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@Chris Pietsch

Psiconautas Ilustres: Ken Kesey, psicodelia y psiquiatría en movimiento

La generación que siguió a la aparición de los primeros psicodélicos son las esquirlas de una explosión que, como el Big Bang, aún sigue resonando en los rincones del universo. Sólo hay que tener el telescopio adecuado para poder apreciarlo. ¿Se imaginan a David Bowie o a Pink Floyd sin ácido? De hecho, si Jimi Hendrix no hubiera tomado ácido habría seguido tocando como guitarrista rítmico de Little Richard.

Al empezar a unir cabos (Huxley y su libro sobre la mescalina, Leary y los experimentos en universidades, Owsley con la química clandestina), la fuga del LSD de droga para uso psiquiátrico a implosionador de la cultura está prácticamente resuelta. Pero pocos, al menos en Argentina, sabemos que hubo un personaje que fue como un director técnico o una especie de puntero peronista, que guió los pasos de un movimiento generacional a otro.

Cuando los beatniks ya empezaban a publicar (y hacer plata con) libros y a emborracharse con whiskys caros y a relatar desde sus habitaciones las locuras de antaño, el Don Quijote del LSD marchaba en un micro por el país, con una desquiciada troupe de acidófilos sembrando las semillas de lo que fue la gran revolución de los psicodélicos.

Ken Kesey es la pieza que falta del rompecabezas, la “x” de la ecuación. Por su casa, su micro o sus cartones pasaron casi todos los grandes personajes que crearon esa contracultura. Y sin embargo, mientras en Woodstock 69 explotaba la movida hippie como una marea con olor a porro y sahumerio, él ordeñaba vacas mientras el micro se llenaba de óxido, estacionado para siempre debajo de un árbol. Kesey fue un Doctor Frankenstein que no pudo ver cómo la turba linchaba su creación.

Ken Kesey y su patota de graciosos

Después de recibirse en Periodismo en la Universidad de Oregon, Kesey aterrizó en el lugar indicado en el momento exacto: eran los finales de los 50 y California empezaba a convertirse en la meca de todos los freaks. Mientras estudiaba arte en la Universidad de Stanford, un vecino le comentó la posibilidad de asistir a unos experimentos del gobierno con sustancias desconocidas. A cambio de 20 dólares, Kesey ingirió psilocibina, mescalina, LSD y AMT. Era la misma época en la que trabajaba como asistente en un hospital psiquiátrico, donde empezó a trabajar en el libro que lo consolidó como escritor y le aportó los fondos para empezar su siguiente derrotero.

One flew over the cuckoo’s nest (luego adaptada al cine y protagonizada por Jack Nicholson, conocida en español como Atrapado sin salida) es la historia de un delincuente llamado McMurphy que se hace pasar por loco para evitar su condena. Una vez adentro del hospital, se convierte en el elemento de desorden para la rutina estricta que lleva la jefa de enfermeras Ratched, el símbolo de autoridad más poderoso de la institución.

El libro, publicado en 1962, simboliza quizás toda la historia épica de Kesey y de cómo se alimentó el movimiento hippie: McMurphy es observado permanentemente por la autoridad, evaluando si está loco o finge estarlo, hasta que después de varios incidentes (incluida una fiesta con prostitutas y alcohol en el hospital, más el suicidio de un internado) recibe de regalo una lobotomía y queda babeándose, sentado en una silla de ruedas.

El narrador de la historia es un indio enorme y sordomudo (en realidad, también finge), y es el que libera a McMurphy ahogándolo con una almohada. Luego atraviesa una ventana para escaparse y liberarse a sí mismo. McMurphy muere hecho una planta, pero ninguno de los otros pacientes, salvo aquellos en estado vegetativo, sigue encerrado en el hospital.

Después del éxito de One flew…, Kesey terminó un libro llamado Sometimes a great notion (1964). El texto sigue con el tono de denuncia social, pero esta vez se trata de una familia de leñadores que ignora una huelga y continúa proveyendo de madera a los molinos locales. Fue aclamado por su realismo y convertido en obra de teatro unos años después.

Para publicitar su nuevo libro de una manera bastante particular, compró un micro de escuela, lo pintó de colores chillones, lo llenó de sus amigos y unos cuantos goteros. El micro fue bautizado Furthur (further en inglés se traduce como “más lejos”). Todavía el ácido era legal, entonces la gira de Kesey funcionaba bajo un principio muy simple: paraban en los pueblos en el camino, invitaban a todo el mundo a la fiesta, ponían música y repartían LSD gratis para el que quisiera. El slogan era ¿Pasás el test de ácido?, burlándose de aquellos primeros experimentos del gobierno.

Entre los volantes que usaban para promocionar los eventos, había uno que incluía a Allen Ginsberg en pelotas. Los Grateful Dead y otras bandas legendarias tocaban gratis en estos eventos, que combinaban además teatro, pintura y literatura. La banda de Kesey se llamaba Merry Pranksters (“Los alegres bufones”, pero también los alegres “jodones” o “bromistas”) y se componía de varios hippies de diversa calaña, los hijos de estos y algún que otro colado.

Los Acid Test, como se conocían estas fiestas, eran una mezcla posmoderna de Eleusis con la psicología de Leary: el ácido era visto como un sacramento que podía abrir la conciencia y mostrar un mundo nuevo, pero no necesariamente debía ser tomado encerrado en una habitación escuchando pasajes del Libro Tibetano de los Muertos. Fueron culpa de Kesey las remeras batick, los colores chillones y los hippies en cuero caminando peposos por el bosque y el campo.

El fin de la gira tenía que ver con las creencias de Kesey respecto al arte: había que crear como medio y forma de vida, y vivir la vida como una novela, escribiéndola a la vez que se vive. Al mismo tiempo, uno iba a pagar por cualquier cosa que le hiciera a sus personajes.

El gran conductor

Una tarde del verano de 1962 un Jeep frenó chirriando en la puerta de la casa de Kesey. Su conductor se bajó antes de que el vehículo se detuviera por completo. Era Neal Cassady, coprotagonista de En el camino de Jack Kerouac y fuente de inspiración y pelea para todo el movimiento beatnik. Venía a buscar a Kesey para ver si podía conseguirle “algo”.

Al poco tiempo Cassady estaba al volante del Furthur, reafirmando su condición de conductor temerario y cumpliendo a la perfección la regla que Kesey usaba para los choferes del micro: el conductor no debía saber el destino ni perder tiempo consultando mapas o atendiendo al camino. Era mucho más fácil que simplemente manejara hasta que alguien le diga “Doblá acá” o “Pará en el próximo pueblo”.

“Cassady te impresionaba”, cuenta Kesey en un video de 1991. “No tanto por él mismo, sino porque abría una puerta a una nueva manera de reaccionar”. Una vez venían manejando, volviendo de Santa Cruz por la autopista, cuando los paró la policía. Neal Cassady tenía 28 flamantes multas de tránsito y ninguna clase de carnet de conducir.

Kesey cuenta que les había tocado el policía perfecto: el uniforme impecable, las patillas perfectas, las botas relucientes, hasta tenía la chapa del sombrero lustrada. Se acercó a la ventanilla y le pidió el registro de conducir a Neal, que sacó un papel del bolsillo, se sonó los mocos y se lo dio con toda la amabilidad posible. El policía tiró la cabeza para atrás, dudó un segundo y dijo: “Bueno muchachos, sigan, sigan”.

“¿Quién hubiera pensado que iba a pasar eso?”, reflexionó Kesey casi 30 años después. “Me hizo dar cuenta de que entre dos puntos, aunque estén muy poco separados, hay miles de pequeñas decisiones. Es lo que cualquier instructor de artes marciales sabe: la llegada nunca es tan importante como el viaje. Y todavía no lo entendemos”.

Por qué no somos amigos

Durante el verano de 1965, con dos libros exitosos y una buena reputación de bardero psicodélico profesional y motorizado, Ken Kesey pegó el primer tropezón que lo llevó a alejarse del movimiento psicodélico. Había logrado unir los dos polos geográficos culturales de aquella época (la Costa Oeste con San Francisco a la cabeza y la Costa Este de New York) y había impulsado la movida psicodélica más rápido que el mediático Dr. Leary. Pero los problemas venían galopando atrás del micro.

Refugiado en su terreno en La Honda, California (donde había sufrido la primera causa por marihuana, que quedó sin efecto por irregularidades durante el allanamiento), y ante la impotencia de los policías locales, que no podían ingresar al terreno sin la orden de un juez, Kesey comienza a hacer fiestas que reunían a la izquierda de Berkeley (la zona más politizada de todo San Francisco), los primeros hippies, rockeros, beatniks y, cuando ya el ambiente se había tornado un poco aburrido, a través de Hunter Thompson invitaría a los Hells Angels.

Y claro… la famosa pandilla de motociclistas cayó a La Honda para ver qué pasaba por ahí. Sobraba LSD, escondían parlantes entre los árboles del bosque para sonorizar la velada y lo llenaban de luz negra y decoraciones fluorescentes. Las fiestas psychedelic en campos o quintas no son ninguna novedad.

Antes de eso ya había habido intentos de los más snobs por parte de la movida californiana por atraer a los Angels, y Hunter Thompson lo resume magistralmente en un sólo párrafo de su libro Hells Angels: “El marco era problema garantizado: bañeras llenas de cerveza, música salvaje y varias docenas de jovencitas buscando emociones mientras sus maridos y acompañantes querían hablar de ‘alienación’ y ‘una generación sublevada’. Habría alcanzado con media docena de Angels para reducir rápidamente la escena a un denominador común: ¿A quién nos cogemos?”.

Afortunadamente para Kesey y sus amigas mujeres, la presencia de abundante LSD en las fiestas de La Honda domaba incluso a los más salvajes de los motoqueros, salvo un pequeño episodio con una orgía que fue tan fuerte que llegó incluso a traumar a Hunter Thompson. La mayoría de los Angels que se hizo aficionada al LSD lo consumía de la misma manera que el alcohol, el porro o las pastillas: sin parar, sin medir, sin bajar. Y esto chocaba un poco con las ideas de Kesey del ácido como un expansor de la conciencia ordinaria.

El viaje real

La desilusión oficial vino un tiempo después, cuando la patota motoquera no sólo se ofreció por carta al presidente Nixon como unidad especial para pelear en Vietnam, sino que de paso también fajó a los estudiantes que hacían una marcha en contra de la guerra. Allen Ginsberg les dedicó un largo poema que leyó por micrófono, pero las bestias no se amansan con poesía y los Angels pudieron golpear tranquilos a un par de dirigentes estudiantiles, los mismos que antes compartían pepas con ellos en la quinta de Kesey.

El sueño comenzó a fragmentarse como los dientes de un pibe de anteojos contra los puños de un motoquero de 100 kilos.

Kesey aprendió, muchísimo más temprano que la mayoría de sus colegas, lo que cualquier psiconauta debería saber antes de tener una experiencia con enteógenos: las drogas no dan nada más al individuo que lo que él tiene adentro. Son simplemente la manera más directa, cruda y quizás entretenida de descuartizar la mente y descubrir lo que se oculta debajo de la piel civilizada que nos obliga a vestir la sociedad. Pero no convierten en iluminado al pacato, en hippie al policía y ni siquiera vuelven un poquito románticos a los motoqueros. De hecho, la historia de amor de la izquierda universitario-psicodélica con los publicitados forajidos duró casi un verano, sólo tres meses.

Al mismo tiempo, los negocios de Haight-Ashbury, el polo hippón de San Francisco, comenzaban a vender collares largos, posters de colores y camisas con flores. Hippies descalzos se mezclaban con los linyeras en los comedores del Ejército de Salvación, Kerouac era un alcohólico depresivo que vivía con la madre y Cassady moría en 1968 tirado en las vías del tren en México.

Leary daba entrevistas en Playboy, el LSD ahora era ilegal y la heroína comenzaba a reemplazar a los psicodélicos en la calle. La gente ya no se drogaba para iluminarse y más de uno tenía accidentes por imprudencia o problemas de consumo.

Kesey se recluyó en su casa de Oregon, cerca de donde se había criado, y se dedicó a vivir la vida del campo hasta que murió en 2001. Criaba y ordeñaba sus vacas, sembraba y escribía artículos mientras Furthur, el micro original, moría varado en un campo de pasturas para animales. Cada tanto él y los Merry Pranksters sobrevivientes se juntaban alrededor de un fuego y volvían a celebrar un Acid Test.

No volvió a publicar una novela sino hasta los 90, cuando ya era un respetable profesor de literatura con un amplio pasado psicodélico. Recién en esa época hubo una especie de revival Prankster, editando y publicando documentales con las miles de horas que habían filmado durante sus festivales.

Como aquel proverbio que se pregunta “¿Quién es dueño del jardín, el emperador que lo posee o el jardinero que lo cuida?”, Kesey se alejó de su papel de maestro de ceremonias y conector psicodélico para entender que la verdadera revolución psicodélica sólo puede hacerse desde el interior de uno mismo. Por supuesto, lo comprendió mucho antes de que los gurúes de la autoayuda destrozaran toda idea de autoconocimiento.

Un micro, amigos, goteros y música, como Kesey y compañía admitieron después, era un gran modo de pasar momentos divertidos. Ganar la pelea, ganar la revolución contra las fuerzas oscuras que dominan nuestra sociedad, no es convertir a todos al ácido y liberarlos de su esclavitud mental, sino despertarles la duda de si hay algo más que averiguar ahí afuera.