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Estudio: la psilocibina calmó a uno de los peces más agresivos del mundo

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Cuando se habla de investigación con psilocibina, lo más habitual es pensar en ensayos clínicos con personas, estudios sobre depresión o experimentos con ratones y otros mamíferos. Sin embargo, un grupo de científicos de la Universidad de Acadia y de la Universidad de Columbia Británica decidió poner el foco sobre un animal mucho más pequeño y aparentemente inesperado: un pez tropical famoso por su mal carácter.

Se trata del Kryptolebias marmoratus, conocido como rivulus de manglar, una especie anfibia que habita los manglares de América Central y el Caribe. A pesar de medir apenas unos centímetros, estos peces poseen una personalidad extraordinariamente territorial y suelen responder con agresividad cuando otro individuo invade su espacio. Precisamente esa característica los convirtió en un excelente modelo para investigar si la psilocibina podía modificar conductas sociales relacionadas con la agresión.

Los resultados fueron contundentes. Después de una única exposición al compuesto psicodélico, los peces redujeron de forma significativa tanto su nivel de actividad como la frecuencia con la que intentaban atacar a un rival. Según los autores, se trata de la primera evidencia experimental de que la psilocibina puede disminuir la agresividad en un modelo animal diseñado específicamente para estudiar este tipo de comportamientos.

¿Por qué utilizar peces para estudiar un psicodélico?

Aunque pueda parecer curioso, los peces se han convertido en herramientas cada vez más importantes para la investigación biomédica.

Muchas de las moléculas que regulan el funcionamiento del sistema nervioso son compartidas por peces, aves, reptiles y mamíferos. Entre ellas se encuentra la serotonina, el neurotransmisor sobre el que actúa principalmente la psilocibina una vez que el organismo la transforma en psilocina, su metabolito activo.

Además de compartir esos mecanismos biológicos, los peces ofrecen varias ventajas prácticas. Son relativamente económicos de mantener, permiten estudiar grandes cantidades de individuos bajo condiciones muy controladas y presentan respuestas conductuales fáciles de cuantificar.

Durante los últimos años, especies como el pez cebra (Danio rerio) comenzaron a utilizarse para investigar ansiedad, estrés, memoria y distintos trastornos neurológicos. Sin embargo, la agresividad continúa siendo un aspecto poco explorado dentro de la investigación con psicodélicos.

El rivulus de manglar aporta un beneficio adicional. Es uno de los únicos vertebrados capaces de autofecundarse, lo que permite obtener linajes prácticamente idénticos desde el punto de vista genético. Esa característica reduce considerablemente la variabilidad entre individuos y facilita que cualquier cambio observado pueda atribuirse con mayor confianza al tratamiento administrado y no a diferencias genéticas entre los animales.

Un experimento pensado para despertar el instinto territorial

El diseño del estudio fue relativamente simple, pero muy cuidadoso. Los investigadores seleccionaron peces adultos de tamaño similar pertenecientes a distintas líneas genéticas. Cada individuo fue colocado frente a otro pez separado únicamente por una fina malla que impedía el contacto físico, aunque les permitía verse e intercambiar señales químicas a través del agua.

En esta especie, ese escenario basta para desencadenar una serie de respuestas territoriales. Los peces incrementan su actividad, realizan exhibiciones de intimidación y lanzan rápidos impulsos de natación directamente contra el rival. Estos movimientos, conocidos como swimming bursts, constituyen uno de los indicadores más utilizados para medir agresividad en el rivulus.

Antes de administrar cualquier tratamiento, el equipo registró cuidadosamente el comportamiento de cada pez para establecer una línea basal.

Veinticuatro horas después, los mismos individuos fueron expuestos durante 20 minutos a una solución con psilocibina disuelta en agua de mar artificial. Quince minutos más tarde volvieron a enfrentar exactamente al mismo rival bajo las mismas condiciones experimentales, permitiendo comparar el comportamiento antes y después del tratamiento.

La concentración elegida fue de 3.000 microgramos por litro, una dosis que había mostrado cambios conductuales en pruebas preliminares sin producir signos de toxicidad. Posteriormente, mediante cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas (LC-MS), los investigadores confirmaron que los peces efectivamente absorbían la sustancia y que esta era convertida en psilocina dentro del organismo, alcanzando concentraciones comparables a las observadas en personas que reciben dosis terapéuticas bajas o moderadas de psilocibina.

Menos movimiento y menos ataques

Los resultados respaldaron la hipótesis inicial del equipo: tras la exposición a la psilocibina, los peces permanecieron significativamente menos tiempo nadando y disminuyeron de manera clara la frecuencia las embestidas dirigidas contra el rival.

En cambio, los animales que permanecieron únicamente en agua sin psilocibina prácticamente no modificaron esos comportamientos.

El análisis estadístico mostró que la disminución de la actividad presentó un tamaño de efecto elevado, mientras que la reducción de los ataques tuvo un efecto moderado pero significativo. Para los investigadores, esto constituye una señal consistente de que la psilocibina produjo un efecto calmante sobre una especie caracterizada precisamente por su elevada agresividad.

No todas las conductas sociales cambiaron por igual. Algunas exhibiciones de intimidación también disminuyeron durante la segunda sesión experimental, pero ese descenso ocurrió tanto en los peces tratados como en los controles. Los autores consideran que ese fenómeno probablemente se deba a que los animales comenzaron a familiarizarse con el rival después del primer encuentro, un aspecto que fue tenido en cuenta durante el análisis estadístico del trabajo.

¿Cómo podría producir este efecto la psilocibina?

Aunque el objetivo principal del estudio era describir los cambios conductuales y no investigar los mecanismos moleculares implicados, los autores proponen varias hipótesis basadas en investigaciones previas.

La principal tiene que ver con la serotonina. La psilocibina es un profármaco que, una vez dentro del organismo, se transforma rápidamente en psilocina, una molécula cuya estructura química se asemeja mucho a la serotonina. Gracias a esa similitud, puede unirse a distintos receptores serotoninérgicos, especialmente a los receptores 5-HT2A, modificando la actividad de circuitos neuronales relacionados con el estado de ánimo, la percepción y el comportamiento social.

En numerosas especies, incluidos los peces, la serotonina desempeña un papel fundamental en la regulación de las respuestas frente al estrés y en el control de la agresividad. Diversos estudios habían mostrado previamente que aumentar la actividad serotoninérgica suele asociarse con una disminución de los comportamientos agresivos, por lo que los resultados obtenidos con el rivulus son coherentes con ese conocimiento previo.

Sin embargo, los propios investigadores advierten que todavía no es posible afirmar exactamente qué circuitos neuronales fueron responsables del cambio observado. Entre los próximos pasos propuestos se encuentran la medición directa de serotonina en el cerebro de estos peces y el análisis específico de los distintos receptores involucrados.

Un modelo animal con características únicas

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo no es únicamente el efecto observado, sino el propio modelo experimental utilizado.

El rivulus de manglar posee una característica extraordinariamente rara entre los vertebrados: puede reproducirse mediante autofecundación. Como consecuencia, después de muchas generaciones es posible obtener linajes prácticamente idénticos desde el punto de vista genético.

Esto ofrece una enorme ventaja para la investigación biomédica. Al reducir al mínimo las diferencias genéticas entre individuos, resulta mucho más sencillo detectar qué cambios son consecuencia del tratamiento y cuáles responden simplemente a la variabilidad biológica normal.

Aun así, el estudio mostró que incluso peces pertenecientes al mismo linaje presentaban diferencias individuales importantes en su comportamiento. Algunos eran naturalmente más activos o más agresivos que otros, un fenómeno que probablemente se relacione con factores epigenéticos, fisiológicos o incluso con diferencias de personalidad, algo que ya había sido descrito anteriormente para esta especie. Precisamente por eso los investigadores compararon el comportamiento de cada pez consigo mismo antes y después de recibir psilocibina, en lugar de limitarse a comparar distintos grupos de animales.

¿Significa que la psilocibina sirve para tratar la agresividad?

No. Y esa es probablemente la conclusión más importante del estudio.

Aunque los resultados muestran una disminución clara de determinadas conductas agresivas en peces, el trabajo no fue diseñado para desarrollar un tratamiento contra la agresividad ni mucho menos para extrapolar directamente esos hallazgos a las personas.

Los propios autores señalan que el objetivo principal era comprender mejor cómo la psilocibina modifica los comportamientos sociales en un modelo experimental altamente controlado. Ese conocimiento básico puede ayudar a entender los mecanismos de acción del compuesto y orientar futuras investigaciones sobre enfermedades en las que la regulación emocional o el procesamiento del estrés desempeñan un papel importante.

En otras palabras, el estudio no demuestra que la psilocibina «vuelva más tranquilas» a las personas ni propone utilizarla para controlar conductas violentas. Lo que demuestra es que, en una especie naturalmente agresiva, una única exposición produjo cambios conductuales medibles que merecen seguir siendo investigados.

Un nuevo aporte para la investigación con psicodélicos

Durante la última década, la investigación sobre psicodélicos experimentó un crecimiento extraordinario. Ensayos clínicos con psilocibina mostraron resultados prometedores para depresión resistente, ansiedad asociada a enfermedades terminales, trastornos por consumo de sustancias y otras condiciones psiquiátricas. Paralelamente, distintos laboratorios continúan estudiando sus efectos sobre la plasticidad cerebral, el aprendizaje, la memoria y la regulación emocional.

Aunque pueda parecer anecdótico estudiar el comportamiento de un pequeño pez tropical, los modelos animales constituyen una etapa indispensable para comprender cómo actúan estas sustancias antes de trasladar ese conocimiento a estudios clínicos cada vez más complejos.

Además, el rivulus de manglar ofrece una oportunidad poco frecuente para investigar la interacción entre genética, comportamiento y farmacología en un organismo con características biológicas realmente excepcionales.

Un hallazgo pequeño, pero con implicancias interesantes

Los propios autores reconocen varias limitaciones. El estudio analizó una única especie, una única dosis y un número relativamente reducido de animales. Tampoco evaluó cambios a largo plazo ni exploró en profundidad los mecanismos neuronales responsables del efecto observado.

Aun así, consideran que los resultados aportan una evidencia novedosa: la psilocibina fue capaz de reducir la actividad y la frecuencia de ataques en uno de los modelos de agresividad más utilizados en peces.

Lejos de sugerir aplicaciones inmediatas, el trabajo amplía el conocimiento sobre cómo los psicodélicos interactúan con el sistema nervioso y proporciona una nueva herramienta para futuras investigaciones en neurociencia del comportamiento.

Conforme avancen los estudios básicos y clínicos, será posible comprender con mayor precisión qué procesos cerebrales explican estos efectos y hasta qué punto algunos de ellos podrían tener relevancia para la medicina humana.