Durante casi cincuenta años, José Montamat ejerció la medicina. Fue médico cirujano, traumatólogo y especialista en medicina del dolor. Nació en Salta, estudió y se graduó en la Universidad Nacional de Córdoba y desarrolló una carrera que lo llevó por distintos lugares del país.
Fue el primer traumatólogo de Tierra del Fuego, donde nacieron algunos de sus hijos; trabajó durante más de diez años en la Suizo Argentina, en Buenos Aires, donde llegó a ser jefe de guardia; pasó por Mina Clavero, en Córdoba, y finalmente se instaló en Chilecito, La Rioja. Allí fue jefe de Traumatología del Hospital Regional y tuvo su consultorio en la calle Libertad. Ese espacio terminaría siendo, muchos años después, el origen de Clinicann.
Pero para sus hijos la medicina nunca fue simplemente una profesión.
“La medicina atravesaba absolutamente toda su vida. No era algo que empezaba cuando entraba al hospital y terminaba cuando salía. Estaba permanentemente dando consejos, ayudando, pensando cómo mejorar la calidad de vida de alguien”, recuerda su hijo Emiliano Montamat, hoy al frente de Clinicann.
Incluso durante sus vacaciones, José seguía atendiendo. Cuando la gente de los pueblos donde pasaba algunos días se enteraba de que había un traumatólogo con su experiencia, comenzaban a acercarse.
“Terminaban haciendo fila para que los atendiera. Él no les cobraba. Después aparecían con frutas de la huerta, nos invitaban a un asado, nos traían lo que tenían. Nosotros crecimos viendo esas cosas.”
También tenía una personalidad que muchos de sus pacientes recuerdan hasta hoy.
“Era muy gracioso. Tenía un humor ácido, muy rápido, muy ocurrente. Utilizaba el humor para romper cualquier barrera y conectarse con el paciente.”
Pero junto con ese humor había una ética profesional que, según cuenta su hijo, era difícil de negociar.

“Para él el paciente estaba por encima de todo. Eso le trajo problemas durante su carrera porque cuando veía conductas que consideraba contrarias a la ética médica, incluso de colegas, las denunciaba.”
Durante buena parte de su carrera, Montamat fue un médico profundamente formado dentro de la medicina convencional. El cambio llegó durante sus últimos diez años de ejercicio, cuando empezó a cuestionarse algunas respuestas de la farmacología tradicional y a interesarse cada vez más por la fitoterapia y otras herramientas.
“Ahí, eventualmente, apareció el cannabis.”
La primera paciente fue su mamá
La historia de Clinicann no comenzó con una empresa ni con una estrategia comercial. Comenzó dentro de una familia.
“Cuando nos preguntan quién fue el primer paciente de todo esto, nuestra respuesta siempre es la misma: la primera paciente fue mi mamá.”
En 2016, a la madre de la familia le diagnosticaron un glioblastoma grado IV, un tumor cerebral extremadamente agresivo. Para entonces, su hijo ya cultivaba cannabis desde 2010.
“Había empezado con 19 o 20 años, en nuestra casa familiar. En ese momento mi papá no estaba para nada de acuerdo. No podía creer que mi mamá nos permitiera cultivar.”
La explicación que le habían dado a su madre era sencilla: si consumían cannabis, cultivar les permitía conocer el origen de lo que utilizaban y evitar la exposición al mercado ilegal.
“Cultivar nos permitía conocer el origen, cómo se había producido y tener mucho más control sobre lo que usábamos. Ella lo entendió, era una mujer sumamente inteligente.”
Seis años después de aquel primer cultivo, el escenario era completamente diferente. José ya venía interesándose por otras herramientas terapéuticas y conocía la evidencia que comenzaba a acumularse alrededor del cannabis.
Cuando apareció la enfermedad de su esposa, su hijo le planteó la posibilidad de utilizar cannabis como acompañamiento. “No puso resistencia. Al contrario: le pareció una alternativa que valía la pena explorar.” Fue el primer acercamiento real de la familia al cannabis medicinal. El testimonio, sin embargo, evita construir una historia milagrosa alrededor de la enfermedad.
“No me interesa afirmar que el cannabis haya determinado la evolución de su enfermedad porque sería irresponsable hacerlo. Mi mamá atravesó cirugía y los tratamientos médicos correspondientes, incluyendo quimioterapia y radioterapia. El cannabis fue una herramienta complementaria dentro de ese proceso.”

Ella vivió cuatro años después del diagnóstico. “Y cuando estás frente a una enfermedad así, cada mes adquiere otro significado. Cada mes es una oportunidad más para despedirse, para reconstruir la historia familiar, para inmortalizar recuerdos, para cuidar.”
La experiencia familiar también dejó una enseñanza sobre el acompañamiento.
“Yo aprendí durante esos años que, así como el nacimiento, la muerte también puede ser un momento sagrado. Acompañar a alguien que amás en esa transición es profundamente doloroso, pero haber podido estar, cuidar y acompañar termina siendo algo invaluable.” Después aparecieron otras personas.
“Después de mi mamá empezaron a aparecer tías, otros familiares, amigos, pacientes de mi viejo. Una persona llevaba a otra. Y ahí lo que había empezado como una experiencia estrictamente familiar empezó a convertirse en otra cosa.”
Del consultorio de Chilecito al cannabis medicinal
Hablar de cannabis medicinal desde el interior del país podía parecer, en principio, una tarea especialmente difícil. Sin embargo, la experiencia de Chilecito tuvo algunas características particulares.
“Quizás nuestra experiencia sea un poco diferente de la que uno esperaría escuchar porque no quiero construir una épica que no existió: en Chilecito tuvimos una aceptación enorme.” También había un contexto que ayudaba a explicar esa recepción.
“Agrogenética empezaba a crecer y localmente comenzaba a existir una mirada sobre el cannabis como planta medicinal y como una industria con potencial.” Más adelante, José realizó una formación en cannabis en la Universidad Nacional de Chilecito. Pero había otro elemento fundamental: su trayectoria.
“No era un médico recién recibido proponiendo algo que los pacientes desconocían. Era el jefe de Traumatología del hospital, especialista en dolor, con décadas de profesión y una enorme reputación en la ciudad. Cuando él empezó a hablar de cannabis desde la medicina, ese recorrido tenía peso.”
La demanda empezó a crecer rápidamente. “Primero eran treinta consultas mensuales. Después cuarenta, cincuenta, setenta, cien, ciento cincuenta, doscientas. ” El consultorio comenzó a orientarse específicamente hacia el tratamiento del dolor y el abordaje con fitocannabinoides.
Y allí apareció una transformación particular: el hombre que años antes no entendía por qué su hijo cultivaba cannabis terminó trabajando junto a él alrededor de la misma planta.
“En 2010 mi papá estaba horrorizado porque yo cultivaba y unos años después estábamos trabajando juntos alrededor de la misma planta. Su mirada se había transformado completamente.”
“Historias tenemos miles”
Como especialista en dolor, José había pasado décadas viendo los efectos adversos de diferentes tratamientos. Con el tiempo, empezó a observar que algunos pacientes, siempre dependiendo del caso y con seguimiento médico, podían mejorar distintos aspectos de su calidad de vida y, en algunos casos, reducir la necesidad de determinados medicamentos.
La mirada no estaba limitada al dolor.
“En muchos pacientes el dolor afectaba el sueño; dormir mal afectaba el ánimo; el ánimo condicionaba la vida familiar, social y laboral. Aparecían también cuestiones vinculadas con ansiedad, apetito y movilidad. Mi viejo empezó a pensar el cannabis como una herramienta que podía integrarse a un abordaje mucho más amplio de la persona.”
Después de años de consultas, la familia acumuló miles de historias. “Historias tenemos miles» resume Emiliano.
Una de ellas quedó especialmente grabada. Era una mujer con fibromialgia que explicó que uno de sus grandes logros después de comenzar el tratamiento había sido volver a atarse los cordones.
“Puede parecer una cosa mínima. Pero cuando convivís con dolor crónico y hay días en los que ni siquiera podés levantarte de la cama, poder agacharte y atarte los cordones representa recuperar una parte de tu autonomía. Esas historias fueron las que nos convencieron.”
Un médico que seguía atendiendo mientras el fuego avanzaba
Hay una anécdota que, más allá del cannabis, permite entender la relación de José con sus pacientes.
En el invierno de 2022 estaba visitando a su hijo en Villa Yacanto, en las sierras de Córdoba, cuando se produjo un enorme incendio forestal. Mientras la familia colaboraba con las brigadas y trataba de sostener las tareas cotidianas, José continuaba realizando teleconsultas. En determinado momento, el fuego estaba muy cerca.
“Estaba hablando con un paciente. El propio paciente después nos recordó la situación: mi viejo le explicó que se estaba incendiando todo alrededor, pero que iban a continuar con la consulta; si de repente cortaba y salía corriendo, era porque el fuego había llegado demasiado cerca.”
Para entonces, la familia ya había decidido dedicarse completamente a ese proyecto. “Nosotros decidimos dedicarnos completamente a esto cuando todavía no existía una perspectiva clara de negocio.” La razón estaba en algo que aparecía cada vez con mayor frecuencia: pacientes que contaban que su calidad de vida estaba cambiando.
“Y decidimos encolumnarnos detrás de eso.”
Un legado que todavía no tenía nombre
José no llegó al cannabis solamente por curiosidad: “Tenía una ética muy particular respecto de la medicina y nunca persiguió demasiado el lucro. A veces incluso de una manera que, como familia, podía ser preocupante” recuerda Emiliano.
“Después de cincuenta años ejerciendo medicina había encontrado algo que lo apasionaba y que, además, podía construir junto a sus hijos.” Durante sus últimos años empezó a hablar explícitamente de Clinicann como su legado. La familia no quería escucharlo.
“Cuando un padre te habla de lo que quiere dejarte cuando no esté, de alguna manera te está obligando a imaginar un mundo sin él. Y nosotros no queríamos hacerlo.”
Pero José insistía. Quería construir algo que combinara su experiencia médica con las capacidades de sus hijos y con una pasión compartida por las plantas.
Incluso cuando se sancionó el marco regulatorio para el cannabis y el cáñamo industrial, la familia avanzó con un proyecto productivo: una cooperativa agrícola, un campo de tres hectáreas, un invernadero, tanques de agua y terrazas de cultivo.
Cuando ese camino regulatorio se paralizó, parte de aquella experiencia se transformó y comenzó a vincularse con una asociación civil y un proyecto de recuperación del bosque nativo.
El cannabis había dejado de ser una inquietud familiar para convertirse en una parte central de sus vidas.
Clinicann no nació como una empresa
La formalización llegó después. “Clinicann no nació como una empresa. Durante mucho tiempo ni siquiera existió Clinicann como nombre.”
En aquel momento, José atravesaba una situación económica complicada y su hijo, que ya trabajaba en marketing digital y desarrollo de proyectos en internet, decidió ayudarlo a formalizar lo que estaba haciendo. “Hasta entonces era, básicamente, el consultorio del Dr. Montamat en Chilecito y una cantidad creciente de pacientes que llegaban buscando acompañamiento médico con cannabis.”
Las primeras redes sociales se abrieron bajo otro nombre: Doc Reprocann. “REPROCANN acababa de reglamentarse y la idea era bastante sencilla: crear una comunidad alrededor del consultorio de mi viejo.”
Pero rápidamente quedó claro que la necesidad era mucho mayor.
“Empezamos a digitalizar y sistematizar procesos. Incorporamos teleconsultas. La demanda dejó de ser solamente de Chilecito. Empezaron a llegar pacientes de distintos lugares. Sumamos médicos, armamos un equipo administrativo y empezamos a desarrollar tecnología.”
Con el crecimiento, el proyecto dejó de poder depender de un solo médico. Aproximadamente tres años atrás adoptó definitivamente la identidad de Clinicann. Y desde el comienzo hubo una condición.
“Desde el principio nuestro desafío fue el mismo: escalar sin perder la humanidad.” Para la familia, esa era una de las principales enseñanzas de José.

“Mi viejo era extremadamente cercano con sus pacientes y eso no podía desaparecer porque hubiera una pantalla en el medio o porque en vez de atender a cien personas empezáramos a atender a miles.”
Pero había otra. “Cuidar a quienes cuidan.” José había vivido durante décadas las condiciones laborales de muchos médicos y había experimentado situaciones que consideraba injustas. “Nos repetía que si nosotros construíamos nuestro propio proyecto no podíamos reproducir eso. Había que respetar, cuidar y ponderar al médico.”
Esa idea también se convirtió en parte del modelo de Clinicann.
“La tecnología puede cambiar, la escala puede cambiar y Clinicann puede seguir creciendo. Pero si para crecer tenemos que perder la humanidad con el paciente o empezar a tratar mal a nuestros profesionales, entonces estaríamos perdiendo justamente aquello que queríamos conservar de él.”
La crisis del REPROCANN
El momento más difícil de la historia de Clinicann llegó cuando los trámites de REPROCANN comenzaron a paralizarse. “Fue probablemente el momento más difícil de nuestra historia» concluye Emiliano.
El problema no era solamente administrativo. “La responsabilidad con un paciente no terminaba cuando finalizaba la consulta.” Había personas que habían pagado una consulta años antes y que terminaron siendo acompañadas durante casi tres años sin pagar nuevamente.
El equipo presentó reclamos, explicó cómo hacer presentaciones ante el Ministerio, evaluó alternativas administrativas, volvió a cargar trámites y repitió entrevistas médicas cuando fue necesario.
“Hubo personas a las que tuvimos que cargarles el trámite tres veces y, en muchos casos, repetir entrevistas médicas sin volver a cobrarles.” Mientras tanto, los canales oficiales estaban saturados.
“Muchos profesionales que habían trabajado individualmente con REPROCANN dejaron de hacerlo, cerraron redes o cambiaron sus canales de contacto porque sostener durante años semejante demanda era prácticamente imposible para una persona sola.”
Clinicann empezó a recibir incluso pacientes que originalmente no habían sido atendidos por el equipo. “Nos estábamos convirtiendo en referentes y complemento de una política pública que no funcionaba.” La situación se volvió económicamente insostenible.
“Yo tenía miles de mensajes en mi teléfono personal. Pasé mucho tiempo trabajando sin cobrar un sueldo, priorizando el cobro del resto del equipo. Tuvimos atrasos y muchísimas dificultades para sostener la estructura.”
Y entonces apareció una pregunta concreta: “Si uno analizaba Clinicann exclusivamente como un negocio, cerrar era probablemente la decisión racional.”
Pero no cerraron.
1.800 pacientes y la muerte de José
En febrero de 2025 murió José Montamat. La crisis económica y administrativa de Clinicann se mezcló entonces con la peor crisis familiar posible. Al morir, aproximadamente 1.800 pacientes tenían trámites pendientes vinculados a él. Todos esos trámites fueron rechazados el mismo día.
El equipo tuvo que volver a contactar a esas personas, explicarles qué había sucedido, organizar nuevas consultas con otros médicos y volver a realizar las presentaciones correspondientes. “No les cobramos nuevamente» explica Emiliano.
Había una salida sencilla desde el punto de vista comercial. “Podríamos haber dicho: el médico falleció, el trámite fue rechazado, la situación excede nuestra responsabilidad. Legal o comercialmente quizás hubiese sido defendible.” Pero había otra consideración.
“Eran los pacientes de mi viejo. No podíamos hacerlo.”
Ahí la familia entendió finalmente qué significaba aquello que José había repetido durante sus últimos años. “Creo que ahí entendimos realmente qué significaba cuando él hablaba de legado. El legado dejó de ser una palabra linda. Se convirtió en 1.800 personas con nombre y apellido esperando que alguien les diera una respuesta.”
El costo fue enorme, a nivel económico, profesional, familiar y personal. Pero decidieron sostener el proyecto.
“Lo sostuvimos porque sentíamos que cerrarlo en ese momento era abandonar algo que él había construido durante sus últimos años y, sobre todo, abandonar a sus pacientes.”
Paradójicamente, aquella decisión terminó cambiando la historia de Clinicann. “Esas personas vieron que no desaparecimos. Vieron que cuando todo funcionaba mal seguimos contestando, volviendo a cargar trámites y buscando soluciones. Empezaron a recomendarnos.”
El resultado fue un crecimiento impulsado por el boca a boca.
“Ese boca a boca generó una bola de nieve que explica buena parte de lo que Clinicann es hoy» rememora Emiliano.
De Chilecito a todo el país
La dimensión actual de Clinicann es muy diferente de aquella primera cuenta de Instagram creada alrededor del consultorio de José.
“Clinicann hoy tiene una dimensión que nosotros no hubiésemos podido imaginar cuando abrimos aquella primera cuenta de Instagram para el consultorio de mi viejo en Chilecito.”
A lo largo de su historia atendieron cerca de 20.000 pacientes y actualmente funcionan a un ritmo que ronda los 20.000 pacientes anuales.
Realizaron más de 23.000 consultas médicas y recibieron demanda de las 23 provincias argentinas.
El proyecto también trabaja con asociaciones civiles y construyó un equipo interdisciplinario integrado por profesionales de distintas especialidades: medicina familiar, clínica médica, endocannabinología, pediatría, psiquiatría y traumatología.
La tecnología también se volvió una herramienta central.
“Desarrollamos herramientas propias para gestionar los procesos, automatizamos recordatorios y seguimientos, estandarizamos procedimientos e incorporamos inteligencia artificial.”
El objetivo es que la tecnología permita sostener la escala sin reemplazar el vínculo humano.
“Eso permite que un equipo relativamente chico pueda acompañar profesionalmente un volumen de pacientes que hace algunos años hubiese sido imposible para nosotros.” Pero la próxima etapa no está solamente puesta en crecer. También quieren producir evidencia.
“Empezamos a trabajar con nuestros propios protocolos médicos y a procesar información clínica anonimizada para generar evidencia a partir de nuestra experiencia.”
El proyecto cuenta con miles de historias clínicas y busca que esa información pueda ser utilizada para producir conocimiento.
“Nuestra intención es poner ese conocimiento a disposición de la academia, organismos públicos y otros proyectos que puedan utilizarlo para seguir construyendo conocimiento sobre cannabis medicinal.”
Al mismo tiempo, Clinicann abrió sus primeras oficinas en Buenos Aires y proyecta un espacio físico abierto al público. Pero ninguna de esas cifras parece ser, para la familia, la medida más importante del proyecto.
Detrás de cada paciente hay una persona
“Lo que más me importa es poder decir que crecimos sin abandonar aquello por lo que él empezó» define Emiliano. La frase vuelve a poner el foco en el principio que atraviesa toda la historia.
“El paciente sigue estando en el centro. Seguimos intentando cuidar a los médicos. Seguimos creyendo que detrás de una estadística hay una persona.” Porque 20.000 pacientes es un número fácil de decir: “Lo difícil es dimensionar que detrás de cada uno hubo una consulta, una historia clínica, preguntas, ansiedades, miedos, trabajo médico, trabajo administrativo y una persona que confió en nosotros para acompañarla.”
Esa dimensión también permite entender el tamaño del trabajo que existe detrás de Clinicann: no solamente las consultas médicas, sino todo lo que sucede antes y después de ellas.
Después de la muerte de José, además, su historia empezó a ser conocida más allá de Chilecito.
“En Buenos Aires casi nadie sabía quién había sido José ‘Chango’ Montamat. Hoy me emociona ver que empieza a existir un reconocimiento a lo que hizo y a su aporte al cannabis medicinal.”
El reconocimiento llega después de su muerte, pero también coincide con la consolidación de aquello que él había imaginado. “Él nos decía permanentemente que Clinicann iba a ser su legado. Hoy entiendo perfectamente lo que quería decir.”
“Tu legado sigue vivo”
La historia de Clinicann también es la historia de una familia que terminó construyendo alrededor del cannabis algo que ninguno de sus integrantes había imaginado al principio.
El hijo de José puso prácticamente toda su vida profesional detrás del proyecto.
“Hay algo que nos empuja y que es difícil de explicar solamente desde una lógica empresarial. Saber que estamos continuando algo que construimos con él nos da una fuerza adicional.”
Y todavía hay una sensación de comienzo. “Es una especie de fuego interno que solamente se calma trabajando y tratando de mejorar el proyecto todos los días.”
Porque, pese a los miles de pacientes, las 23 provincias, los equipos médicos, la tecnología, las oficinas y los nuevos proyectos, la familia siente que todavía queda mucho por construir.
“Y lo más increíble es que sentimos que todavía estamos empezando. Que todo esto que construimos es nuestro piso, no nuestro techo.”
Quizás por eso el mejor cierre para esta historia no sea una cifra ni una descripción de la empresa. Sea volver, aunque sea por un momento, a aquel consultorio de la calle Libertad, el lugar donde José Montamat atendió durante años.
El lugar donde comenzó una historia que sus hijos todavía continúan. Si pudiera volver a sentarse frente a su padre y contarle todo lo que ocurrió desde su muerte, Emiliano sabe qué le diría primero: “Pa, tenías razón.Gracias. Lo logramos. Tu legado sigue vivo. No perdimos la humanidad, el paciente sigue estando en el centro y esto recién empieza.”

