Por décadas se afirmó que usar agua en las pipas, narguiles y bongs, condensaba partículas del humo «limpiandolos» y generando un humo menos tóxico. Sin embargo, una investigación reciente realizada por la Universidad de Wisconsin-Madison junto a investigadores de Tailandia pone en duda esta creencia: según sus conclusiones, el agua del bong no filtra de manera significativa los compuestos químicos presentes en el humo de cannabis.
Alrededor del mundo, miles de personas utilizan pipas con algún sistema de agua que, en teoría, funciona como un filtro reduciendo el potencial dañino del humo. La ciencia, al menos por ahora, no respalda esa visión. El estudio, subido como preprint al repositorio bioRxiv, advierte que la diferencia entre un método y otro es prácticamente inexistente.
Cómo se hizo el estudio
El equipo de investigación se propuso analizar el humo de tres variedades populares: Bubble Gum, Silver Haze y Hang Over OG. La elección no fue casual: son genéticas con perfiles de cannabinoides y terpenos variados, lo que permitía obtener un panorama más amplio. Cada muestra fue usada tanto en un porro como en un bong y luego se recolectó el humo para su análisis.
Para el trabajo se usó una técnica conocida como cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas (GC-MS), un equipamiento de alta precisión que permite detectar moléculas en función de su peso molecular. Esta herramienta es muy utilizada en investigaciones químicas y médicas porque ofrece un nivel de detalle difícil de alcanzar con otros métodos.
El objetivo era claro: comprobar si al pasar por agua el humo cambiaba de composición, si había moléculas que desaparecían o si aparecían diferencias sustanciales en la concentración de ciertos compuestos.
Resultados que sorprenden
Lo que encontraron los investigadores fue, en cierto sentido, decepcionante para quienes creen en el bong como un dispositivo más saludable. Los perfiles químicos de ambos métodos fueron casi idénticos. Ninguno de los compuestos presentes en el humo del porro desapareció en el del bong. Tampoco hubo sustancias que aparecieran solo en un método y no en el otro.
En términos técnicos, dentro del rango analizado —de 5 a 350 gramos por mol— el agua del bong no logró atrapar de manera significativa ningún compuesto. Dicho de otro modo: desde el punto de vista químico, fumar en bong o en porro es básicamente lo mismo.
Este hallazgo contradice una idea instalada desde hace años. Muchos usuarios sienten que el humo del bong es más suave en la garganta, lo que llevó a la conclusión intuitiva de que también debía ser más seguro. Pero esa sensación está más vinculada con la temperatura del humo, que se enfría al pasar por el agua, y no necesariamente con una disminución real de las sustancias inhaladas.
En términos técnicos y dentro del rango analizado, el agua del bong no logró atrapar de manera significativa ningún compuesto. Dicho de otro modo: desde el punto de vista químico, fumar en bong o en porro es básicamente lo mismo.
Lo que no se pudo medir
El estudio también reconoce sus limitaciones. El equipamiento utilizado no permite detectar partículas grandes como aerosoles o ciertos metales pesados. Tampoco se analizó directamente el agua usada en los bongs para comprobar qué había quedado atrapado allí. Es posible que en esos aspectos sí exista algún nivel de filtración, aunque todavía falta evidencia sólida.
En otras palabras, los resultados no descartan completamente que el agua tenga algún efecto, pero muestran que, al menos en lo que respecta a los compuestos pequeños y medianos, la eficacia es mínima. Para los investigadores, el siguiente paso debería ser desarrollar mejores herramientas que permitan capturar un espectro más amplio de sustancias.
Un invitado inesperado: el β-cis-Cariofileno
Más allá del debate sobre la filtración, el estudio arrojó un dato interesante: en todas las muestras analizadas, un compuesto conocido como β-cis-Cariofileno apareció en altas concentraciones. Se trata de un terpeno mucho menos famoso que el THC o el CBD, pero con un potencial terapéutico considerable.
La literatura científica lo vincula con propiedades antiinflamatorias, antioxidantes, antibacterianas, anticarcinogénicas e incluso anestésicas locales. Su presencia constante en grandes cantidades podría abrir la puerta a nuevas investigaciones médicas. Tal vez el verdadero aporte del estudio no esté tanto en desacreditar al bong como filtro, sino en resaltar la importancia de seguir explorando compuestos poco estudiados que también forman parte del humo de cannabis.
Otro aspecto clave que señalan los autores es la ausencia de protocolos estandarizados en la ciencia cannábica. A diferencia del tabaco, que cuenta con décadas de investigación y con metodologías unificadas para evaluar cigarrillos en distintos países y marcas, el cannabis todavía no tiene un marco similar.
Esto genera dificultades para comparar estudios, interpretar resultados y llegar a consensos sobre los riesgos y beneficios del uso de cannabis. Desarrollar estándares permitiría evaluar de forma más precisa tanto la calidad de las flores como la composición del humo y, en definitiva, aportar información confiable a usuarios, médicos y reguladores.
El estudio no estuvo exento de polémicas. Luego de su publicación inicial en bioRxiv, los autores decidieron retirarlo con el argumento de que podía existir un “conflicto burocrático” vinculado con el lugar donde se realizó la investigación. Además, el trabajo todavía no pasó por la revisión de pares, lo que significa que sus resultados deben considerarse preliminares.
Aun así, el aporte es valioso. Si bien no es definitivo, abre una discusión necesaria y deja planteada la importancia de seguir investigando con metodologías más robustas.
El agua del bong en los tribunales
Curiosamente, el agua del bong no solo fue tema de debate en el ámbito científico, sino también en el legal. En 2009, la Corte Suprema de Minnesota, Estados Unidos determinó que ese líquido podía ser considerado droga, basándose en el testimonio de un agente policial que afirmó que algunos usuarios lo guardaban para beberlo o incluso inyectárselo.
Esa interpretación absurda llevó a que varias personas enfrentaran cargos severos únicamente por tener agua de bong en su poder. El caso más resonante se dio en 2024, cuando una mujer de Fargo estuvo a punto de recibir una condena de 30 años de prisión tras ser detenida con agua de bong. La situación generó un fuerte repudio social y motivó la intervención de la ACLU, lo que derivó finalmente en una reforma legal que eliminó esa figura desproporcionada.
Este episodio ilustra hasta qué punto un elemento tan cotidiano en la cultura cannábica puede convertirse en un campo de disputa política y judicial.
En definitiva: ¿para qué sirve el agua del bong?
Entonces, ¿qué queda para quienes eligen entre bong y porro? En principio, la evidencia muestra que el agua no elimina los compuestos dañinos del humo en una medida significativa. La principal diferencia está en la sensación física: el bong enfría el humo y lo hace menos áspero al entrar en la garganta, lo que puede dar la impresión de que es menos nocivo. Pero en términos químicos, la exposición a sustancias es prácticamente la misma.
Esto no quiere decir que el bong no tenga valor. Para algunos usuarios, especialmente aquellos con irritación de garganta o pulmones sensibles, la suavidad del humo puede ser una ventaja importante. Sin embargo, si el objetivo es reducir riesgos a nivel químico, hoy la ciencia indica que el bong no ofrece grandes beneficios frente al porro.
El nuevo estudio sobre bongs y porros pone en cuestión un mito arraigado en la cultura cannábica. Al menos en lo que respecta a los compuestos analizados, fumar con agua no significa fumar de manera más segura. Falta avanzar en metodologías que permitan estudiar con mayor detalle el humo y el agua resultante, así como en la creación de estándares internacionales que den solidez a las comparaciones.
Mientras tanto, la elección entre un bong y un porro seguirá siendo más una cuestión de gusto personal que de salud comprobada. Lo que sí está claro es que el cannabis sigue siendo un terreno fértil para la ciencia, con mucho por descubrir no solo en torno a sus riesgos, sino también a su enorme potencial terapéutico.

