Durante años, el vínculo entre cannabis y conducción se pensó de forma bastante lineal: usar implica percibir efectos, y esa percepción puede extenderse más allá del momento inmediato. Sin embargo, una investigación reciente introduce un matiz importante en ese debate. El estudio analizó qué ocurre con la capacidad de manejo entre 12 y 15 horas después de haber fumado cannabis, es decir, lo que comúnmente se conoce como “el día después”.
El resultado principal es, a primera vista, contraintuitivo. En usuarios frecuentes, no se observaron diferencias significativas en el desempeño de conducción en comparación con personas que no usaban cannabis. Esto abre interrogantes tanto científicos como regulatorios, especialmente en relación con los límites legales de THC y la forma en que se evalúa el efecto.
Cómo se diseñó el estudio
La investigación, publicada en Journal of Cannabis Research en 2026, se llevó a cabo en Canadá con un diseño observacional. Participaron 130 personas divididas en dos grupos bien diferenciados: por un lado, usuarios frecuentes de cannabis, definidos como aquellos que fumaban al menos cuatro veces por semana; por otro, un grupo control compuesto por personas que no habían usado cannabis recientemente.
A los participantes del grupo usuario se les indicó que fumaran cannabis la noche previa al test y que asistieran al laboratorio entre 12 y 15 horas después. Allí realizaron una serie de pruebas en simulador de conducción, mientras que también se tomaron muestras de sangre y saliva para medir concentraciones de THC, CBD y metabolitos.
Las variables analizadas incluyeron indicadores clásicos del desempeño al volante, como la capacidad de mantener el carril, la velocidad, el tiempo de reacción ante estímulos y la distancia respecto a otros vehículos. Este enfoque permitió evaluar de manera bastante completa diferentes dimensiones de la conducción.
Qué encontraron los investigadores
Los resultados muestran que, en términos generales, no hubo impacto significativo en el grupo de usuarios frecuentes. Aunque algunas mediciones iniciales sugerían pequeñas diferencias, estas dejaron de ser estadísticamente relevantes después de aplicar correcciones por comparaciones múltiples, un procedimiento estándar para evitar falsos positivos.
En concreto, no se detectaron cambios en variables como velocidad, distancia de seguimiento o tiempo de reacción. Tampoco hubo evidencia consistente de mayor “zigzagueo” o pérdida de control lateral del vehículo. En síntesis, el desempeño de los usuarios frecuentes fue comparable al del grupo control en el contexto del simulador.
Este hallazgo es relevante porque contradice parcialmente la idea de que el cannabis necesariamente produce efectos residuales al día siguiente, al menos en este perfil específico de usuarios.
El rol del THC en sangre: una relación cuestionada
Uno de los puntos más discutidos en torno a la conducción bajo efectos del cannabis es el uso de niveles de THC en sangre como indicador de afectación. En muchos países, existen límites legales que buscan funcionar de manera similar a los del alcohol. Sin embargo, este estudio aporta evidencia que complica esa equivalencia.
Los participantes del grupo usuario presentaban, en promedio, concentraciones de THC superiores a 2 ng/mL, un umbral que en algunas jurisdicciones puede considerarse indicativo de conducción bajo efectos. A pesar de esto, no mostraron un desempeño inferior en las pruebas.
Además, los investigadores no encontraron correlaciones consistentes entre los niveles de THC, ya sea en sangre o en saliva, y las métricas de conducción. Esto sugiere que la presencia de THC en el organismo no necesariamente se traduce en deterioro funcional, especialmente varias horas después del uso.
Este punto es clave porque pone en cuestión la validez de los enfoques basados exclusivamente en biomarcadores para determinar la aptitud para conducir.
Sensaciones subjetivas versus desempeño real
Un aspecto interesante del estudio es la diferencia entre lo que los participantes sentían y cómo efectivamente se desempeñaban. Los usuarios frecuentes reportaron niveles más altos de sensaciones asociadas al cannabis, como sentirse “fumados” o percibir efectos de la sustancia, incluso 12 a 15 horas después.
Sin embargo, esas percepciones no se tradujeron en un peor rendimiento en el simulador. Esta disociación entre experiencia subjetiva y desempeño objetivo abre preguntas sobre cómo las personas evalúan su propia capacidad para manejar y hasta qué punto esas evaluaciones son confiables.
También existe la posibilidad de que factores psicológicos, como expectativas o creencias sobre los efectos del cannabis, influyan en estas respuestas subjetivas.
Contexto científico: lo que ya se sabía
Este estudio no niega algo que está bien establecido en la literatura científica: el cannabis afecta la conducción en las horas inmediatas posteriores al uso. Diversas revisiones sistemáticas han mostrado que puede aumentar el “zigzagueo”, enlentecer el tiempo de reacción y generar cambios en la velocidad, muchas veces como forma de compensación.
La diferencia está en el tiempo. Mientras que los efectos agudos suelen concentrarse en las primeras cuatro a seis horas, la evidencia sobre efectos residuales es más inconsistente. Algunos estudios han encontrado efectos al día siguiente, mientras que otros no.
El trabajo se inscribe en esta segunda línea y sugiere que, al menos en usuarios frecuentes de cannabis fumado, los efectos podrían no persistir hasta la mañana siguiente.
Limitaciones que hay que tener en cuenta
A pesar de lo llamativo de los resultados, el propio estudio reconoce varias limitaciones que obligan a interpretar los datos con cautela. En primer lugar, se trata de un diseño observacional, lo que implica que no se pudo controlar completamente cuánto ni cómo usaron cannabis los participantes.
Además, el uso de simuladores, aunque útil y validado, no reproduce todas las complejidades del tránsito real. Factores como el estrés, la interacción con otros conductores o condiciones ambientales variables podrían modificar el desempeño.
Otro punto importante es que la muestra se limitó a usuarios frecuentes. Esto significa que no se pueden extrapolar los resultados a usuarios ocasionales, quienes podrían experimentar efectos residuales más pronunciados debido a una menor tolerancia.
Finalmente, el estudio se centró en cannabis fumado. Otras formas de uso, como los comestibles, tienen perfiles farmacocinéticos distintos y podrían generar efectos más prolongados.
Implicancias para la salud pública y la legislación
Los hallazgos de este estudio tienen implicancias relevantes para el diseño de políticas públicas. Si los niveles de THC en sangre no se correlacionan de manera consistente con el deterioro en la conducción, entonces los límites legales basados en estos valores podrían no ser una herramienta precisa.
Esto no implica que la conducción después de usar cannabis sea segura, sino que la relación entre uso e la planta, niveles biológicos y desempeño es más compleja de lo que se pensaba. En este contexto, algunos expertos proponen complementar los tests biológicos con evaluaciones conductuales, similares a los tests de sobriedad utilizados para el alcohol.
También se abre la discusión sobre la necesidad de diferenciar entre tipos de usuarios, patrones de uso y vías de administración al momento de diseñar regulaciones.

