Uno de los usos médicos más explorados y conocidos del cannabis es el efecto anticonvulsivo en casos de epilepsia, especialmente cuando los fármacos tradicionales ya no ofrecen resultados. La planta es, a veces, una forma de volver a habitar el cuerpo mientras navega por terrenos inciertos. Y El Temblor, un documental de Santiago Van Dam que se proyecta en el Festival Internacional Cinecannábico de Buenos Aires refleja justo eso: cómo es reconciliarse con la diferencia y habitarse uno mismo.
Durante casi tres décadas, Santiago vivió bajo el mandato médico de corregir su epilepsia. Medicado durante 28 años, atravesó tratamientos, efectos secundarios y expectativas renovadas que siempre terminaban en frustración. En 2010, la ciencia le ofreció una última posibilidad: una internación de tres días para provocarle crisis de manera controlada, localizar el punto exacto de descarga cerebral e intentar una cirugía. Tampoco fue posible. No era operable.
Ese límite marca el punto de inflexión de El Temblor. Donde la medicina no puede avanzar, el documental encuentra su verdadero territorio: la pregunta por la normalidad y por la identidad.
Durante años, el cuerpo de Santiago fue un campo de batalla. Fármacos, efectos adversos, protocolos médicos. La lógica del tratamiento implica una premisa clara: eliminar el síntoma. Sin embargo, cuando todas las estrategias fracasan, aparece un tercer camino inesperado. No es quirúrgico ni farmacológico. Es existencial.
Aceptar su cuerpo tal como es, con sus momentos “anormales”.
En ese gesto hay algo radical. La sociedad contemporánea está obsesionada con la previsión, la productividad y el control. La epilepsia, con su imprevisibilidad, desafía ese mandato. No se agenda. No se programa. No responde a la voluntad. El temblor irrumpe.
El documental transforma esa irrupción en lenguaje cinematográfico. La inestabilidad no solo está en el relato sino también en la forma. Hay una vibración constante, una sensación de fragilidad que se traslada al espectador. La experiencia no es meramente informativa: es física.
La película no se construye desde el dramatismo clínico ni desde la denuncia sanitaria. Lo que propone es algo más incómodo y, a la vez, más profundo: ¿qué ocurre cuando dejamos de intentar corregir aquello que nos constituye? ¿Qué pasa cuando la diferencia deja de ser un error a reparar?
Hablamos con Santiago Van Dam, director de El Temblor, que nos contó cómo transformó su vida atravesada por la epilepsia en un documental.
El temblor trabaja con una sensación constante de inestabilidad, tanto corporal como emocional. ¿Cómo concebiste esa vibración interna de los personajes y qué relación tiene con los estados ampliados de conciencia que atraviesan la película?
Es cierto. A mí me gusta mucho que se perciba la inestabilidad, el movimiento involuntario, cierta falta de control, porque es algo profundamente humano y vital. Quise rescatar y exponer las señales corporales, aún en quien sostiene la cámara. No somos perfectos, tampoco deberíamos intentar ser perfectos.
Considero que, en definitiva, y cada vez más, a medida que la tecnología va suplantando experiencias y acciones, la perfección, la línea recta, el ángulo de 90°, nos va a agobiar y sobrar. Vamos a aprender a apreciar el valor de los errores (lo que llamamos errores), el valor de la diversidad y lo inesperado.
Conectándolo con las drogas lisérgicas y el THC: cuando uno alucina, suelta el timón de lo que ve, lo que escucha y siente. Y eso es clave. No existirían las epifanías si pudiéramos decidir y controlar lo que va a suceder a continuación, ¿no? Y esa es una gran diferencia con otras experiencias que nos proporciona la tecnología, como el 360 inmersivo o los videojuegos. Cuando alucinás realmente no sabés qué va a ocurrir después. Es una experiencia singular, educativa.
Mucha gente le tiene miedo a la falta de control y creo que la vida es para soltar el volante, cada tanto, y dejarse llevar por las olas.
En el film, el cuerpo parece ser el principal territorio de exploración: tiembla, se desborda, se desarma. Desde una mirada psiconáutica, ¿qué lugar ocupa el cannabis o la experiencia con sustancias en ese proceso de escucha y transformación corporal?
Como epiléptico, y con una epilepsia fármaco resistente, si me quiero querer, si quiero quererme y no avergonzarme de mí mismo, tengo que considerarme como una persona que cada tanto, en un tiempo que no puedo predecir, se “desarma”, se atomiza.
Antes ese error me afectaba el resto del tiempo. Te vuelve loco esa falta de control. Pero ya prácticamente nada me afecta; muchísimo menos. El mundo actual está obsesionado con el control, la predicción, el registro, la prevención de todo lo que suceda o pueda llegar a suceder. Y, sin embargo, los seres humanos nos moldeamos en un mundo incierto. Durante miles de años, y hasta hace muy poco, salíamos a buscar comida sin saber si íbamos a encontrar. Teníamos hijos sabiendo que muchos no iban a sobrevivir. Todo eso te ubica en el aquí y ahora.

Tiene muchísimas ventajas reconocer esa incertidumbre en el cuerpo mismo. En definitiva, lo propio es singular. Y eso es interesante, porque singular habla de uno, de una sola persona.
Me fascinó, y lo menciono en el documental, encontrar personas con epilepsia que la consideraron una bendición, como Dostoievski. Me voló la cabeza su mirada positiva. Quería encontrar esos diferentes enfoques porque, frente a algo tan críptico como la epilepsia, a nivel individuo importa mucho cómo te lo tomás.
En el documental pude entrevistar un caso que ya venía “mal parido”, por así decirlo, y lamentablemente terminó mal. Así como también un caso que, a mi juicio, es inspirador, una historia de resiliencia. Y hay más casos, más historias, más enfoques. En ese sentido fui favorecido.
Creo que en el cannabis, así como en otras experiencias lisérgicas, las que nos enseñan, se da la dinámica de que no controlamos lo que sucede, no tenemos el timón y, a la vez, nos representa. Es casi una catarsis. Se parece a la improvisación actoral, en donde uno voluntariamente deja espacios liberados, en blanco, pero en realidad lo que termina sucediendo es que se revela nuestro interior. Una aparente paradoja.
Eso provocan las drogas o las sustancias que son terapéuticas, y creo que deberían ser legales. Y eso las diferencia de las drogas sintéticas, que son mucho más pobres en su “enseñanza”.
Los opiáceos sintéticos solo engañan y, consecuentemente, arruinan los receptores de placer. Son demasiado directos. Te vuelven un esclavo. Los estimulantes sintéticos lo mismo: nos suben el ego, si te pasás podés llegar a ponerte agresivo; cuando bajás te hacen el efecto contrario. Pero no nos enseñan mucho.
En cambio, el porro es tan complejo y dialoga de forma tan rica y singular con el individuo que tenés personas que fuman a la mañana para encarar el día, les da energía; y tenés personas que fuman a la noche para relajarse y dormir. Algunos fuman como parte de una experiencia religiosa. Hay parejas a las que les gusta fumar y tener sexo. Conozco todos los casos.
Por otra parte, y desde la nutrición y la dieta, hoy sabemos que lo procesado es lo peor de todo. No puede competir con lo natural. Mi compañera me enseña muchísimo sobre estas cosas.
Las drogas sintéticas me parece que no deberían ni compartir la categoría con algo que existe desde siempre, mencionado en un montón de libros sagrados como es la marihuana. Las drogas sintéticas son cada vez más adictivas y son un peligro. Existen hace muy poco y no hay crecimiento. Dejan a la gente como zombis, destruyen vínculos y familias.
Al sistema le sirve mezclar en una misma categoría al cannabis con el fentanilo y que parezca que son lo mismo, con una diferencia de potencia. Nada que ver. El cannabis dona su rica historia y es difamado, pierde en ese revuelto gramajo.
A diferencia de otras representaciones más narrativas, El temblor propone una experiencia casi física para quien mira. ¿Qué decisiones estéticas y sonoras tomaste para construir una percepción alterada sin necesidad de mostrar explícitamente el consumo?
Fue un placer para mí, como director, autoimponerme el desafío de transmitir esos momentos, ese fenómeno que llamamos “aura” en la medicina y el mundo de la epilepsia. En el documental se explica un poco qué es y por qué se dan estas alucinaciones.
Fue de lo más interesante como director. Además tenía muchísima autonomía, porque es difícil verbalizar lo que uno siente y yo estaba dirigiendo, entonces no tenía nadie que me pudiera decir “esto es así” o “no es así”.
Fui construyendo estos momentos intuitivamente, poco a poco. Y lo que mejor me funcionó fue tirar abajo cualquier prejuicio: utilizar metraje de celulares, cosas que vi, mías y ajenas, mezclar formatos, llegar a ese punto de irracional, no justificable. Y sincero.
No podía chamuyar, porque eso sí lo percibís. Fui sincero, aunque no puedo explicar bien por qué tomé las decisiones que tomé.
Estoy satisfecho con el resultado. Plantarte frente al caos y conservar lo que te parece que funciona, desechando el otro 99%, es una forma de crear. Elegir con qué nos quedamos y con qué no, y en qué orden ubicamos lo que seleccionamos, ya es crear.
En la película, la fragilidad no aparece como un defecto sino como un estado posible de apertura. ¿Creés que esa idea dialoga con una cultura cannábica más consciente, donde el viaje no apunta al escape sino a la sensibilidad y el registro del propio límite?
Interesante esa afirmación de la fragilidad como apertura. A mí me interesan mucho los materiales, en su acepción más científica y concreta. El descubrimiento de los materiales adecuados permite los inventos; van paralelos y posibilitan los avances tecnológicos. Desde el bronce hasta los distintos plásticos o el litio, son los ingredientes clave, ya sea para espadas, tuppers o ahora, en 2026, baterías.
Y algo que nos enseñan los materiales es este equilibrio que va variando según las necesidades. El material que es excesivamente rígido y duro se quiebra. Aquel material excesivamente blando y flexible resiste, pero no sostiene. Los materiales que elijas dependen de las necesidades: si vas a atrapar moscas o sostener una columna.
Me alegra transmitir fragilidad como algo positivo. Y agregaría que esa fragilidad es aparente. A mí me hizo fuerte asumir mi condición.
Coincido totalmente con lo que decís. Me interesa la marihuana como una forma de ver la naturaleza, la posibilidad de alterarme a voluntad. Soy consciente de que también puede ser utilizada para escapar. Ojalá no me suceda.
Desde Revista THC solemos pensar el cannabis como una práctica situada, atravesada por el contexto social y afectivo. ¿Cómo influyen el entorno, los vínculos y la época en ese “temblor” que atraviesa a los personajes?
En el pasado reciente eran los números, los cálculos matemáticos, el espectáculo de los sabios y la forma clara de inteligencia. El nerd. Razonablemente: un ser humano sacando la raíz cuadrada de un número sin ayuda es un espectáculo maravilloso.
Sin embargo, y para sorpresa de todos, ha sido lo primero en acelerarse. Las primeras máquinas podrían decirse que fueron las calculadoras digitales. Vinieron las computadoras, el software, el lenguaje de programación. Llegamos a la inteligencia artificial y ahora esta se guía por premisas, prompts. Es decir, enuncio, describo lo que quiero.
Eso requiere elocuencia, visión, imaginación y, en definitiva, un buen uso del lenguaje, de las palabras. Vivimos una revolución que, basada en los números, tiene como estrella el lenguaje.
Descripciones adecuadas, referencias estéticas, culturales, una argumentación, un conocimiento del pasado y del diccionario, de los términos. Es un cambio de paradigma: de los números a una reivindicación del lenguaje.
Y a nivel social va acompañado de una progresiva integración de la marihuana en nuestro día a día. Creo que la marihuana se lleva mejor con el lenguaje y la imaginación que con los números. No es recomendable fumarse un porro y ponerse a sacar cuentas. En cambio, el porro siempre fue más compatible con escribir, imaginar, idear y percibir sensaciones.
La marihuana también estimula el sentir, en un mundo cada vez más frío, asincrónico, virtual. Todo “sigue girando”, como dicen los Ratones Paranoicos, y ese giro es más orgánico de lo que parece. O al menos nuestra supervivencia depende de conectar los puntos.
Creo que el FICC o la revista THC son señales también de ese cambio. Era algo impensable hace 50 años. Probablemente hubieran ido presos por apología de las drogas. Hoy el mundo los necesita.
En un escenario cultural donde todavía cuesta hablar de experiencias psiconáuticas sin estigmas, ¿qué potencia creés que tiene El temblor para abrir una conversación más honesta sobre percepción, cuerpo y formas alternativas de habitar la realidad?
Ojalá El temblor ayude a compartir puntos de vista, experiencias, que sirva para que las personas debatan, se encuentren y para sentirnos menos solos.
En Japón tienen este arte llamado Kintsugi. En concreto restauran un jarrón de porcelana o un cuenco de cerámica roto y resaltan las líneas donde se partió, no buscan enmascararlas. Ves por dónde se partió y cómo está hecho con amor y ganas, sin vergüenza, y queda aún más bello. Con un agregado que es la singularidad. Una historia, ergo una identidad.
Todos los jarrones nuevos se parecen entre sí. En cambio, no hay un jarrón “kintsugueado” igual a otro.
Creo que un equivalente en el audiovisual sería actualizar nuestros puntos de vista, reconocer nuestras grietas y hablar sin miedo.
Es cierto que vivimos una época de menos prejuicios. Los jóvenes, aunque parezco viejo al hablar así, hoy son más desprejuiciados. Yo viví los 90 y había más mandatos sobre el cuerpo: cómo vestirse, qué reconocer sobre uno y qué no, la sexualidad, si tenías tatuajes o no. La gente era más careta.
Los 2000 fueron confusos, con internet en ascenso, permeando, desarrollándose e influyendo cada vez más en nuestra cultura. Hoy tienen otros problemas, pero las nuevas generaciones, al menos en Argentina, me parece que juzgan menos por la facha, lo visual, el cuerpo o el comportamiento.
Hay, sí, una opinología, un juicio desde las redes y a veces una condena social que se va pareciendo a una inquisición fácil y berreta. Pero es otro tema, que no tiene que ver con la epilepsia.
Proyección en el FICC: Martes 24 de febrero, 18.30 hs, Sala Norita Cortiñas – ATE Cultura, Moreno 2654, CABA

