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Gilberto Gil y una internación por cannabis: crónicas de locura, amor e hipocresía

En julio de 1976, en el inicio de una gira por Brasil como parte de un supergrupo junto a Caetano Veloso, María Bethania y Gal Costa, Gilberto Gil fue apresado, enjuiciado e internado en un neuropsiquátrico, por llevar consigo una pequeña cantidad de cannabis.

La manera en que el mítico músico de 83 años vivió todo el proceso, desde la requisa policial hasta el juicio y la internación, ayudan a dimensionar, cinco décadas después, la forma en que los más valiosos artistas de su generación supieron hacer de sus exploraciones existenciales una fuente de creación para compartir sus hallazgos de sentido. Y también para pensar en cuánto ha cambiado y cuánto permanece igual, en nuestras sociedades, el enfoque represivo en torno a las búsquedas de expansión de la conciencia.

Un tiempo previo

En 1976, Gil, Bethania, Caetano y Gal, como se los nombra habitualmente en Brasil, estaban cumpliendo 12 años de carrera musical. En su Bahía natal, habían sido parte, en 1964, del show teatral musical “Nos, por exemplo”, en el teatro Vila Velha de Salvador. Ese sería el punto de partida para una expansión nacional de cada artista que se dio primero con Bethania, coronada pronto como cantora de voz profunda y presencia escénica poderosa. Gil y Caetano, casi en simultáneo a su crecimiento artístico, uno más como guitarrista y el otro como cantante y compositor, terminaron protagonizando juntos la emergencia del Tropicalismo, movimiento estético que buscaba desentumecer la escena musical brasilera de fines de los 60. 

En la procura de modernización, quisieron quitarle a la bossa nova cierta pomposidad con que se la estaba entronizando como la forma más prestigiosa de hacer música popular en Brasil. Empezaron a revalorizar géneros folclóricos nordestinos olvidados, como las bandas de pífanos y no temieron jugar con cierto dramatismo romántico kitsch de viejas canciones de décadas pasadas. Pero tal vez lo más jugoso del movimiento, haya estado en la incorporación de elementos distorsionantes propios del rock psicodélico de la época, tanto instrumentos eléctricos y todos sus efectos sonoros, como la adopción de actitudes corporales desafiantes, no sólo por la apertura a la sensualidad, elemento que Gal llevaría a picos de expresión tanto en su imagen como en su voz, sino en el juego con la gestualidad integral asociable a la vivencia de estados mentales y físicos lejanos a lo que suele llamarse cordura.  

Y si el grupo Os Mutantes, parte del movimiento, llevaron la denuncia de los absurdos del orden de sus mayores con letras provocadoras y una experta psicodelia sonora, Caetano Veloso desarrollaba happenings donde directamente podía evocar el estado zombie de cierta parte de su generación al simular letargos totales, evocando tal  vez a la misma deidad shockeante con la que Jim Morrison conversaba habitualmente en los recitales del grupo The Doors. Esas zonas de la expresividad humana fueron parte de lo que dio argumentos a la por entonces joven dictadura brasilera para sacar a Caetano de escena, entendiendo que su arte era profundamente peligroso por lo que podía despertar en la juventud brasilera. 

A partir de una falsa denuncia que aseguraba que en el clima de ese tipo de performances Caetano y Gil habían ultrajado el respeto de la bandera brasilera, fueron presos varios meses y debieron exiliarse en Londres. Si bien desde Brasil artistas como Gal, Os Mutantes y hasta el guitarrista Jards Macalé mantuvieron encendida la chispa ácida del Tropicalismo, su fuerza como mecanismo descontracturante activo y efervescente fue desvaneciéndose.

Gilberto Gil: un tiempo preciso

Como en una especie de desafío lúdico, en 1976 Caetano, Gil, Gal y Bethania jugaron a armar un grupo. Y se nombraron como Doces Bárbaros, ironizando con suavidad sobre el mote de invasores que cierta prensa les habían puesto, en relación a su origen bahiano, lo que exhibe cierto prejuicio reinante en ciudades como Sao Paulo y Río de Janeiro para con Bahía, el estado brasilero con mayor población negra. En respuesta al calificativo de “baiunos” que les habían llegado a colocar por entonces como calificativo, el grupo se planteó encabezar una invasión “dulce”, que manifestaba no sólo en la belleza embriagadora de la unión de sus voces, sino en una puesta en escena que incluía vestuarios que reverenciaban a elementos culturales afrobrasileros como el candomblé y valorizaba la usualmente olvidada herencia indígena. 

“Con sus cuatro carreras individuales aparentemente cumplidas, ellos colocan ahora todo de nuevo sobre el sol, inclusive una especie de relajamiento casi amateur, que a veces provoca pequeños desencuentros coreográficos y vocales, pero todos recuperados por un clima de gran fuerza y descontractura. Modulando entre la simplicidad, el humor y la apasionada entrega al acontecimiento, asumen una especie de sinceridad desvergonzada tanto en las canciones como en las posturas personales, en las danzas improvisadas”. Así describía José Miguel Wisnik, músico y musicólogo, lo que había sentido en el debut del grupo en la ciudad de Sao Paulo, el 24 de junio, en un artículo que llamó “Tudo de novo. As profecías dos novos bárbaros”. 

Rescatado en 1982 en el libro “Gilberto Gil. Expresso 2222” organizado por Antonio Riserio, esta visión temprana y sensible ya iluminaba aspectos sensoriales del proyecto que tendrían resonancias inquietantes para algunas miradas. Fue así que en el amanecer del 7 de julio, luego de haber pasado el show por Curitiba tres días antes, el hotel donde se hospedaba la comitiva fue presa de una redada policial, comandada por el delegado Eloi Azevedo, de la división Tóxicos, asegurando que tenían una denuncia previa de llegada de estupefacientes provenientes precisamente de la ciudad donde habían dado el último concierto. 

Irrumpieron en cada una de las habitaciones. Le dieron un susto sideral a Caetano, que dio un grito visceral ante la entrada de la policía. Pero el apodo “Caretano” por el que era conocido por entonces el músico tuvo total coherencia al no hallarse entre sus pertenencias ninguna sustancia “entorpeciente”. Cuando dieron con Gal y Bethania la ignorancia policial sobre ritualidad afrobrasilera provocó un incómodo malentendido, cuando confundieron momentáneamente con cocaína el polvo que ambas tenían, usualmente utilizado en ceremonias de candomblé. Pero cuando requisaron las pertenencias de Gilberto Gil, encontraron un porro y un pequeño paquete de cannabis que el cálculo rápido les hizo determinar como suficiente como para armar al menos dos más. 

Fuera del tiempo

“Parece que haber venido a Florianopolis fue un gesto demasiado libre y eso se le subió a la cabeza al delegado”, cuenta Caetano que le dijo a Gal cuando los policías interrumpieron su “sueño y alegría”. Y el episodio le sirvió para expresar con épica intenciones vitales del proyecto en gira: “No salimos para discutir las leyes y la moral, ni la religión, ni la política, ni la estética. No salimos para discutir. Y no discutiremos. Pero salimos con una inmensa carga de luz de vida, con amor en el corazón. Es muy difícil que alguien pueda llegar a poder decir esto, pero digo que nosotros somos un grupo de gente que salió por ahí, trabajando por el bien. Y quien quiera que, en la policía, en la prensa o en el infierno, nos quiera atacar o atraparnos, estará trabajando para el mal”. 

Sin explicitar el momento exacto de la declaración, las palabras del músico fueron rescatadas por el periodista Joao Santana Filho, en su artículo “Gil. O fumo nao é Deus nem o diabo”, incluido también en el valioso libro organizado por Riserio. El texto, una crónica apasionada y minuciosa, acompañó desde momentos tempranísimos, el proceso por el cual Gil y el baterista Chiquinho Azevedo, a quien también le encontraron pequeñas dosis de cannabis, fueron ambos apresados y luego condenados a internación en un hospital psiquiátrico.  

“Cuando entré en los cuartos de Gil y Caetano no tenía certeza absoluta de que encontraría drogas. Tenía sospechas y un amigo mío, abogado aquí en Florianopolis, que había visto el show de ellos en Curitiba, me dijo que parecía que los músicos estaban tocando dopados, medio lunáticos en el escenario. Entonces resolví dar una batida en el hotel. Si yo no encontraba nada, no habría problemas para mí ni humillación para los artistas. Les propondría que no divulgasen el hecho porque el escándalo no serviría de nada”, le dijo al periodista el propio Acevedo -descripto como un hombre envejecido, aún en sus 30 años- antes de contestar sobre sus propios sentimientos en torno a un artista como Gil: “Lo creo un artista excepcional y conociéndolo de cerca, lo encontré una persona muy culta y educada. Ahora, creo que en algunas canciones el da ciertos toques para las drogas”. “¿Cuál, por ejemplo?, repregunta rápido el cronista, a lo que el funcionario sólo atina a decir que conocía el nombre de la canción “Refazenda, incluida en el disco homónimo de 1975. 

Luego delimita el móvil esencial de su trabajo: “Nuestra lucha es incesante. Tenemos que acabar con el veneno de las drogas que está destruyendo a la juventud. Sólo con una acción intensa podemos acabar con esta plaga”. Tajante, antes que reflexionar sobre “implicancias profundas” del tema al que lo quiere llevar el entrevistador, va al hueso de su credo: “Mire, mi amigo, hay que cortar el mal por la raíz.  Yo no llegaría a proponer la pena de muerte, porque no veo de esa forma la solución, pero no se debe tener la menor condescendencia con nadie que se mezcle con drogas, ni con el viciado y mucho menos con el traficante”. 

Fuera del tiempo II

En el momento de ser arrestado, mágicamente apareció la prensa en la comisaria y ante la urgente requisitoria, en el al menos tenso ambiente de su reclusión, Gilberto Gil llegó a decir que le gustaba la maconha y que su uso no sólo no le hacía mal, sino que no llevaba a hacer el mal. Ya ante el juez Ernáni Palma Vieira, luego de haber pasado antes por estudios y atenciones médicas diversas en el hospital “San Sebastián” de Florianópolis, el músico agregaría que el cannabis “lo ayudaba sensiblemente en la introspección mística”.

En el juicio, el juez pondría en un contexto particular estas sensaciones del artista: “No se puede afirmar que Gilberto Gil, incuestionable ídolo de de la juventud, sea apologista inconsciente del uso de las drogas. Por los rápidos contactos que tuvimos estos días, por la lucida inteligencia y apreciable cultura después del affaire, por la medicación y el tratamiento a que está siendo sometido, con la misma sinceridad con la que se manifestó por el uso de la maconha, puede venir, en el futuro próximo, que diga a su enorme publico y sus fans,  que efectivamente estaba equivocado y que no precisa de las drogas para concretar un encuentro consigo mismo y su realización artística”. 

Si bien durante el juicio se llegó a pedir la prisión directa de Gil por la posesión de esa “hierba maldita que tanta infelicidad vive causando a millares de hogares brasileiros”, el pedido del abogado defensor fue que no se tomase el enfoque de “pura represión” para el caso, sino que  mejor se considerase el hecho de que el músico era una persona en dependencia química, por lo cual, antes que castigarlo, había que gestionar su recuperación. Finalmente, el juicio determinó que lo que correspondía era la internación en el “Instituto São José” de la ciudad.

Fuera del tiempo III

“El instituto tiene varios pabellones, esparcidos entre árboles de mango, palmeras y pasto bien verde. El ala más antigua aún conserva las características de cuando allí funcionaba un convento de frailes”, describe el cronista y agrega que, en una elevación, separados de los otros pabellones, hay cuatro pequeñas casas, con departamentos individuales donde residirían por unos días tanto Gil como Chiquinho, que recibieron ambos el mismo dictamen judicial.  En ese espacio se encuentra primero con el baterista, que le ofrece su primer testimonio: “Está siendo la mayor experiencia de mi vida, estoy teniendo que fingir que también soy loco, entrando en la de ellos acá, conversando locura con ellos. Para mí, sólo sirvió para concientizarme de que no soy loco. Pero si una persona pasa mucho tiempo acá, también queda pirado”. Cuando se encuentra con Gil, que lo recibe sentado en su cama blanca envuelto en una manta roja, dice que el compositor le expresó con calma: “¿Cómo es que se aprende a ser loco? Yo preciso aprender a ser maluco, a escapar de la policía, todas esas cosas”.

La crónica, en contraste, recuerda un artículo de ese tiempo, específicamente una afirmación del periodista Otto Lara Rezende para O Globo: “Quién sabe si no es el caso de que nos internemos todos, para que acá afuera, en los otros modelos de virtud y sanidad mental, podamos ser émulos joviales, hasta descubrir un día que los locos somos nosotros, que no sabemos cantar, ni componer, ni embellecer el mundo e interpretar su dolor”. La claridad de estas palabras empatizan con una observación que hace el cronista: “Solamente los que perdonan pueden tener la risa, la suavidad y el brillo que Gil encarna”. En esa exaltada descripción, Santana Filho menciona al orixá Xangó, como energía que siente presente en la postura central del músico, sobre todo en la vivencia natural y sincera del perdón. 

Amor y bendiciones

El cronista llega a entrevistar a una mujer joven. “¿Estás esperando a Gil?”, le pregunta. Y ella contesta: “De mañana, temprano, él estaba arriba, comiendo una manzana. Subí y le di un beso. Debe haber pensado, ¿quién sera esta loquita?”. “Era la primera lección de amor que el sanatorio me daba”, certifica el periodista. Y comparte otra vivencia. Luego de que el baterista pusiera en un grabador, ante un espontáneo público de pacientes del hospicio, una cinta con grabaciones de un show que habían dado con Doces Bárbaros, la  reciprocidad llegó pronto: “Algunos pacientes hicieron una colecta y le organizaron un asado a Gil. Una lección más de amor que el sanatorio da”. 

En otra oportunidad, le dicen a Gil que tiene visitas. Lo llevan a una sala especial, donde queda en medio de 15 personas. “En frente suyo, luminosa en su ultimo mes de embarazo, linda en su pureza de madre, una mujer inicia un dialogo con Gil”, cuenta el cronista y detalla que la mujer le pide que defina lo que es un niño. Gil miró entonces a siete infantes presentes, antes de llevar su mirada a la mujer. Hizo un breve silencio y comenzó a hablar: “Es justamente lo menos definible. Es aquel ser que viene de lo desconocido. Es lo que nos da certeza de que no existe la muerte, de que todo continuará existiendo”. La conversación continuó por un rato eterno y finalizó con un abrazo colectivo. Cuenta el cronista que de repente reparó en una anciana negra, que no había visto antes, que estaba abrazada a Gil y “le aplicaba algunos pases”, una forma de intercambio energético presente en varias disciplinas esotéricas. El testimonio, concluye sin timidez racional: “después de este ritual, andando con Gil hacia la biblioteca, tuve la certeza de que estaba bendecido”. 

Verdades en el hospicio

Junto al periodista Hamilton Almeida, el domingo 18 de julio, Santana Filho entrevista a Gilberto Gil, que logra incluir la experiencia de esos días dentro del nosocomio dentro  de procuras de larga data en su existencia. Así narraba, entonces, el impacto que había tenido en él la violencia de la requisa policial en el hotel: “De repente, nos sentimos delante de la manifestación de la violencia. Tuve una conmoción, hubo un shock. Ahora, frente al asunto, cada uno tiene sus medios y sus plazos para curar sus heridas. Yo procuré curar de inmediato. Cuando salí del cuarto, preso, ya no estaba más sobre el impacto de la conmoción. Me parece que dejar permanecer aquel estado de agitación interior podría debilitarme genéricamente y perjudicar mi lucidez para enfrentar toda la teatralización consecuente del modo en que realmente se dio todo”.  

Luego de ese shock inicial, cuenta Gil que en él se hicieron presentes se hicieron presentes sus maestros y aprendizajes, del gurú hindú Iogananda a la macrobiótica, del I Ching a Jesús y Oxalá. Dice que todo ese universo lo contuvo. Y menciona especialmente a Xangó, a quien nombra como su santo y asegura que esa fecha de la requisa se había dado precisamente en su día. Al aparecérsele, cuenta que el orixá le dijo: “Dejá esto conmigo. Soy yo quién lo está haciendo. Entonces dejá esto conmigo”. Ese instante, cierra Gil, fue el momento en que logró la calma. En ese estado, esa misma noche, luego de tener que atender toda una requisitoria periodística en la comisaría, el músico fue autorizado, también junto al baterista, para ser parte del show que Doces Bárbaros daría en Florianópolis. Eso sí, con escolta policial incluida.

El autocontrol fue una herramienta importante para su estadía en el hospicio. “Quedé muy shockeado el primer día. La predisposición consciente es la de encarar toda mi situación lo mas prosaicamente posible”, dijo Gil y compartió su visión sobre la gente internada con la que debió convivir: “Realmente, las frecuencias y los desequilibrios del sentido vibratorio de esas personas que están en esa situación, por el hecho también de que estén en comunidad, crea una carga tan grande de ese tipo de sustancia, que en el fondo, por más que estés concientemente preparado para la cosa, tu inconsciente acaba recibiendo esa carga de una forma violenta”. 

El cansancio físico, aseguraba, fue más impactante en el nosocomio que el que había experimentado durante el episodio policial del hotel: “Aquí quedé cansado desde el primer día. Tengo que sostener mi onda en medio de la onda de tanta gente. Y son ondas realmente deflagradas la mayoría de ellas. Los llamados locos, aquellos con funcionamiento excepcional de las características de su  personalidad y cerebralidad. Entonces, quedé medio paranoizado, para ver normalidad en toda esa cosa que se conceptúa como anormal. En el segundo día ya estaba más relajado, porque ya había experimentado, ya estaba sabiendo lo que era pasar esa situación. Y cuando pasás un día en esa situación, imaginás después lo que sería pasar la vida entera. Ahí me aquieté, porque entendí que en la situación actual, probada la permanencia de las condiciones psíquicas y emocionales que tengo hoy, no podría vivir mi vida en esa situación. Eso me alivió mucho, supe que en relación a lo que se considera loco, no lo soy. Eso me tranquiliza”.

El bien y el mal

“Fumar maconha nunca me hizo mal en términos absolutos, nunca me llevó a hacer el mal. Eso es lo que puedo testimoniar como experimentador. El juez hizo cuestión de iniciar su discurso, con esa cita mía. Tengo la impresión de que captó exactamente cómo lo veo”, dijo Gil en otra parte de la entrevista, cuando hizo referencia al dicho popular “No hay mal que por bien no venga” para comprender en totalidad el proceso violento con que se vio obligado a expresarse públicamente en torno a su vivencia con el cannabis: “En la medida en que soy una personalidad conocida en el país entero, expuesto a la opinión pública, cualquier cosa que pase conmigo está pasando con todo el mundo. Entonces, de ninguna manera podía asumir la autocompasión. Era una discusión que no era de mi persona en relación a la ley, sino de toda la sociedad brasilera”. 

En ese sentido, nunca sintió que era posible huir de lo que sentía como una responsabilidad: “Era preciso que hubiese una chance de esclarecimiento, que alguien tuviese el sosiego, la tranquilidad, la corrección suficiente como para decirles a las personas lo que pasa, lo que es verdadero”. Por eso, continúa, no ejerció resistencia alguna al ser requisado. “Después de que me fueran reveladas algunas cosas a nivel del alma, del espíritu y del cuerpo, pasé a entender que cuanto más cerca de la verdad esté, estoy más protegido. Entonces, conté todo”.

Con una certeza proveniente de su experiencia prolongada con la planta, Gil aseguró que el cannabis había tenido en su vida el carácter de aliado de sus exploraciones como ser humano consciente. “Tuve posibilidades, realmente, de parar ciertos bordes que encontraba en mi personalidad, de enfrentar mi miedo al mundo y a la vida”, reflexionó el músico y aseguró que le dio condiciones de colocarse “mejor delante de la complejidad del mundo de hoy”. Con énfasis, dijo que nunca podría mentir, para decir que es un mal, ni siquiera pensando en las crianzas, llega a aclarar, en referencia a distintos momentos en que la prensa o los representantes de la legalidad lo increparon para que pensase en el ejemplo que podía estar dando como artista para las personas más pequeñas que podrían tenerlo como ídolo musical. 

Con agudeza, los periodistas le preguntan entonces si no encontraba riesgos en aceptar como regla absoluta el carácter benigno de la maconha. Rápido, Gil cuenta que en esos mismos días había tenido conversaciones recientes, en el contexto del tratamiento, con médicos clínicos y psiquiátricos, que lo llevaron a concluir que “la maconha puede ser buena o mala”, dependiendo de las características de cada persona que se acerque a ella.

“Hay personas para las cuáles ciertas cosas, las más simples y corrientes, pueden proporcionar perturbaciones mentales, de la personalidad y del alma o del comportamiento”, explicó de manera genérica, antes de redoblar la apuesta reflexiva, para enjuiciar a la propia naturaleza de las regulaciones legales: “La ley, por ser modular, por hacer un corte, pierde la posibilidad de apreciación individual de cada caso. No considera el hecho de que cada individuo es un todo particular e indivisible y único, con características propias y que por lo tanto su relación con la naturaleza se da de forma diferente para cada uno”.

Conciencia y corporalidad

Le preguntan al compositor, si el hecho de que el cannabis actúe “sobre el centro generador de ideas” no le otorga a su consumo un necesidad de pensarlo bien específicamente. Y luego de ubicar el tema en el área puntual de las modificaciones del estado de conciencia es que hace una reflexión que va hacia el centro de los impulsos organizativos: “Por el hecho de que los impulsos de la sociedad estén todos sujetados a ideas, la producción intelectual es mucho más responsable por los destinos de la civilización que la producción material. Y más aún, toda producción material es consecuencia necesaria del estado de la mente del hombre moderno. Entonces, sé que la droga tiene ese carácter más peligroso, porque actúa directamente en el centro generador del destino de la humanidad”. Desde esa aceptación de que, para nuestras formas organizativas, “la cabeza es el centro de todo” es que entiende que se subestimen, por ejemplo, “los efectos del mango sobre la sangre”.

Pero, rápidamente, presenta batalla frente a esa centralización de lo mental: “Fui macrobiótico y aprendí que el cuerpo es el templo del espíritu. Para mí, en determinadas épocas, era mucho más peligroso comer cosas súper condimentadas o enlatados, que contienen productos cancerígenos, que fumar maconha”.

En ese camino de pensamientos es que pronto sentencia: “No puedo asumir la posición apologética de la maldición del fumo, como tampoco me interesa asumir la posición apologética de la divinidad del fumo. Para mí el fumo no es dios ni el diablo, para mí es una planta de la naturaleza que nace y crece. Si fuese una planta maldita, no creo que la naturaleza hiciese que brotase. La cobra muerde y mata y no por eso es un bicho maldito”.

La planta y la persona

Como ya lo había hecho en el juzgado, cuando se ponía a él mismo como ejemplo de que el consumo prolongado de cannabis no habían entorpecido su vida artística y su búsqueda de sabiduríaes que el músico reflexionó: “Si hacés la relación hombre maconha, mente-maconha, trabajo-maconha, comportamiento-maconha, creación-maconha y buscás todas esas relaciones en una persona como yo, ves el cuadro estadístico de mi producción, de mi comportamiento. Y a partir de todo eso no podés seguir imputándole a la maconha la maldición que tiene”. Para ser más explícito, continúa: “Siendo maldita, ¿cómo no se convirtió en maldita una persona que se dio a ella? Ahí está el asunto. Para juzgar a la maconha es preciso que mi persona, mi comportamiento y mi trabajo sean juzgados, creo que una cosa depende necesariamente de la otra. Yo, como millares de personas, a pesar de fumar maconha o tal vez exactamente por fumarla, hemos conseguido una realización personal. Y como resultado de esa realización personal se da un resultado nítidamente social.

La figura que pronto presenta el artista, cuando se le pregunta por lo que sería necesario para la liberación legal del cannabis, es la del maestro que guía las experiencias. “Los psiquiatras, los hombres de ciencia, ellos deberían asumir cada vez más la función de orientadores, es preciso que al sujeto se lo deje experimentar, para saber si la gente gusta o no”. En esta senda, continúa, pero haciendo un tránsito cuidadoso: “El saber viene por el sabor, pero el sabor no da todo el saber. Es preciso no prenderse al sabor. No es suficiente para creer que ya sabés. Es preciso tener un mestre”. 

“El oscurantismo sobre ciertas cosas es culpa de los propios médicos, hombres de ciencia, que no dicen nada”, denuncia Gil y se expande: “Si la sociedad, si la estructura social imputa una culpa a las drogas, de acercar a los jóvenes a caminos de disgregación, esa lucha del sistema todo contra los drop outs, las personas que por las drogas salen fuera del sistema, creo que esa culpa que imponen es una culpa transferida, por la responsabilidad de todos los que no tienen coraje para convertirse en verdaderos mestres”

En el rol de guías para experiencias fructíferas, el músico imagina el valor de que se evalúen los riesgos con claridad y que se le puedan dar  una persona informaciones claves. “Tu situación de equilibrio entre tu somatismo y el psiquismo está en un nivel fronterizo tan acentuado que impulsos de ese tipo con drogas pueden ponerte en un abismo”, dice como ejemplo. Y también imagina una circunstancia opuesta, donde se le explique a un posible usuario que no está en esa frontera, que puede caminar mucho más y que esos impulsos pueden ser incluso los que lo lleven más lejos aún en su tránsito aventurero. 

“Eso sería la psiquiatría, eso sería la medicina, eso sería colocar la ciencia realmente al servicio del pueblo”, aclara el músico y describe a los verdaderos mestres como “hombres de absoluta honestidad”. Y amplifica la descripción: “Es quien a pesar de todas las limitaciones éticas y profesionales, es un hombre de buena voluntad”.

Revelaciones, consignas y epílogo

En esa línea de pensamientos, las últimas palabras de Gil en la entrevista del hospicio, brotaron suaves, en equilibrio virtuoso entre el ensimismamiento meditativo y la lógica más visceral. Describió al juez Ernani, quien dictó su sentencia, como hombre de buena voluntad y al mismo tiempo, habló de él como un ser carente de la condición de mestre. “Es la comunión total o entonces va a acabar todo”, lanza como consigna de misterio suave.  Y regala, a entrevistadores y la posteridad, una nutritiva revelación final: “Lo que estoy buscando es el arquetipo del mestre, el respeto al sentido que todo enseña. O sea, que no se puede condenar nada”.

Luego de cuatro días, Gilberto Gil pudo salir del encierro y cumplir el tratamiento de manera ambulatoria, previo paso breve por una clínica en Río de Janeiro, donde no sólo continuó la gira de Doces Bárbaros, sino que se grabó allí un disco doble que apenas llevó el nombre del grupo, que logró plasmar para la eternidad un capítulo más de una épica colectiva que Gil, Caetano, Bethania y Gal vivieron como hijos e hijas de una ciudad realmente mágica como Bahía. Seguramente, si fue Xangó quien armó el embrollo judicial y clínico, más de un sentido terminó manifestándose, incluso, en el hecho de que todo quedara documentado en la película que Jom Tob Azulay hizo en 1977, Os Doces Bárbaros, que terminó dejando para la posteridad, no sólo partes de una gira histórica, sino registros únicos de la perplejidad de Gilberto Gil. Y de su poderosa calma.

En ese mismo año de 1977, Gil edita su disco Refavela, donde incluye la canción “Sandra”, una celebración de la energía amorosa femenina, donde agradece presencias que en su encierro en el hospicio, le dieron otros sentidos a su vida, desde una mujer que le sirvió amorosamente un café, hasta otra que, en la zozobra del encierro, regaló sosiego a su alma con un beso.