Una parte de la planta de cannabis que suele quedar relegada a un segundo plano acaba de llamar la atención de la ciencia. Un extracto obtenido de la corteza del cáñamo mostró actividad sobre varios mecanismos relacionados con el deterioro cognitivo y logró reducir alteraciones de memoria en ratones sometidos a un modelo experimental.
El estudio, realizado por investigadores de Corea del Sur, comparó extractos de distintas partes de Cannabis sativa y encontró que la corteza presentaba una combinación particularmente interesante de efectos: actuó sobre enzimas vinculadas con la acetilcolina, redujo marcadores de estrés oxidativo y mejoró el desempeño de los animales en pruebas de memoria.
Además, el análisis químico encontró varios cannabinoides en el extracto. Entre ellos, CBD, CBDA y CBCA aparecieron como algunos de los principales responsables de la actividad observada.
Una parte de la planta que casi no se estudia
Cuando se habla de las propiedades medicinales del cannabis, la investigación suele concentrarse en las flores, las hojas, las semillas o en cannabinoides aislados. La corteza, en cambio, recibió bastante menos atención.
Para explorar ese territorio poco estudiado, el equipo preparó extractos con etanol al 70% a partir de cinco partes de la planta: raíz, tallo, corteza, hoja y semilla. Después comparó su comportamiento frente a diferentes mecanismos relacionados con el funcionamiento neuronal.
Uno de los objetivos fue observar qué extractos podían inhibir la actividad de dos enzimas llamadas acetilcolinesterasa (AChE) y butirilcolinesterasa (BuChE). Ambas participan en la degradación de la acetilcolina, un neurotransmisor que interviene en procesos como la memoria, el aprendizaje y la atención.
La lógica detrás del experimento es sencilla: si estas enzimas degradan la acetilcolina, reducir su actividad puede ayudar a mantener disponible este neurotransmisor durante más tiempo.
Pero los investigadores también miraron otro mecanismo: la monoamino oxidasa B (MAO-B), una enzima relacionada con procesos de estrés oxidativo que pueden contribuir al daño neuronal.
La corteza se destacó entre las distintas partes del cáñamo
Los cinco extractos mostraron actividad sobre las enzimas estudiadas, pero la corteza presentó un perfil particularmente interesante.
El extracto de corteza de cáñamo, denominado HBE en el trabajo, inhibió AChE, BuChE y MAO-B. Sus valores de IC₅₀ fueron de 0,56 mg/ml, 0,01 mg/ml y 0,02 mg/ml, respectivamente. En este tipo de experimentos, un IC₅₀ más bajo indica que se necesita una menor concentración para alcanzar una inhibición del 50%.
La actividad no terminó ahí.
Los investigadores también sometieron células neuronales humanas SH-SY5Y a una situación de estrés oxidativo utilizando peróxido de hidrógeno. En esas condiciones, el extracto de corteza redujo la acumulación de especies reactivas de oxígeno y ayudó a recuperar la actividad de la superóxido dismutasa (SOD), una de las enzimas que participan en las defensas antioxidantes de las células.
Ese conjunto de resultados llevó al equipo a seleccionar el extracto de corteza para probarlo en animales.
El extracto mejoró dos pruebas de memoria
Para saber si los resultados observados en células podían traducirse en algún efecto sobre la conducta, los investigadores utilizaron ratones machos de la cepa ICR.
Los animales recibieron el extracto de corteza por vía oral durante 28 días, en dosis de 100 o 200 miligramos por kilogramo. Como referencia utilizaron otro grupo tratado con donepezilo, un medicamento utilizado para tratar síntomas cognitivos asociados con algunas enfermedades neurodegenerativas.
Después, los investigadores administraron escopolamina, una sustancia que puede alterar temporalmente la señalización colinérgica y producir déficits de aprendizaje y memoria.
Los animales fueron evaluados mediante dos pruebas: el test de evitación pasiva y el laberinto acuático de Morris. En la primera prueba, los ratones tratados previamente con el extracto mostraron una reducción significativa de la alteración provocada por la escopolamina.
En el laberinto acuático ocurrió algo similar. Los animales que recibieron escopolamina tardaron más en encontrar una plataforma escondida bajo el agua, una señal de deterioro del aprendizaje espacial. Los ratones que habían recibido el extracto de corteza, en cambio, redujeron significativamente ese tiempo.
Un dato interesante es que no se encontró una diferencia estadísticamente significativa entre las dosis de 100 y 200 mg/kg. En este modelo, por lo tanto, duplicar la dosis no produjo una mejora adicional evidente.
¿Qué había dentro de la corteza?
El siguiente paso fue averiguar qué sustancias podían estar detrás de esos efectos.
Mediante un análisis químico por UPLC-QTOF-MS/MS, los investigadores identificaron 26 compuestos en el extracto. La mezcla incluía cannabinoides, compuestos fenólicos, cannabinoides ácidos y ácidos grasos. Entre los compuestos identificados aparecieron siete cannabinoides: CBDV, Δ9-THC, CBDA, Δ9-THCV, CBD, CBC y CBCA.
El equipo luego aisló esos cannabinoides y los estudió individualmente frente a AChE, BuChE y MAO-B. Y ahí apareció uno de los resultados más interesantes del trabajo.
El CBC fue el cannabinoide que mostró la mayor actividad frente a AChE, con un IC₅₀ de 0,1 µM. El CBCA también presentó una actividad marcada, con 1,3 µM frente a AChE y 6,6 µM frente a BuChE.
En el caso de MAO-B, los que más se destacaron fueron el CBD, con un IC₅₀ de 2,3 µM, y el CBDA, con 5,3 µM. Esto llevó a los investigadores a una conclusión importante: probablemente el efecto del extracto no dependa de un único cannabinoide.
Un trabajo en equipo entre cannabinoides
La idea que surge de los resultados es que distintos componentes de la corteza podrían actuar sobre diferentes mecanismos al mismo tiempo.
El CBCA parece tener una participación particularmente importante sobre las colinesterasas, mientras que CBD y CBDA muestran una actividad más marcada sobre MAO-B, aunque también actúan sobre las colinesterasas.
Incluso hubo diferencias entre cannabinoides estructuralmente relacionados. El THC y el THCV, por ejemplo, no mostraron una inhibición significativa de MAO-B en los ensayos realizados. Esto sugiere que pequeñas diferencias en la estructura química de los cannabinoides pueden modificar de manera importante la forma en que interactúan con determinadas enzimas.
Los investigadores también utilizaron simulaciones computacionales para estudiar esas interacciones. Los resultados de docking, simulaciones de dinámica molecular y cálculos de energía respaldaron la posibilidad de que CBD, CBDA y CBCA puedan permanecer de manera estable dentro de los sitios de unión de las enzimas analizadas.
En particular, CBDA mostró un comportamiento favorable frente a AChE y MAO-B, mientras que CBD mantuvo redes de interacción estables con las tres enzimas.
Un resultado interesante, pero todavía muy preliminar
El trabajo abre una línea de investigación atractiva, pero está lejos de demostrar que la corteza de cáñamo pueda prevenir o tratar el Alzheimer.
Hay una razón fundamental: los investigadores no estudiaron la enfermedad de Alzheimer en personas. El experimento con animales utilizó un modelo basado en escopolamina, que sirve para reproducir una alteración colinérgica aguda y reversible, pero no reproduce la compleja evolución de una enfermedad neurodegenerativa.
Además, el estudio utilizó un número relativamente pequeño de animales y solamente ratones machos. Los propios autores señalan que serán necesarios experimentos con grupos más grandes, ambos sexos y modelos crónicos y transgénicos que permitan evaluar si los efectos se mantienen frente a procesos neurodegenerativos de largo plazo.
También queda por determinar cuánto aporta cada componente del extracto y cuál sería una composición adecuada y reproducible. La corteza contiene una mezcla compleja de sustancias, por lo que los investigadores advierten que otros compuestos, además de CBD, CBDA y CBCA, podrían participar de los efectos observados.
Por ahora, el estudio deja una pista interesante: una parte poco explorada del cáñamo contiene una combinación de compuestos capaz de actuar, al menos en condiciones experimentales, sobre varios mecanismos relacionados con la función cognitiva.
El próximo paso será comprobar si ese efecto puede reproducirse en modelos más complejos, establecer qué componentes son realmente responsables de la actividad y evaluar su seguridad a largo plazo. Recién después se podrá saber si lo observado en ratones puede tener alguna relevancia para la salud humana.

