El uso de cannabis en adolescentes suele ocupar titulares cada vez que se debate la legalización o cambian las percepciones sociales sobre la sustancia. Sin embargo, cuando se observan los datos a largo plazo, el panorama es más complejo de lo que muchas veces se supone. Un estudio reciente analizó la evolución del uso de cannabis entre estudiantes secundarios de Estados Unidos desde 1991 hasta 2023 y encontró un patrón claro: aumento en los noventa, pico hacia 1999 y descenso sostenido desde entonces.
La investigación, basada en más de tres décadas de información de la Youth Risk Behavior Survey, aporta evidencia clave para comprender las tendencias reales en salud pública juvenil. En un contexto donde el cannabis se volvió más aceptado socialmente y su regulación cambió en muchos estados, los datos muestran que el uso adolescente no siguió la misma curva ascendente que se observa en adultos.
Metodología: tres décadas de seguimiento nacional
El estudio utilizó datos de la Youth Risk Behavior Survey, una encuesta bianual administrada por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos. Se trata de un relevamiento representativo a nivel nacional que incluye estudiantes de noveno a duodécimo grado en escuelas públicas y privadas.
Entre 1991 y 2023 participaron 254675 estudiantes. Los investigadores analizaron tres indicadores principales: usó alguna vez en la vida, uso reciente en los últimos treinta días e inicio a edad temprana. También examinaron diferencias por sexo y por grupo racial o étnico.
Los análisis estadísticos incluyeron tablas comparativas y modelos de regresión logística para identificar tendencias y cambios significativos a lo largo del tiempo. El objetivo fue describir la epidemiología del uso adolescente en un periodo atravesado por transformaciones culturales y legales profundas.
Un patrón en forma de U invertida
El hallazgo central del trabajo es que el uso de cannabis en adolescentes estadounidenses siguió un patrón en forma de U invertida. Las tasas aumentaron durante la década de 1990, alcanzaron su punto máximo alrededor de 1999 y luego comenzaron a descender de manera sostenida.
El uso alguna vez en la vida llegó a 47,3 por ciento en 1999. En 2023, esa cifra bajó a 30,1 por ciento. El uso reciente también mostró una caída importante, pasando de 27,1 por ciento en 1999 a 17,8 por ciento en 2023.
La iniciación temprana, considerada especialmente relevante por su asociación con mayor riesgo de problemas en salud mental y rendimiento académico, también disminuyó. En 1999 el 11,5 por ciento de los adolescentes reportaba haber comenzado a usar a edades tempranas. En 2023 la cifra fue 6,5 por ciento.
Estos datos sugieren que, pese a la mayor disponibilidad legal y a la reducción en la percepción de riesgo observada en otros estudios, el uso adolescente no aumentó en las últimas dos décadas, sino que descendió respecto de los niveles máximos de fines del siglo pasado.
El contexto social y sanitario
El debate sobre cannabis en adolescentes no ocurre en el vacío. En 2019, el US Department of Health and Human Services emitió una advertencia pública señalando preocupaciones sobre posibles efectos del cannabis en la salud mental juvenil y en el desempeño educativo.
Al mismo tiempo, informes del Pew Research Center muestran que la aceptación social del cannabis aumentó de manera marcada en los últimos años. Además, numerosos estados avanzaron en la legalización para uso medicinal y adulto.
Este escenario generó interrogantes sobre si la mayor normalización podría traducirse en más uso adolescente. Sin embargo, los datos del estudio indican que esa hipótesis no se confirma en términos generales cuando se analiza la serie histórica completa.
Cambio en la brecha de género
Uno de los aspectos más llamativos del análisis es el giro en la relación entre varones y mujeres. Durante gran parte del periodo estudiado, los varones reportaban mayores tasas de uso. Sin embargo, en los datos más recientes se observa una inversión.
En 2023, las mujeres superaron a los varones tanto en uso alguna vez en la vida como en uso reciente. El 33,4 por ciento de las adolescentes reportó haber usado cannabis alguna vez, frente a 27,0 por ciento de los varones. En uso reciente, las cifras fueron 19,4 por ciento para mujeres y 16,4 por ciento para varones.
Este cambio en la brecha de género aparece de forma consistente en distintos grupos raciales y étnicos. Los autores señalan que este fenómeno merece investigación adicional, ya que podría estar relacionado con transformaciones culturales, mayor igualdad en patrones de socialización o diferencias en vulnerabilidad psicosocial.
Diferencias raciales y étnicas persistentes
El estudio también identificó diferencias sostenidas según origen racial o étnico. Los adolescentes de origen asiático reportaron de manera consistente las tasas más bajas de uso en todas las métricas evaluadas. En contraste, adolescentes no latinos negros y adolescentes latinos mostraron, en promedio, prevalencias más altas en varios indicadores.
Estas diferencias no desaparecieron con el tiempo, lo que sugiere que factores estructurales y contextuales continúan influyendo en los patrones de uso. Entre ellos pueden incluirse desigualdades sociales, exposición diferencial a entornos de riesgo, acceso a información preventiva y factores culturales.
Inicio temprano y riesgos asociados
Uno de los focos del trabajo fue el inicio temprano del uso. Estudios previos han vinculado el comienzo a edades más bajas con mayor probabilidad de desarrollar problemas de uso de sustancias en la adultez, así como con mayores riesgos de trastornos del estado de ánimo y dificultades académicas.
La disminución del inicio temprano observada en el estudio es un dato relevante desde la perspectiva de la salud pública. Indica que menos adolescentes comienzan a usar en etapas muy tempranas, lo cual podría asociarse con menores riesgos acumulativos a largo plazo.
No obstante, los autores advierten que el cannabis sigue siendo la principal sustancia por la cual jóvenes estadounidenses buscan tratamiento por uso problemático. Además, se han reportado aumentos en consultas en servicios de emergencia y en centros toxicológicos vinculados a productos derivados del cannabis, lo que plantea nuevos desafíos regulatorios.
Limitaciones del estudio
Como todo análisis basado en encuestas, el estudio depende de la autorreporte de los estudiantes. Esto puede implicar subregistro o sobreestimación. Además, aunque la encuesta es representativa a nivel nacional, no incluye a adolescentes que abandonaron la escuela, un grupo potencialmente más vulnerable.
El diseño es transversal repetido, lo que permite observar tendencias pero no establecer relaciones causales directas entre cambios legales y variaciones en el uso. Tampoco distingue con detalle entre distintos tipos de productos de cannabis, como flores, concentrados o comestibles.
Implicancias para políticas públicas
Los resultados ofrecen un panorama más matizado que el que suele aparecer en debates públicos. Si bien el cannabis continúa siendo una preocupación para la salud adolescente, las tasas actuales son inferiores a las registradas en el pico de 1999.
Esto no implica minimizar riesgos, sino comprender que las políticas de prevención deben basarse en evidencia y adaptarse a realidades cambiantes. El aumento relativo del uso entre mujeres, por ejemplo, podría requerir intervenciones específicas con enfoque de género.
También resulta clave mantener sistemas de monitoreo continuo. En un entorno donde la legislación y la percepción social siguen evolucionando, contar con datos actualizados permite ajustar estrategias educativas y sanitarias de manera más precisa.
El análisis de más de treinta años de datos muestra que el uso de cannabis en adolescentes estadounidenses aumentó durante los noventa, alcanzó un máximo hacia 1999 y luego descendió de forma sostenida hasta 2023. La iniciación temprana también disminuyó, aunque persisten diferencias por sexo y por grupo racial o étnico.
En un escenario de mayor legalización y aceptación social, la evidencia indica que el uso adolescente no se disparó en las últimas décadas. Sin embargo, el giro en la brecha de género y las desigualdades persistentes subrayan la necesidad de seguir investigando y fortaleciendo políticas de prevención basadas en datos.
Para familias, educadores y decisores, el mensaje es claro: la vigilancia epidemiológica y la educación basada en evidencia siguen siendo herramientas centrales para proteger la salud adolescente.

