Aunque fue uno de los que menos escribió entre los escritores de la generación Beat, su frenética presencia fue como un filamento de cobre que transmitió la pura energía de vivir. Y la historia de Neal Cassady fue tan acelerada como fugaz.
¿Alguna vez se preguntaron por qué los norteamericanos tienen tanta obsesión con las rutas y la aventura? ¿De dónde sale toda esa manía por el desierto, los motores, la gente en jean y los cigarrillos? ¿Por qué se coló en el blues, en el rock, trascendió fronteras y llegó a todo el mundo? ¿Por qué nos quieren vender pantalones y autos como símbolo de libertad?
El fin de la Segunda Guerra fue también el final definitivo de la Gran Depresión de 1929. Mientras los países de Europa se hundían en crisis económicas, los Estados Unidos atravesaban un período de comodidad y crecimiento que permitió la creación de ese estilo de vida que vemos en tantas películas: barrios parejitos de casas iguales, padres con sombrero trabajando en oficinas, madres amas de casa, chicos jugando en jardines perfectos.
Al mismo tiempo quedaba rondando una herencia de desarraigo bastante importante. El despliegue de ferrocarriles y fábricas abría puestos de trabajo en muchas ciudades. El combustible económico y la gran cantidad de ex soldados con compensaciones por la guerra crearon una generación entera acostumbrada a moverse por el país como medio de vida.
En el medio estaban los inmigrantes y sus hijos, los vagabundos de los 30 con la bolsita en el palo y los primeros Hell Angels: pilotos de un escuadrón de bombarderos que, a la vuelta al hogar, descubrieron que la clase media carecía de adrenalina y se compraron motos para salir a hacer ruido por el país.
Negros, nenes y escritores
Pero no todo queda en la ruta. A pesar del racismo y la segregación social, tipos como Dizzy Gillespie, Charlie Parker y Thelonious Monk reinventan el jazz, sacándole ese olor ordenado para bañarlo en humo de porro, sudor e improvisación.
Y los pibes blancos, hijos de gente muy careta y conservadora, salían a bailar a boliches clandestinos, los mismos de donde salieron los bluseros y jazzeros que inspiraron el rock. De esa generación, además de músicos, emergieron escritores que rompieron con los moldes de la literatura convencional, como Jack Kerouac.
En 1951, Kerouac escribió En el camino, el libro que lo hizo famoso y del que tanto hablamos. Lo cierto es que, más allá de los mitos y las cantidades ingentes de sustancias legales e ilegales que, con razón, se supone intervinieron en las tres semanas que duró el proceso de escritura, con esa novela Kerouac le hizo a la literatura lo mismo que Gillespie y compañía a la música: dejó fluir la prosa, intentó una comunicación directa.
Con el bop atronando desde los parlantes y la inconformidad de la primera generación que hizo tan palpable el quiebre con todo lo anterior, Kerouac simplemente se dedicó a contar sus viajes por el país, los miles de kilómetros y noches que pasaron de un lado a otro buscando siempre una perla que se escondía en el horizonte del asfalto. Algo más que la casita pulcra habitada por una familia atravesada por la felicidad que ofrecía la pujante sociedad de consumo.
Sal Paradise y Dean Moriarty, los personajes autobiográficos del libro, recorren la noche norteamericana siempre detrás de algo más, en autos casi destruidos, con itinerarios agotadores.
“Mucha gente me preguntó por qué escribí este libro, o cualquier otro libro. Todas las historias que escribí fueron verdaderas, porque creo en lo que vi. Estaba viajando hacia el Oeste una vez. En la línea divisoria entre el árido Colorado y la pobre Utah vi, sobre las nubes y apretado sobre el dorado desierto de la tarde de otoño, la gran imagen de Dios con el dedo índice apuntado directamente hacia mí, entre rayos y luces doradas que eran como una lanza de la creación en su mano derecha; y dijo: atravesá el suelo, gemí, gemí por la humanidad, rugí solo, desenrollá tus huesos, solo, andá y alejate de mi mirada, sé como una semilla en una vaina, andá y morí, y de este mundo escribí bien y verdadero. De todas formas, escribí el libro porque todos vamos a morir”.
Neal Cassady: el ángel del descontrol
Pero En el camino y su revolución nunca hubieran sido posibles si Kerouac no hubiera conocido a Neal Cassady en 1946. Kerouac era un ex marinero, estrella de fútbol americano en su adolescencia y estudiante universitario de literatura. Escribía influido por Thomas Wolfe y por su propio sufrimiento de inmigrante canadiense mal adaptado.
Su sentimentalismo literario explotó en mil pedazos cuando se topó con un verdadero hijo de la noche americana: un delincuente juvenil, literalmente nacido a bordo de un auto atravesando Salt Lake City, criado por un padre alcohólico y vagabundo que distribuía su tiempo entre los callejones y las misiones del Ejército de Salvación. Había debutado sexualmente a los nueve años y su leyenda incluía quinientos autos robados antes de los diecisiete.
Su derrotero se componía de historias dignas de Hemingway, como aquella vez en la que su padre se asoció con otro borracho y vendieron matamoscas en los trenes. Les fue muy bien, pero se tomaron todas las ganancias y terminaron agarrándose a las piñas en el mismo barrio del que habían salido.
Cassady se movía de un lado a otro sin parar, frotaba las manos y asentía todo el tiempo, siempre pensando qué comer, qué coger, adónde ir. Nunca se detenía ni bostezaba. Las cartas que escribió desde el reformatorio, y que llegaron a Kerouac a través de otro amigo, fueron el empujón que el escritor necesitaba para largar la forma y soltar las palabras. El resto puede leerse en las novelas de Kerouac, que nunca dejó de hablar sobre su gran amigo.
Cassady, que a duras penas podía escribir y se había criado en la marginalidad, sentía profunda admiración por Kerouac y la banda beatnik compuesta por William Burroughs, Gregory Corso y Allen Ginsberg. Todos eran de familias más o menos acomodadas, salvo Kerouac, y provenían del Este de Estados Unidos, donde el ambiente era intelectual y quejoso acerca de la sociedad y “el sistema”.
Cassady, como un viento que trae calor y arena del desierto, cayó como una bomba en la comunidad beat. Era un pibe de 20 años que había salido recién de la cárcel, al que sólo le importaba conseguir mujeres, algo de comer y un poco de plata para pagar la nafta que le permitía mantenerse siempre en la ruta. Su energía y excitación por la vida fueron la música de fondo para los poetas beat, a los que arrastraba de juerga.
Este muchachito, sin más credenciales que su deseo de vivir sin conformar a nadie más que a sí mismo, resultó ser el nexo entre los ambientes “rebeldes” de la Costa Este y la Costa Oeste y la figura legendaria de la próxima generación de limados.

Tiempos de locomotora
Mientras en Estados Unidos la marihuana recién empezaba a expandirse entre los jóvenes blancos, a través del jazz, las drogas preferidas de los beatniks se vendían en la farmacia. No es que no fumaran porro, pero también consumían gran cantidad de anfetamina, especialmente antes del LSD, barbitúricos y alcohol. También había opiómanos, como Burroughs.
Pero la bencedrina, un compuesto medicinal de anfetaminas utilizado como vasoconstrictor, descongestivo y para subir la presión sanguínea, y que las mismas fuerzas armadas daban a soldados y pilotos, fue la droga preferida de Cassady, incluso después de haber conocido el LSD de manos de Ken Kesey.
Después de atravesar el país innumerables veces, casarse unas cuantas y tener varios hijos, Cassady se recluyó en una finca de California con su mujer Carolyn. Consiguió un trabajo en la línea de ferrocarriles Southern Pacific, un trabajo y un recorrido que amaba desde pequeño, y se dedicó a criar a sus hijos, con esporádicas salidas para calentar el asfalto y pasarse unas cuantas juergas con sus amigos.
Allí llegó Kerouac, que también consiguió un trabajo en el tren y, además de compartir hogar, también compartieron mujer. En Big Sur, la última novela de Kerouac, recuerda con tristeza aquellos dulces años en los que llegaba del trabajo sucio y cansado y lo esperaba un baño de inmersión, el mismo que dejaba Cassady para reemplazarlo en el ferrocarril.
Con el tiempo, hasta los propios beatniks comenzaron a decaer: Burroughs enroscado en la heroína, Kerouac empezando a publicar, Ginsberg metido hasta las cejas en el budismo.
En 1957, la publicación de En el camino y su éxito inmediato escupieron a Kerouac y, por lo tanto, a Cassady al estrellato. Mientras Kerouac hacía lecturas musicalizadas en televisión, todos querían conocer al héroe de la carretera, el imparable, el sagrado gastado iluminado Dean Moriarty.
Con la fama llegó también la paranoia. Las historias de consumo de drogas, pequeños robos y extensos prontuarios cargaron con una vigilancia policial en tiempos de Guerra Fría. Aprovechando la buena onda y la pasión que tenía Cassady por hablar con desconocidos, dos policías de civil se hicieron los boludos hasta que les ofreció dos porros por alcanzarlo en auto hasta su trabajo en el ferrocarril.
Sólo esto bastó para darle dos cadenas perpetuas consecutivas, de las que solamente cumplió tres años y salió en libertad condicional. La detención, que se hizo pública al día siguiente en distintos diarios, arruinó su trabajo en el ferrocarril y, junto con su trabajo soñado, se fueron las posibilidades de seguir viviendo como cualquier padre de familia. Para 1963, cuando terminó la condicional, Neal estaba otra vez en el camino.
Neal Cassady, el colectivero estelar
Further (“El más allá”), el micro psicodélico con el que el escritor Ken Kesey pretendía recorrer Estados Unidos repartiendo LSD, llevaba meses de planeación cuando cayó Cassady y se puso al frente del vehículo. Sin parar de hablar, empezó a dar vueltas alrededor del micro explicándoles a los pasajeros toda clase de aspectos mecánicos que ellos desconocían. Así, sin más, se convirtió en el conductor designado, gracias a su leyenda de miles de kilómetros atravesados en tiempo récord.
Detrás del volante del Further, Cassady llevó a Kesey y su banda psicodélica de Oregón hasta New York, cruzando el país entero. Los paseó por San Francisco, manejando en cuero, con un guante en la mano derecha, ingiriendo anfetaminas, siempre manejando, sin parar. Estaba en su mundo, en su pista.
Los paraba la policía y era Cassady el que hablaba, de ácido o no, siempre aplastando a las personas con ochenta mil palabras por minuto, dando vueltas y explicando las cosas sin dejar de asentir ni de moverse. En una de las paradas del micro entraron en un bar bastante turbio y Neal encontró a unos diez motoqueros a punto de fajar a un tipo. Saltó al medio del círculo, sacó un paquete de chicle y empezó a ofrecer uno por uno. Los motoqueros se quedaron tan asombrados que se dieron vuelta y volvieron a jugar al pool y a tomar cerveza. El casi golpeado se fue, Cassady se tomó una cerveza y volvió al micro para seguir camino.
Pero no era fácil combinar los mundos de la estrella y la persona. A pesar de haber mantenido una relación con Ginsberg durante veinte años, nunca se mostró abiertamente homosexual. Estaba envuelto con escritores, era protagonista de libros, pero no escribía y difícilmente podía combinar ser un padre de familia y, al mismo tiempo, una leyenda del pavimento.
Una vez que terminó el recorrido original del Further, Cassady perdió su puesto de chofer innegable y se volvió otro personaje más, una especie de adorno de las viejas épocas donde estar loco no era una moda. Era divertido tenerlo cerca, por sus historias y su energía, pero de a poco se volvió una especie de mascota de los tiempos prehippies. Y ese rol terminó por agotarlo.
En la vía
Escribió una escueta autobiografía llamada El primer tercio, que sólo cubría siete años de su vida y no fue muy exitosa. Estaba alejado de Kerouac desde hacía ya largo tiempo, ya que su alcoholismo siempre había sido el punto débil de la amistad. Cassady no soportaba ver a Kerouac matarse a tragos, como lo había hecho su propio padre.
Sus últimos tres años de vida los pasó atravesando otra vez el país. A pesar de haber inspirado tanto movimiento y salvajismo a su alrededor, en contadas ocasiones admitió que veinte años de una vida desenfrenada sólo le habían dejado cansancio y varios hijos con problemas.
El siempre implacable pavimento lo llevó una y otra vez a México, donde encontró la muerte en el ignoto pueblo de San Miguel de Allende, a casi trescientos kilómetros de Ciudad de México. No está claro cómo murió. La historia dice que, después de una noche de juerga, salió caminando al próximo pueblo por las vías del tren, en el medio del desierto. Unos campesinos lo encontraron tirado en la arena, inconsciente. Murió al mediodía del 4 de febrero de 1968.
Como corresponde a la vida de un auténtico hijo de la noche, el último capítulo de su vida lo escribió Charles Bukowski, ese heredero del espíritu beat:
“Tantos viajes, tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna mexicana, solo, ¿comprendés? ¿Ves los pequeños cactus miserables? México no es un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio simplemente. ¿Ves cómo miran los animales del desierto? Las ranas, cornudas y simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana. Reptiles, rumores de cosas, contemplando a aquel tipo ahí, en la arena, con su camiseta blanca de manga corta”.

