Hubo un tiempo en que fumar marihuana era mucho más que usar una planta. Se creía que era también una declaración de principios.
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, el cannabis quedó asociado a los movimientos contraculturales, la oposición a la guerra de Vietnam, el rock, el reggae, el hip hop y distintas expresiones juveniles que desafiaban las normas establecidas. En un contexto de prohibición, usar marihuana significaba, para muchos, adoptar una identidad distinta de la dominante.
Pero esa imagen parece estar cambiando.
Una encuesta realizada por la consultora YouGov entre 2.236 ciudadanos estadounidenses encontró que apenas el 35% considera que la marihuana es «muy» o «algo cool». Aunque la cifra no implica un rechazo hacia el cannabis, sí muestra que dejó de ocupar el lugar simbólico que tuvo durante décadas dentro de la cultura popular.
El dato adquiere todavía más relevancia cuando se observa el resto del ranking elaborado por la consultora. Actividades como la ciencia, la exploración espacial, leer libros o ver películas aparecen muy por encima del cannabis en la percepción de los encuestados. Incluso responder encuestas online (una opción incluida por los propios investigadores con cierta ironía) obtuvo una valoración considerablemente superior.
La paradoja de la legalización
A primera vista podría parecer una mala noticia para el movimiento cannábico. Sin embargo, el fenómeno probablemente refleje exactamente lo contrario.
Durante décadas la marihuana fue considerada «cool» porque representaba algo prohibido. Las leyes represivas, la persecución policial y el estigma social convirtieron al cannabis en un símbolo de rebeldía. Su atractivo no provenía únicamente de sus efectos o de sus usos medicinales, sino también del significado cultural que implicaba usar una sustancia ilegal.
Ese contexto cambió profundamente durante los últimos quince años.
Actualmente, el uso adulto es legal en numerosos estados norteamericanos, el cannabis medicinal forma parte de los sistemas sanitarios de buena parte del país y la industria genera miles de millones de dólares cada año. Lo que antes era una práctica marginal hoy convive con cadenas de dispensarios, empresas que cotizan en bolsa, inversiones internacionales y productos cada vez más estandarizados.
En otras palabras, el cannabis dejó de ocupar el lugar de «lo prohibido». Y cuando algo deja de ser excepcional, también puede dejar de ser percibido como un símbolo de rebeldía.
La mayoría cree que los demás sí lo consideran cool
Quizás el dato más llamativo de toda la encuesta no sea el 35%.
Cuando YouGov formuló una segunda pregunta (Qué creen los estadounidenses que piensa el resto de la sociedad) apareció una diferencia sorprendente.
Aunque solo un tercio afirmó que personalmente considera cool a la marihuana, el 58% respondió que cree que el estadounidense promedio sí la percibe de esa manera. La distancia entre ambas respuestas alcanza 23 puntos porcentuales, una de las mayores registradas entre las 36 actividades evaluadas por el estudio.
En otras palabras, muchas personas creen que viven rodeadas de individuos que valoran mucho más positivamente al cannabis de lo que ellas mismas están dispuestas a admitir.
Ese fenómeno resulta conocido por la psicología social. Frecuentemente tendemos a sobreestimar determinadas conductas o creencias porque asumimos que representan la opinión mayoritaria, cuando en realidad gran parte de la sociedad piensa algo muy parecido a nosotros.
La normalización también cambia la identidad
El resultado de la encuesta permite observar un fenómeno que ya se venía percibiendo dentro de la industria. A medida que el cannabis comenzó a institucionalizarse, también empezó a cambiar el perfil de quienes lo usan.
Hoy conviven pacientes, jubilados, profesionales, deportistas, familias, emprendedores y usuarios adultos de todas las edades. La planta dejó de pertenecer exclusivamente a una subcultura para convertirse en un producto transversal.
Paradójicamente, esa diversidad puede haber reducido parte del capital simbólico que alguna vez hizo del cannabis un ícono cultural.
Algo similar ocurrió con otros productos que en distintas épocas representaron formas de diferenciación social y que, con el paso del tiempo, terminaron integrándose a la vida cotidiana.
Qué cosas consideran realmente «cool»
Si la marihuana perdió terreno, ¿qué ocupa hoy el primer lugar? Los resultados de YouGov muestran un cambio interesante en la escala de valores.
La actividad considerada más cool fue la ciencia, elegida por el 87% de los participantes. Detrás aparecen el espacio (83%), ver películas (82%) y leer libros (81%). También obtuvieron puntuaciones elevadas la música clásica, el té, los juegos de palabras y las matemáticas.
En cambio, la marihuana quedó bastante más abajo, junto a otras actividades relacionadas con el ocio como la cerveza, el póker o las apuestas deportivas, aunque todavía por encima de las criptomonedas y las armas de fuego.
Más allá del ranking, la encuesta parece reflejar un cambio cultural más amplio. La imagen del «cool» ya no gira exclusivamente alrededor de la rebeldía o del uso, sino que incorpora intereses vinculados al conocimiento, la cultura y la curiosidad científica.
De icono contracultural a producto regulado
La encuesta de YouGov no mide el apoyo a la legalización ni el nivel de aceptación del cannabis. Tampoco pregunta quién usa marihuana ni con qué frecuencia. Lo que pone en evidencia es algo diferente: cómo cambió el significado cultural de la planta.
Durante décadas, el cannabis fue un marcador de identidad. Hoy, para millones de estadounidenses, parece haberse convertido simplemente en un producto más dentro de un mercado legal, regulado y cada vez más integrado a la vida cotidiana.
Y quizás esa sea la conclusión más interesante.
Después de pasar gran parte de su historia asociado a la marginalidad y la desobediencia, el cannabis podría estar atravesando la etapa más difícil de todas: dejar de ser un símbolo para convertirse en una costumbre.
Paradójicamente, esa pérdida del aura de rebeldía puede ser una de las señales más claras de que la normalización avanza. Porque cuando una planta deja de ser vista como algo extraordinario, probablemente sea porque, al fin y al cabo, empezó a ser tratada como cualquier otra.

