Los pulpos son animales fascinantes: inteligentes, con una memoria notable y la habilidad de resolver problemas complejos. Sin embargo, tienen una característica bien marcada: son profundamente solitarios. La mayoría de las más de 300 especies conocidas evita el contacto con sus pares, y en cautiverio suelen llegar a atacarse o incluso matarse si se los mantiene en el mismo espacio. ¿Pero que sucede si se le administra MDMA a los pulpos?
En ese contexto, el hallazgo de un grupo de investigadores liderados por la neurocientífica Gül Dölen de la Universidad Johns Hopkins en California, Estados Unidos., llamó la atención del mundo científico y mediático. Su experimento consistió en observar cómo reaccionaban los pulpos al ser expuestos a MDMA (también conocido popularmente como éxtasis), una sustancia psicodélica y estimulante conocida por potenciar la sociabilidad y la empatía en los humanos. El resultado fue tan llamativo como revelador: los pulpos, normalmente asociales, comenzaron a interactuar de forma más cercana y afectuosa, incluso con comportamientos que recordaban a los bailes humanos en una fiesta.
Este estudio, publicado en el año 2018 en la revista Current Biology, no solo abrió una ventana a la conducta social de estos invertebrados, sino que también aportó evidencias sobre la antigüedad evolutiva de los circuitos cerebrales que regulan la sociabilidad, compartidos por especies separadas por más de 500 millones de años.
Un vínculo evolutivo inesperado
El punto de partida fue el análisis del genoma del Octopus bimaculoides (pulpo californiano de dos manchas). Los científicos observaron que, a pesar de que el cerebro de un pulpo es mucho más parecido al de un caracol que al de un mamífero, existía una sorprendente coincidencia en una región genética clave: el transportador de serotonina.
La serotonina es un neurotransmisor esencial en la regulación del estado de ánimo y las conductas sociales. En humanos, el lugar donde se acopla esta molécula es también donde se une la MDMA, alterando la percepción emocional y fomentando la conexión interpersonal. Cuando Dölen y su equipo encontraron que los pulpos compartían prácticamente el mismo código genético en esa región, decidieron probar experimentalmente si la droga podía generar efectos similares.
¿Cómo hicieron para darle MDMA a pulpos?
Para la prueba, los investigadores usaron un sistema de tres cámaras interconectadas: una vacía, otra con un objeto inanimado (un muñeco) y una tercera con un pulpo dentro de una jaula. Primero observaron la conducta normal de los animales: sin drogas, tanto machos como hembras evitaban al pulpo enjaulado, sobre todo si se trataba de un macho.
Después vino lo llamativo: los científicos expusieron a los pulpos a una solución líquida de MDMA, que absorbieron a través de sus branquias. Tras 30 minutos, el comportamiento cambió radicalmente. Todos los ejemplares tendieron a pasar más tiempo cerca del pulpo confinado, mostrando gestos de contacto, rozando la jaula con los brazos y hasta “abrazándola”.
Dölen explicó que la diferencia no fue solo cuantitativa (más tiempo en esa cámara) sino también cualitativa: los pulpos parecían buscar el contacto de manera activa. Era un reflejo muy parecido a lo que ocurre en humanos bajo los efectos de la MDMA, donde el aumento de la cercanía física y el afecto táctil son característicos.
Las descripciones de los investigadores llevaron a comparaciones inevitables con una rave submarina. Pulpos antes solitarios parecían interactuar de forma casi juguetona, moviéndose como si “bailaran”. Aunque la imagen resulte pintoresca, el estudio fue serio: se trató de verificar si las bases neuroquímicas de la sociabilidad eran compartidas entre especies con cerebros muy diferentes.
La conclusión preliminar es que los circuitos neuronales para la conducta social existen en los pulpos, pero permanecen suprimidos bajo condiciones normales, salvo en momentos puntuales como el apareamiento. La MDMA, al imitar la serotonina, funcionó como una llave que desbloqueó ese circuito.
¿Qué implica para la neurociencia?
La importancia de este experimento no radica solo en lo llamativo de ver pulpos “amorosos”, sino en lo que sugiere sobre la conservación evolutiva de los mecanismos de sociabilidad. Que animales tan distantes de nosotros respondan de forma similar a la misma sustancia implica que los neurotransmisores asociados a la empatía y a la interacción tienen raíces muy antiguas.
Dölen señaló que este hallazgo refuerza la idea de que los psicodélicos actúan como herramientas para abrir “períodos críticos” en el cerebro: ventanas de tiempo en las que la plasticidad neuronal aumenta y se facilita el aprendizaje o la reestructuración de circuitos.
Psicodélicos como llaves para reabrir el cerebro
Uno de los puntos más prometedores de la investigación de Dölen es la hipótesis de que sustancias como la MDMA, la psilocibina, el LSD o la ketamina pueden reabrir estos períodos críticos en la vida adulta. En condiciones normales, esas ventanas se cierran después de la infancia: por ejemplo, la facilidad para aprender un idioma de niño no es la misma que de adulto, debido a la pérdida de plasticidad.
Pero si estas drogas logran reactivar esos períodos, podrían facilitar terapias innovadoras para tratar traumas, depresión resistente, adicciones o incluso la recuperación después de un accidente cerebrovascular.
Ensayos clínicos ya muestran resultados alentadores: la MDMA en terapia asistida para el trastorno de estrés postraumático (TEPT), la ketamina para la depresión mayor y la psilocibina también en cuadros depresivos. En varios de estos casos, una o pocas sesiones acompañadas de psicoterapia guiada pueden generar mejoras duraderas.
El estudio con pulpos y MDMA es mucho más que una anécdota curiosa de animales “de fiesta”. Revela que la serotonina y sus efectos en la sociabilidad son un legado compartido en la evolución de especies muy diversas, y abre nuevas perspectivas para la neurociencia y la medicina.

