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@Verano Trippin

Verano Trippin: flores, amistad y escape en clave patagónica

En el cine, el cannabis y la ampliación de la consciencia son temas que no se agotan. Pueden ser abordados desde la risa, desde su costado dramático, desde potencia para la aventura. Las producciones argentinas hace años profundizan en cada uno de esos caminos. Así va a poder verse en el Festival Internacional Cinecannábico de Buenos Aires que, del 23 de febrero al primero de marzo, va por su sexta edición.

Entre las películas hechas en Argentina está la opera primera de Morena Fernández Quinteros: Verano Trippin. La película propone una historia donde la marihuana no es una bandera ni un demonio, sino parte del ecosistema real de una generación.

En un pueblo donde el viento parece soplar siempre en contra y el horizonte se siente demasiado cerca, Toni y Lena sueñan con irse. No por rebeldía adolescente sino por necesidad de aire. La aventura empieza ahí: del deseo de escapar, de juntar plata como sea y de probar que el mundo puede ser un poco más grande que el mapa del barrio.

La estrategia de las protagonistas es tan simple como arriesgada: pasar de comprar marihuana a venderla. Bajo el nombre de “Los siameses”, las amigas encuentran en el cannabis una puerta económica y simbólica. No hay discurso moral ni bajada de línea; hay juventud, intuición y ganas de moverse.

El clima patagónico no es solo escenario: es estado de ánimo. El frío, el aislamiento y esa sensación de pueblo chico donde todo se sabe construyen el marco perfecto para que el pequeño emprendimiento crezca y se complique. Cuando entra en escena Dolores “La Diabla”, una Lali Espósito intensa y magnética, el juego cambia de escala. El universo se vuelve más oscuro, más adulto, más peligroso.

Las actuaciones de Miranda de la Serna y Zoe Hochbaum sostienen el corazón de la historia. Hay química genuina, complicidad y una transformación que se siente orgánica. Lo que empieza como aventura compartida va tomando otro peso a medida que el dinero circula y las decisiones se vuelven más grandes que ellas. La amistad, más que el negocio, es el verdadero eje del relato.

La película mezcla energía indie, momentos de humor absurdo y ráfagas de tensión con una estética que prioriza el pulso generacional. La música aparece como extensión emocional de las protagonistas, acompañando ese tránsito entre euforia, vértigo y conciencia de riesgo.

Verano Trippin funciona como retrato de una juventud que no espera permisos. En un contexto donde las oportunidades escasean y el futuro parece una promesa difusa, Toni y Lena encuentran en el margen una forma de agencia. El cannabis no es el tema central: es el disparador de una experiencia que habla de poder, deseo y límites.

Con una duración ágil y un tono fresco, la película propone un viaje que empieza como fantasía de verano y se transforma en rito de pasaje. Más que una historia sobre vender marihuana, es una historia sobre crecer, elegir y pagar el precio de querer ir más allá.

Conversamos con Morena Férnandez Quinteros, directora de la película, que

Verano Trippin propone un estado más que un relato clásico. Desde tu mirada como directora, ¿cómo pensaste el vínculo entre el viaje psiconáutico de los personajes y el clima social, generacional y emocional que atraviesan?

Crecí en la Patagonia argentina, rodeada de montañas, lagos y bosques inmensos. Ese entorno imponente y, a la vez, protector marcó profundamente mi forma de mirar y de contar. La naturaleza relativizó mi lugar en el mundo, me hizo sentir parte de algo mucho más grande y, al mismo tiempo, consciente de lo pequeña y pasajera que soy.

En esa geografía también circulaban historias, mitos urbanos y fantasías alimentadas por la oralidad local, primeros pobladores que eran nazis exiliados, personas que aisladas, solas en la montaña, figuras poderosas que manejaban el pueblo desde las sombras. Todo eso fue alimento para mi imaginación y para el universo de la película.

La película habita un mundo extraño, con personajes oscuros, exagerados e incluso ridículos. Son figuras corridas, inspiradas tanto en la realidad como en películas que me formaron. Fue un experimento que me permití, creo que en la realidad hay personajes peligrosos que puestos en pantalla parecen un chiste y esa fue la búsqueda, ridiculizar personajes reales que vistos desde la mirada adolescente se vuelven grotescos, casi caricaturescos.

Hay un componente de sátira que atraviesa a la película, especialmente a los adultos rotos que rodean a las protagonistas. No me interesaba que el mundo fuese naturalista, está anclado en la mirada adolescente de las chicas. Todo aparece deformado por su percepción, por su sensibilidad y por el hecho de atravesar espacios que les resultan completamente ajenos. Hay personajes que funcionan casi como figuras de una fábula oscura, versiones deformadas del peligro y del poder.

En ese sentido, el “viaje” de la película no es solo psiconáutico en términos de sustancias, sino perceptivo y emocional. Es el viaje de dos adolescentes que intrigadas por el deseo de lo prohibido, se meten un mundo que no entienden, y que, a la vez, las interpela con violencia. La deformación nace de su mirada inocente. Una juventud sensible, expuesta y desprotegida frente a un mundo que se mueve demasiado rápido y que se aprovecha de su inocencia.

En la película, las sustancias no aparecen como motor narrativo explícito sino como parte del entorno sensible. ¿Qué lugar ocupa el cannabis en ese universo: herramienta expresiva, paisaje cultural o catalizador de procesos internos?

En la película el cannabis no funciona como motor de la trama ni como “tema” en sí mismo, sino como parte del clima emocional y cultural en el que viven las chicas. Está ahí como un gesto cotidiano de la juventud, un modo de compartir, de divertirse y de intensificar la experiencia de estar vivas.

Me interesaba usarlo como elemento del paisaje y de la edad, algo que circula en ese verano, en esa amistad y en ese tiempo suspendido entre la adolescencia y el volverse adultas. El problema no es la sustancia, es el mundo que habitan y la desprotección con la que se encuentran.

Desde Revista THC solemos pensar el cannabis como parte de una cultura que incluye cuidado, exploración y responsabilidad. ¿Sentís que Verano Trippin dialoga con esa idea de una psiconáutica cotidiana, más ligada a la búsqueda personal que al exceso?

La búsqueda fue hacer una película sobre la pérdida de la ingenuidad. Sobre lo que sucede cuando esa ingenuidad choca de frente con un mundo que no está hecho para cuidarte. Es la historia de dos amigas que, por no separarse, se meten en un territorio que no conocen y que las supera. Ahí aparece la idea de cómo el mundo puede aprovecharse de la fragilidad de los jóvenes.

El consumo está presente, sí, pero no, creo, desde el lugar habitualmente retratado, marginal, abusivo, hostil, sino como experiencia juvenil atravesada por el deseo, la búsqueda y la intensidad de querer vivirlo todo. El cannabis trae lo divertido, lo libre y lo ligero, el problema empieza cuando el contexto se vuelve peligroso y ya no se trata solo de cannabis.

En ese sentido, creo que la película dialoga con la idea de una psiconáutica cotidiana, muestra momentos de juego, complicidad y exploración compartida, pero también expone cómo la falta de cuidado y contención transforma esa exploración en riesgo. Las protagonistas son dos adolescentes descubriendo el mundo y sus límites. Creo que hay algo del ritmo actual del mundo, su velocidad y voracidad, que se lleva puestos a los pibes y las pibas.

La búsqueda fue hacer una película sobre la pérdida de la ingenuidad, sobre lo que sucede cuando esa ingenuidad choca de frente con un mundo que no está hecho para cuidarte.

El verano, el ocio y el viaje funcionan casi como una sustancia en sí misma. ¿Qué te interesaba explorar del cruce entre clima, juventud y estados ampliados de conciencia en el contexto argentino actual?

La película está inspirada en las comedias de fumones que veía de adolescente, solo que casi todas estaban protagonizadas por varones. Quería contar esa experiencia desde el cuerpo y la mirada de dos chicas que fuman para divertirse y porque buscan vivir todo con más intensidad. Yo fui una adolescente así.

Me interesaba pensar el verano como una especie de sustancia en sí misma, un tiempo suspendido donde el ocio, el deseo y la amistad alteran la percepción del mundo. Ese clima de fiesta potencia los estados emocionales de las protagonistas, todo se siente más grande, más urgente y definitivo. 

Muchas escenas parecen construidas desde una lógica perceptiva alterada, donde el tiempo, el cuerpo y el deseo se desacomodan. ¿Cómo trabajaste cinematográficamente esa experiencia sin caer en estereotipos visuales sobre lo “lisérgico” o lo psicodélico?

Fue un mundo que nos propusimos armar desde la fotografía, el sonido y la música. Con el director de fotografía, Luciano Badaracco, que también creció en el sur, nos planteamos contar un contraste entre momentos en los que la naturaleza domina a las protagonistas y otros en los que su estado interno domina el paisaje. Ahí la percepción se distorsiona, por falta de sueño o por estar bajo el efecto de algo. La idea era sentirnos parte de ese todo más grande que es el paisaje, y vincular cualquier distorsión visual con su estado emocional y su recorrido interior, que a lo largo de la película va de la euforia al dolor. La película comienza luminosa y divertida y, a medida que avanza, empieza la tormenta y se oscurece.

El sonido y la música fueron fundamentales, lo lúdico y lo lisérgico se asocian a la electrónica y a texturas sintéticas, mientras que lo oscuro trabaja con más silencios, sonidos naturales y una música más instrumental. No buscamos efectos psicodélicos más clásicos sino que buscamos transmitir lo que estaban sintiendo las protagonistas.

En un país donde el debate sobre cannabis todavía oscila entre la criminalización y el uso medicinal, ¿qué lugar creés que puede ocupar una película como Verano Trippin dentro de la conversación cultural más amplia sobre libertades, percepción y formas de habitar el mundo?

No creo que la película se proponga respuestas sobre el consumo, pero quizás sirva para abrir preguntas y pensar una realidad con la que convivimos. Creo que desde los sectores medios tenemos una responsabilidad mayor al hablar de cannabis, para muchos de nosotros puede ser ocio, exploración o uso medicinal, pero en los barrios fumar un porro suele ser excusa para la violencia policial, la extorsión y el abuso de poder. En ese sentido, la despenalización es clave, si el consumo no estuviera penalizado, esas persecuciones desaparecerían. 

En la película las chicas se plantean vender como un juego inconsciente y posible sin consecuencias aparentes, y ese juego para ellas es posible porque no es legal. Pero hay una diferencia entre Lena y Toni que vuelve esto más claro, para Lena desafiar el límite no se vive como amenaza, hay una sensación de protección asociada a su cercanía con ciertos privilegios, para Toni, en cambio, el peligro es real y tangible.

Así, la película pone en tensión lo relajado y cotidiano del consumo con el exceso y la pérdida de control, que enfrenta consecuencias distintas también dependiendo del lugar social que se ocupa. En pueblos atravesados por el turismo, como el que yo crecí, las drogas circulan con facilidad y abren puertas a situaciones peligrosas.

No busqué moralizar. Si me hice preguntas sobre el consumo responsable asociado al disfrute y el consumo como vía de escape frente a la soledad, la falta de amor o la herida. El problema del consumo nunca es solo la sustancia, sino la falta de contención y de cuidado colectivo. Más que hablar del cannabis en sí, me interesa preguntarme sobre cómo está armado el mundo, un sistema donde la moneda corriente es la soledad, la desconexión y el desamparo, y donde las figuras del poder son las que más se benefician de la criminalización del consumo. 


Reparto:

• Miranda de la Serna como Toni
• Zoe Hochbaum como Lena
• Lali Espósito como Dolores «La Diabla»
• Ariel Staltari como «El Pollo»
• Manuel Fanego como Policía
• Juan Grandinetti como «Peligro»

Proyección en el FICC: Viernes 27 de febrero, 21 hs, La Paz Arriba, Av. Callao 1082, CABA