Si hay que pensar una manifestación artística hasta su máxima expresión, el nombre de Néstor Perlongher no puede estar fuera de la lista. Su historia es inseparable de las convulsiones sociales, culturales y políticas de la década del 70 y principios de los 80, cinceladas por la falta de placer.
El ex militante del trotskismo, poeta y principal actor de la organización de grupos por la defensa de los derechos gay en Argentina, alimentó su pensamiento en la calle, donde las cosas pasaban, porque la carne quedaba expuesta y la sustancia de las experiencias se veían desposeídas de una verdadera emancipación. Su paso por este mundo fue inseparable de los múltiples frentes de lucha que se abrían como un espacio para generar un nuevo pensamiento, una nueva poesía.
“Argentina, solía decir Néstor, es un paraíso policial en el cual la única sexualidad posible es triste o impostada, cuando no sórdida”, dicen Osvaldo Baigorria y Christian Ferrer en el texto que prologa los ensayos reunidos de Perlongher. Partiendo del cuerpo como el territorio de horror material y simbólico, Perlongher se sumergió en el deseo para pensar lo político y se enfrentó al anclaje de la identidad gay.
“La identidad fue una cuestión de peso a lo largo de la vida de Perlongher. Pero la demanda gay de reconocimiento social le parecía una solución demasiado cómoda y, a fin de cuentas, a ser recelada. Un asunto de mercado: a cada minoría su góndola”, explican Baigorria y Ferrer.
Este poeta nacido en la localidad bonaerense de Avellaneda, conocido por sus estudios en Antropología y Sociología, convirtió sus palabras en herramientas para luchar frente a la ocupación discursiva del poder dominante. Su nombre, por supuesto, no está dentro del paradigma de ninguna voz autorizada, pero desde los bordes ha dejado una obra característica que suda disconformidad, grita de placer y se mete de cuajo en las experiencias que trascienden el simple hecho del lápiz y el papel y en las que los estados alterados de la conciencia fueron una herramienta de éxtasis y conocimiento.

Placer revolucionario
La figura de Perlongher puso patas para arriba los buenos modales tanto en su activismo incansable como en las características de una obra que aún se resiste a la clasificación: cruza virulenta de estilos, entre relato clásico y barroco, su literatura se escribió lejos de todos los cánones.
Ese compromiso con una práctica contracultural permanente lo llevó a ser, además de militante de izquierda en plena dictadura militar, fundador y referente del Frente de Liberación Homosexual en Argentina: el derecho a la identidad y al goce se vuelven centrales en la revuelta libertaria.
Con su obra Evita vive demostró lo que era capaz de hacer no solo con el lenguaje, sino también con una figura enaltecida políticamente. Corrió a la primera dama (Eva Duarte de Perón) de la formalidad societaria de los medios y de la opinión pública, y la enfrentó de una forma impensada con un universo popular donde conviven descamisados, sexo desenfrenado y drogas.
Perlongher hundió a Eva en el deseo, en un deseo que no reconocía clasificaciones (homosexual / heterosexual), e hizo que ella misma hiciera estallar las normas morales desde donde el capitalismo basa parte de su control social.
La irreverencia poética y política de Perlongher puso en jaque a peronistas y a antiperonistas con este texto y la estética del goce fue la que cobró fuerza.
Aquellas paredes que enfurecieron con “viva el cáncer” o las trompadas que adornaron la cara de los conocidos por su mote de “gorilas” pasaron a un grado cero de protagonismo.
“Soy Evita. ¿Evita? –dije, yo no lo podía creer– ¿Evita, vos?– y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que, la verdad, no le quedaban nada mal”, dice uno de los pasajes de un texto perturbador en todas direcciones.
Por supuesto, toda esta irreverencia no fue gratis. Perlongher estuvo detenido y luego fue procesado durante la dictadura de Jorge Rafael Videla. Pero también tuvo que alejarse de su militancia de izquierda en Política Obrera, aclarando que no lo hacía por cómodo, sino más bien porque la militancia orgánica no había respetado su homosexualidad.
Para Perlongher la libertad debía ser total y el cambio social no podía darse sin emancipación personal. Su lucha tenía al marxismo y a la sexualidad como dos pilares fundamentales de una dialéctica orgiástica. Para él toda normalización de la identidad sexual era una victoria burguesa que dosificaba los cuerpos y medicaba la promiscuidad sexual.

Nestor Perlongher y la ayahuasca
La marcha de Perlongher siguió rumbo a Brasil después de haber participado de una mística revolucionaria del sexo. En ese exilio, además de realizar una maestría en Antropología Social, dedicarse a la investigación y a la docencia, comienza su gran experiencia con las sustancias visionarias.
Sus lecturas de autores como Burroughs y Ginsberg, o Deleuze y Guattari, comenzaron a guiarlo respecto a las prácticas con bebidas sagradas, más precisamente con ayahuasca. Perlongher verá en ese ejercicio visionario una forma de consumo que se distingue de solitaria compulsión capitalista y abraza la experiencia colectiva del chamanismo.
Perlongher se acercó al Santo Daime, el culto brasileño donde la ayahuasca es el centro de la práctica ceremonial. Puso el cuerpo y bebió ese líquido oscuro. Allí las barreras de la individualidad se quebraron en un fuera de sí corporal y discursivo.
En su ensayo “La religión de la Ayahuasca”, Perlongher explica que la experiencia “pasa por la ruptura con el principio de individuación y la fusión de las individualidades en un sentimiento místico de unidad con el cosmos, con la naturaleza, con los otros hombres, que caracteriza, en lugar de la autoconciencia individualista, el éxtasis colectivo”.
En ese éxtasis colectivo, en lugar de recibir la conexión de manera individual, lo que se busca es una experiencia donde el cuerpo se abre y la ceremonia se vuelve colectiva a partir del rito chamánico.
“Todos los flujos orgánicos, incluidos los vómitos, ya no provienen de interiores privados, tóxicos, vergonzantes: forman parte de un agenciamiento grupal que los vincula al exterior. Y al estirarse más allá de lo que le permite su destino orgánico, el cuerpo se hace místico, infinito, ‘uno con el cosmos’…”, describen Baigorria y Ferrer.
Esa relación con el consumo de psicoactivos para alcanzar una disolución de su yo es lo que se acerca a la idea de experiencia extática, la cual se llena de sentido adentro de estos ritos ancestrales, que Perlongher realiza en comunión con otras personas, acompañado por el entorno ritual del Santo Daime.
“Sería la experiencia de disolver el yo autocentrado y separado del mundo en una fusión intensiva con otros, algo que desde tiempos primitivos se ha practicado en ceremonias religiosas tribales por distintos medios”, explica Baigorria a THC.
Dentro del Santo Daime, Perlongher sigue buscando intercambiar dolor por goce de un modo colectivo y desde una forma de consumo por fuera de la lógica capitalista.
Las ceremonias tienen su motorización en el cuerpo y es desde esa circulación de sensaciones que se materializa la experiencia extática. Esos registros que se dan adentro del ritual son los que van arribando a la disolución del yo y a la instauración del goce.
“Toda una disposición poética y barroca se monta para ritualizar la toma colectiva de la bebida sagrada. Se trata de dar forma (apolínea, estética, de ahí que pueda ser barroca) a la fuerza extática que se suscita y se despierta, impidiendo que se disipe en vanas fantasmagorías…”, explica el mismo Perlongher.
Palabras de éxtasis
En ese acto visionario la poesía de Perlongher va adquiriendo tonos y composiciones que trazan una estética diferente. El salir de sí lo lleva a las palabras y se mete en un trance poético donde muchas imágenes se relacionan no a partir del sentido sino por su vibración musical.
Sería casi como bailar en plena ritualización y tan solo acompañar la música que se escucha con palabras.
“Ese viaje no sería comunicable, ya que el ‘poseído por la palabra poética’ sale de sí, se da vuelta y por lo tanto puede terminar haciendo ‘versos que no se entienden’, ya que no comunican nada ni pretenden hacerlo, solo expresar o hacer resonar una vibración, una intensidad”, aclara Baigorria.
El lenguaje, atravesado por la experiencia ayahuasquera, se vuelve un derrame poético que busca conectarse con el estado de trance donde la sonoridad de las palabras se contorsionan.
Pero Perlongher no llega a consumar un estilo en sus poemas, es quizás su propia vida donde termina de afincarlo, está ahí el ornamento de sus textos.
Agua aéreas (1990) será el libro en el que Perlongher buscará llevar adelante esta experiencia. Él mismo aclarará que cada uno de los poemas se refiere a una vivencia con la bebida sagrada del Santo Daime.
En el último libro que publicó antes de morir, El chorreo de las iluminaciones (1992), Perlongher escribe “El ayahuasquero”, texto sobre un cuadro de Pablo Amaringo, pintor y chamán peruano, del que observa por momentos la trama casi infinita de colores.
El resultado, si es que lo hay, es una obra que rompe con los aspectos señoriales de la poesía y se subleva al fluir de los ritos colectivos, haciendo que las palabras bailen y en su plasticidad gangrenen las bases de la moral.

