La prohibición no es solo policías deteniendo inocentes, ni jueces condenando usuarios, también son medios sosteniendo una cultura que permite que esa falta de derechos se sostenga a diario. En ese proceso, el periodismo cumple un rol central.
Durante más de medio siglo, buena parte del periodismo latinoamericano habló sobre drogas casi siempre de la misma manera. Narcotráfico, violencia, crimen organizado, adicciones, allanamientos, decomisos y grandes operativos policiales fueron ocupando el centro de una narrativa que terminó moldeando no sólo la agenda de los medios, sino también la manera en que amplios sectores de la sociedad interpretan fenómenos mucho más complejos como la pobreza, la exclusión o la inseguridad.
La repetición de ese esquema produjo algo más profundo que una forma de contar noticias. Construyó un lenguaje. Palabras como «narco», «adicto», «consumo problemático» o incluso «las drogas» dejaron de ser simples categorías descriptivas para transformarse en atajos que muchas veces sustituyen el contexto por el prejuicio. En esa simplificación, las sustancias pasaron a explicar casi todo y las personas quedaron, con frecuencia, fuera de cuadro.
Ese es el punto de partida de Todo lo que debes saber (y olvidar) de la narrativa sobre las drogas, una guía publicada por la Fundación Gabo y elaborada por el periodista uruguayo Guillermo Garat, con el apoyo de Open Society Foundations.
El documento, que se puede leer de forma gratuita, es el resultado de siete años de trabajo de la Red de Periodistas sobre Drogas de América Latina y el Caribe y reúne aportes de investigadores, periodistas y especialistas que proponen revisar las categorías con las que el periodismo aborda uno de los temas más atravesados por el estigma y la simplificación.
Pero la guía no pretende decirle a los periodistas qué deben pensar ni qué postura adoptar frente a las políticas de drogas. Su objetivo es bastante más ambicioso: invitar a hacerse mejores preguntas.
¿Qué ocurre cuando una noticia explica automáticamente la violencia a partir del consumo de sustancias? ¿Qué historias desaparecen cuando una persona es presentada únicamente como «adicta»? ¿Qué papel cumple el lenguaje en la construcción del estigma? ¿Y cuánto de lo que el periodismo repite desde hace décadas responde realmente a evidencia y cuánto a discursos heredados que pocas veces fueron revisados?
«Las drogas no significan nada por sí mismas»
La primera afirmación de Garat desarma buena parte del sentido común que rodea al tema. Para él, las sustancias no poseen un significado propio. Ese significado es una construcción social en la que participan los medios, las políticas públicas, las instituciones y las comunidades.
Es, también, el punto de partida de toda la guía.
La propuesta central del documento consiste en dejar de poner a la sustancia en el centro de la historia y volver a mirar a las personas. ¿Cómo cambia eso, en la práctica, la forma de hacer periodismo?
Las drogas, por sí mismas, no significan nada. Son sustancias. Los significados se los damos las personas, las comunidades, los medios de comunicación, las políticas públicas y la sociedad.
Durante décadas fuimos construyendo una enorme cantidad de sentidos alrededor de ellas. Muchos terminaron convirtiéndose en prejuicios tan naturalizados que hoy parecen verdades evidentes. Sin embargo, buena parte de esas ideas nacieron de relatos construidos sobre el desconocimiento y no sobre la evidencia.
Como periodistas, nuestro trabajo debería empezar justamente por cuestionar esos relatos.
Cuando dejamos de asumir que la sustancia explica todo y empezamos a mirar las trayectorias de vida, las condiciones sociales y los contextos donde ocurren las cosas, aparecen preguntas mucho más interesantes que las que suelen dominar la cobertura cotidiana. La droga puede formar parte de una historia, pero nunca debería convertirse en la historia.
Una historia construida mucho antes de que existiera el problema
Esa manera de contar las drogas no apareció de un día para otro. Según Garat, comenzó a consolidarse cuando el consumo todavía era relativamente marginal en buena parte de América Latina. Es decir, el relato precedió al fenómeno que supuestamente intentaba describir.
¿Cómo se construyó ese imaginario?
Durante la década de 1970, en países como los del Río de la Plata, el consumo de marihuana seguía siendo muy reducido. Acceder a cannabis era algo excepcional. Sin embargo, fue justamente entonces cuando empezó a instalarse con mucha fuerza una imagen profundamente demonizada de las drogas.
Los medios de comunicación, el cine, la radio y la televisión acompañaron ese proceso durante años. Poco a poco se consolidó un imaginario donde las drogas aparecían asociadas casi exclusivamente al peligro, la violencia o la degradación.Ese relato terminó condicionando la forma en que todavía hoy interpretamos el fenómeno.
Muchas personas siguen creyendo que las drogas explican por sí mismas una enorme cantidad de problemas sociales cuando, en realidad, representan apenas una parte de historias mucho más complejas.
Cuando la explicación reemplaza a la investigación
La consecuencia más visible de ese proceso, sostiene Garat, aparece todos los días en las redacciones. El periodismo muchas veces deja de investigar cuando encuentra una explicación rápida. Y pocas explicaciones resultan tan eficaces, o tan engañosas, como atribuir un fenómeno social complejo a las drogas.
Se suele decir que el periodismo reprodujo durante décadas el discurso de la guerra contra las drogas. ¿Cuál fue, para vos, el principal error?
Primero hay que entender que la guerra contra las drogas no adopta la misma forma en todos los países. Cambian los actores, cambian las políticas y cambian los contextos. Pero existe un elemento común: las drogas también son un discurso construido desde distintos espacios de poder.
Cuando determinados gobiernos logran instalar ese discurso, muchas veces los medios terminan reproduciéndolo sin cuestionarlo. Así, fenómenos extremadamente complejos pasan a explicarse únicamente a través de las drogas. Y ese es, probablemente, el error más importante: creer que una sustancia puede explicar, por sí sola, la pobreza, la violencia, la inseguridad o la exclusión.
Las historias que el periodismo deja de contar
Para explicar esa idea, Garat recurre a un ejemplo concreto, uno de los más frecuentes, El de las personas que viven en situación de calle.
¿Qué revela ese caso sobre la forma en que solemos informar?
Con mucha frecuencia se afirma que una persona está en situación de calle porque consume drogas, que perdió el trabajo, que perdió la vivienda, que perdió los vínculos familiares, todo por una misma causa. Pero cuando uno reconstruye esas trayectorias aparecen historias completamente distintas.
Muchas veces hay violencia previa, hay pobreza, problemas de salud mental, exclusión, conflictos familiares. El consumo puede formar parte de ese recorrido, incluso convertirse en una manera de sobrellevar determinadas experiencias. Pero rara vez constituye la única explicación.
El problema aparece cuando el periodismo deja de hacerse preguntas y reemplaza toda esa complejidad por una respuesta automática: «Está así por las drogas.» Esa frase parece explicar todo, y en realidad, lo que hace es dejar casi todo afuera.
Las simplificaciones también construyen realidad
Si la primera parte de la guía cuestiona la idea de que las drogas puedan explicar por sí solas fenómenos sociales complejos, la segunda apunta directamente a uno de los territorios donde ese mecanismo aparece con mayor frecuencia: la cobertura sobre seguridad.
Para Garat, el periodismo latinoamericano lleva décadas narrando el narcotráfico a través de un repertorio de imágenes que rara vez se modifica. Allanamientos, patrulleros, armas, decomisos, operativos militares y grandes anuncios oficiales dominan una agenda que transmite la sensación de que el problema está siendo enfrentado de manera permanente.
Sin embargo, pocas veces esas coberturas se preguntan si las estrategias que muestran realmente producen los resultados que prometen.
La guía también cuestiona la manera en que el periodismo informa sobre seguridad y narcotráfico. ¿Dónde aparece ese problema?
Con mucha frecuencia se confunde la respuesta a los problemas de seguridad con la policialización o la militarización de determinados territorios. El tema de las drogas tiene un enorme peso político y electoral, y eso favorece explicaciones rápidas para fenómenos cuya raíz suele estar mucho más relacionada con la desigualdad, la exclusión o la falta de oportunidades que con las sustancias en sí mismas. Muchas veces los medios terminan reproduciendo esa lógica sin preguntarse si realmente explica lo que está ocurriendo.
Cuando la noticia siempre parece la misma
Garat menciona un mecanismo que se repite desde hace décadas: cada operativo importante suele presentarse como un avance decisivo en la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, esa narrativa pocas veces se contrasta con la evolución real de los mercados ilegales.
¿Qué ocurre cuando el periodismo acepta ese relato sin revisarlo?
Se instala la sensación de que el problema está siendo resuelto porque aparecen imágenes de allanamientos, decomisos o detenciones. Es una narrativa muy potente desde el punto de vista mediático, pero cuando uno observa los indicadores aparece otra realidad: en prácticamente toda América Latina las campañas electorales prometen combatir el narcotráfico mediante respuestas policiales o militares. Sin embargo, lejos de desaparecer, los mercados ilegales se reorganizan constantemente.
Muchas veces se desarticula una organización y poco tiempo después aparecen varias más pequeñas ocupando ese mismo espacio.Eso demuestra que el fenómeno es mucho más complejo que la captura de determinados actores.
El caso del Caribe
Para ilustrar esa idea, Garat menciona una experiencia que aparece con frecuencia en distintos países del Caribe. Comunidades de pescadores son intervenidas periódicamente con el objetivo de alterar las rutas utilizadas para transportar cocaína hacia Estados Unidos. Las imágenes de los operativos recorren los medios, pero el flujo del mercado continúa.
¿Qué debería preguntarse el periodismo frente a ese tipo de situaciones?
Si una estrategia produce el mismo resultado durante décadas, el periodismo también debería preguntarse por qué sigue presentándose como si fuera una solución y ese ejercicio de revisión muchas veces no ocurre. Se cubre el operativo, se reproduce el discurso oficial y la historia termina ahí.
Pero justamente ahí debería empezar el trabajo periodístico, porque una cosa es informar que ocurrió un procedimiento y otra muy distinta es analizar si ese procedimiento modifica realmente el problema que dice combatir.
El problema de los «narcos»
En ese contexto aparece otra de las críticas centrales de la guía. No está dirigida solamente a la forma de cubrir el narcotráfico, sino también a las palabras con las que el periodismo lo cuenta. Para Garat, pocas categorías se naturalizaron tanto como la palabra «narco». Y justamente por eso merece ser revisada.
¿Por qué consideran que ese término puede resultar problemático?
Porque simplifica una realidad extremadamente compleja. La figura del «narco» ha sido muy útil para la industria cultural: permite construir historias con héroes y villanos, con personajes muy definidos, casi como una serie de televisión.
Pero cuando hablamos de «narcos» solemos dejar afuera cuestiones fundamentales para comprender cómo funcionan realmente los mercados ilegales de drogas.
Los actores que desaparecen
La simplificación no solo afecta la comprensión del fenómeno. También modifica quiénes aparecen y quiénes desaparecen dentro de la historia.
Cuando todo se reduce a la figura del «narco», dejamos fuera el papel que desempeñan distintos niveles del Estado. Ningún mercado ilegal puede sostenerse durante años sin algún grado de connivencia, corrupción o tolerancia institucional. Sin embargo, esa dimensión suele desaparecer de la cobertura.
El riesgo es terminar romantizando determinados personajes mientras permanecen invisibles otros factores mucho más estructurales, como la corrupción, las desigualdades sociales o, en algunos territorios, las formas persistentes de dominación política y económica.
En otras palabras, la palabra «narco» no sólo simplifica sino que también selecciona qué parte de la realidad merece ser observada y cuál queda fuera del relato.
Una palabra para realidades completamente distintas
Algo parecido ocurre, sostiene Garat, con otra categoría habitual: «narcotraficante».
¿No describe una realidad concreta?
El problema es que muchas veces utilizamos esa palabra para describir situaciones completamente distintas. No es lo mismo una gran organización criminal internacional que una persona que participa de una economía informal porque prácticamente no tiene otra alternativa de subsistencia.
Sin embargo, el lenguaje termina colocando ambas realidades bajo la misma etiqueta. Eso tiene consecuencias muy concretas. Muchas veces el peso del sistema penal recae sobre los sectores más vulnerables mientras los grandes circuitos económicos permanecen prácticamente intactos. Y el periodismo rara vez se detiene a explicar esas diferencias.
Cuando dejamos de mirar las trayectorias de vida y sólo repetimos determinadas categorías, construimos una imagen profundamente distorsionada de la realidad.
Nombrar también es una decisión editorial
Más allá de la discusión terminológica, Garat insiste en que el problema no pasa por reemplazar una palabra por otra.
Lo importante es preguntarse qué aspectos de la realidad quedan iluminados y cuáles permanecen ocultos cada vez que el periodismo elige una determinada categoría.
Esa idea funciona como puente hacia otro de los ejes más fuertes de la guía: el cuestionamiento a expresiones como «adicción», «uso problemático» e incluso a la propia palabra «droga», categorías que, según plantea el documento, también merecen ser revisadas antes de convertirse en explicaciones automáticas.
Las palabras también producen estigma
Hasta este punto de la conversación, Garat viene cuestionando una manera de mirar las drogas. A partir de aquí da un paso más: empieza a cuestionar la manera en que las nombramos.
La guía dedica varios capítulos al lenguaje porque parte de una premisa sencilla: ninguna palabra es inocente. Cada categoría que utiliza el periodismo arrastra décadas de significados, decisiones políticas y construcciones culturales que terminan moldeando la percepción pública mucho antes de que aparezcan los hechos.
Por eso, sostiene, revisar el lenguaje también forma parte del trabajo periodístico.
La guía afirma que el lenguaje nunca es neutral. ¿Por qué merece tanta atención?
Porque cada palabra carga una historia. Cuando hablamos de drogas no utilizamos términos vacíos. Muchas de las categorías que empleamos todos los días fueron construidas durante décadas y arrastran una enorme cantidad de prejuicios, aunque muchas veces ya ni siquiera seamos conscientes de ello.
Como periodistas tenemos la responsabilidad de preguntarnos si esas palabras realmente describen los hechos o si simplemente reproducen sentidos comunes que nunca fueron revisados. En definitiva, hacer fact checking también implica revisar el lenguaje.
Cuando la etiqueta reemplaza a la persona
El problema, explica Garat, no consiste solamente en utilizar una palabra incorrecta. El verdadero riesgo aparece cuando esa palabra deja de describir una situación y pasa a definir completamente a una persona. Entonces la historia desaparece y la etiqueta ocupa su lugar.
¿Qué consecuencias tiene utilizar esas categorías sin cuestionarlas?
Muchas veces terminan anulando a las personas. En todos nuestros países existen palabras despectivas para referirse a quienes consumen determinadas sustancias. Esas etiquetas suelen reemplazar cualquier intento por comprender quién es esa persona, qué historia tiene o qué circunstancias atravesó.
Mientras investigadores de distintas disciplinas dedican años a estudiar estos fenómenos, el periodismo muchas veces cree poder explicarlos con una sola palabra. Y cuando una etiqueta reemplaza a la comprensión, el prejuicio termina ocupando el lugar del conocimiento.
¿De qué hablamos cuando hablamos de «drogas»?
La guía sostiene que el término «drogas» terminó convirtiéndose en una categoría tan amplia que muchas veces deja de aportar información. Al contrario, empieza a ocultarla.
Incluso proponés revisar una palabra tan instalada como «droga». ¿Por qué?
Porque muchas veces utilizamos esa palabra como si describiera una única realidad. Bajo esa misma categoría colocamos al cannabis, el CBD, los cannabinoides sintéticos, la cocaína, el opio, el fentanilo o los hongos psilocibios. Sin embargo, hablamos de sustancias con efectos, riesgos, usos, contextos sociales e incluso marcos regulatorios completamente diferentes.
Si el periodismo aspira a ser más preciso, debería empezar por nombrar correctamente aquello de lo que está hablando. No alcanza con decir «droga», es necesario explicar de qué sustancia se trata, cuáles son sus características y cuál es el contexto específico en el que aparece. De lo contrario, una sola palabra termina ocultando diferencias fundamentales.
La observación parece menor pero no lo es. Una noticia que habla simplemente de «drogas» puede estar refiriéndose al cannabis medicinal, al uso recreativo de cannabis, al alcohol, al fentanilo, a un opioide recetado, a la cocaína o a un cannabinoide sintético.
Cada una de esas sustancias tiene perfiles de riesgo, efectos, usos y marcos regulatorios completamente distintos. Sin embargo, el lenguaje periodístico suele colocarlas dentro de una misma categoría que termina homogeneizando realidades profundamente diferentes.
Para Garat, un periodismo más preciso empieza por abandonar esas simplificaciones.
No todas las historias hablan realmente de drogas
Muchas historias que los medios presentan como historias sobre drogas, en realidad hablan de otra cosa. Hablan de salud mental, de pobreza, desigualdad, vivienda, violencia, políticas públicas. Las drogas aparecen, pero no necesariamente explican el fenómeno.
¿Qué significa incorporar contexto?
Significa aceptar que muchas historias aparentemente vinculadas con las drogas, en realidad hablan de otra cosa. Las drogas pueden estar presentes en esas historias, pero rara vez alcanzan para explicarlas. Cuando el periodismo convierte automáticamente a la sustancia en la causa principal, deja de ver todo aquello que verdaderamente condiciona la vida de las personas.
Entonces, ¿qué cambia cuando un periodista modifica el punto de partida?
Cambian las preguntas. En lugar de preguntarse solamente qué droga consumía una persona, empieza a preguntarse qué políticas públicas atravesaban su vida, cómo era su entorno familiar, qué oportunidades tuvo, qué respuesta encontró en el sistema de salud o cuáles eran las condiciones sociales en las que vivía.
Esas preguntas producen historias mucho más completas. Y también permiten construir una conversación pública bastante menos estigmatizante.
Más que cambiar palabras, cambiar la mirada
Quizá ese sea uno de los aportes más interesantes de la guía: no propone simplemente reemplazar un término por otro. No alcanza con dejar de decir «narco», «adicto» o «droga» si la lógica de la cobertura sigue siendo exactamente la misma. El cambio que plantea es anterior al lenguaje.
Consiste en revisar desde dónde miramos el fenómeno. Porque, como insiste Garat desde el comienzo de la entrevista, cuando la sustancia ocupa todo el centro del relato, casi siempre desaparecen las personas.
Una guía para hacer mejores preguntas, no para imponer respuestas
Después de cuestionar la manera en que el periodismo suele abordar las drogas, Garat anticipa una objeción que aparece con frecuencia cuando se discuten estos temas.
¿Hasta qué punto una guía como esta propone una mirada determinada sobre las políticas de drogas? La respuesta, dice, parte de una aclaración indispensable. El documento no pretende decirle a los periodistas qué pensar. Tampoco establecer una posición única frente a la regulación, la prohibición o cualquier otra política pública. Su objetivo es bastante más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: ayudar a que el periodismo haga mejores preguntas.
«Toda práctica periodística parte de una mirada»
Algunas personas podrían interpretar esta guía como una toma de posición ideológica. ¿Qué responderías frente a esa crítica?
Todo periodismo parte de un conjunto de ideas. En ese sentido, no tendría ningún problema en que esta guía sea considerada una construcción ideológica, siempre que entendamos la ideología como una reflexión sobre la realidad y no como la defensa automática de intereses políticos o partidarios.
Lo que distingue a esta propuesta es que no nace de una opinión personal. Es el resultado de siete años de trabajo de la Red de Periodistas sobre Drogas de América Latina y el Caribe, de la experiencia profesional y académica de quienes participaron en su elaboración y de numerosas investigaciones desarrolladas durante décadas por especialistas de distintas disciplinas.
Entonces, ¿la guía propone una única forma de informar sobre drogas?
En absoluto. Justamente porque se trata de una guía y no de un manual, su objetivo no es clausurar el debate. Las recomendaciones están abiertas a la crítica, a nuevas investigaciones y a futuras revisiones. No buscan imponer una única manera de cubrir estos temas. Buscan ofrecer herramientas para producir un periodismo más riguroso, más preciso y más útil para la sociedad.
Verificar también las palabras
Hay una idea que aparece desde las primeras páginas de la guía y que Garat retoma hacia el final de la conversación. Durante años el periodismo incorporó el fact checking para verificar cifras, documentos, estadísticas o declaraciones. Sin embargo, rara vez aplica ese mismo ejercicio crítico al lenguaje que utiliza todos los días. Para él, ahí existe una enorme deuda profesional.
Si tuvieras que cambiar una sola práctica del periodismo latinoamericano sobre drogas, ¿cuál sería?
Incorporaría el fact checking como una práctica permanente, pero no solamente para verificar datos o declaraciones oficiales. También para revisar las categorías con las que hablamos. Cada palabra tiene una historia. Una carga simbólica, y muchas veces una enorme cantidad de prejuicios incorporados.
Como periodistas deberíamos preguntarnos constantemente si esas palabras describen la realidad o simplemente reproducen sentidos comunes que nunca fueron revisados. Ese ejercicio crítico también forma parte del oficio.

