “Tha”, donde nos damos cuenta de inmediato que hay una virtud de habitabilidad irrefrenable en estos paisajes, donde una síntesis justa de pulsaciones agudas de naturaleza metálica con sonoridades cavernosas de ánimo visceral bailan sin misericordia por nuestras neuronas encandiladas.
Como pasaba en viejas películas previas a la era digital, como “Sueños” del japonés Akira Kurosawa, donde era posible entrar dentro del propio mundo visual de pintores exaltados como Vincent Van Gogh, la música de este disco nos deja ingresar a paisajes sumamente vivos. Y que tienen cosas muy concretas para comunicarnos.
Uno de los picos narrativo ambientales, justamente, está en “We are the music makers”, donde la superposición virtuosa de planos rítmicos tan íntimos como frenéticos provocan estadíos de clara suspensión temporal. Y el juego perceptivo total, entonces, cobra tal profundidad que puede aportar momentos de intersección, inquietante, entre gravedad y vuelo, concentración y desvanecimiento de cualquier sujeción a las leyes físicas de la materia.
Fase IV – «Cinema trascendental» de Caetano Veloso
Ya en la última instancia, las flores cosechadas deben recibir el secado que la propia naturaleza del tiempo proporciona en su natural proporción. Por eso, el acto de colgarlas nos pide un gesto final de paciencia. Y puede aparecer en nuestras almas la nobleza de saber esperar por ese tiempo, único e irremplazable, en que todo va teniendo su manifestación más genuina.
Por muchas razones, un disco como “Cinema trascendental”, que el músico brasileño Caetano Veloso publicó en 1979, es el mejor posible para esta instancia. Es altamente sugerible escucharlo entero, en parlantes generosos y en un volumen donde los graves nos abracen, los agudos sean estimulantes y las frecuencias medias enaltezcan las emociones más luminosas.
Si Veloso ha sabido integrar de manera única la inteligencia multisensorial con la sensualidad no impostada, en este disco parece haber alcanzado un grado de sutileza que podría ser mencionada como identidad. Porque algo importante de su ADN estilístico de una de las figuras más genuinamente interesantes del arte musical sudamericano terminó manifestándose con fuerza en esta grabación, publicada a más de una década del inicio de su carrera discográfica.
En este álbum, que gira alrededor de la calidez sensual de su voz y su guitarra acústica precisa y siempre expresiva, aparece uno de sus grandes himnos, “Oracao ao tempo”, donde el músico canta en estado de perceptible paz interna, que el tiempo, “compositor de destinos”, es “uno de los dioses más lindos”. La satisfacción con el mapa que va dibujando la existencia, también vibra con alegría vital en temas como el mega hit “Beleza pura”, un tema pop con aires de reggae, lleno de colores marítimos y un bajo que juega con enorme swing.
“Menino do Rio”, una balada pop también plagada de mar y suavidad, encontrará gozosas reverberancias del cariño vocal expresado por Veloso en un piano eléctrico que en su sonoridad acuática muestra su adhesión a esa sonoridad uterina tan presente en grabaciones de esa década. También cumple este rol en “Trilhos urbanos”, donde acompañará el andar pulsante del bajo, que dibuja con claridad narrativa el relato que la voz impulsa, al compartir recuerdos de viejas andanzas por paisajes perdidos en el pasado, que son recuperados por la magia poética que vuelve eterno al edén antes añorado.
Con este ánimo de regocijo compartible, muchas más gemas musicales irán apareciendo en este disco, cuya potencia de aliar nuestro espíritu a la confianza en la vida misma se irá desplegado con cada escucha, hasta regalar tesoros del ánimo, tan llenos de belleza y misterio, como algunas inesperadas flores nocturnas.

