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Psiconautas Ilustres: Oliver Sacks, el héroe de la neurología

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Famoso por una película basada uno de los casos más complejos de su carrera, Oliver Sacks fue un neurólogo

Para tratar de entender las limitaciones de nuestra percepción, el químico Albert Hofmann, padre del LSD, se basó en la longitud de onda de nuestros receptores visuales. Así observó que todo aquello que vibra en otra frecuencia queda fuera de nuestra percepción y, por ende, de nuestra capacidad de explicarlo y entenderlo. De alguna manera que todavía no comprendemos, es necesaria la unión de conciencia y cuerpo orgánico para percibir y entender lo que llamamos “existencia”. El propio Hofmann afirmaba que era posible, observando la asombrosa complejidad del mundo que apreciamos, creer en la existencia de una inteligencia detrás de todo.

La compleja inteligencia que construye moléculas de átomos y sustancias de moléculas, que nos asombra diariamente hace miles de años, es capaz de producir células conscientes de sí mismas y, a su vez, capaces de replicarse. Además parecen tener una válvula de seguridad: sin esa unión, así como se desintegran las sustancias o disipa la energía, la conciencia podría perderse al azar, como los átomos rebotando por el universo. O quizás no.

El menor de cuatro hermanos de una familia de origen judío, hijo de una de las primeras mujeres cirujanas de Inglaterra y de un reconocido médico clínico que trabajó hasta los 90 años de edad, Oliver Sacks nació en Londres en 1933.

Fue parte de los niños evacuados de las grandes ciudades inglesas durante los bombardeos nazis entre 1939 y 1943, época en la que vivió internado en un instituto en el área rural de Inglaterra. Dado que la ciencia era el pan de cada día en su entorno familiar, no fue extraño que el joven Sacks decidiera estudiar en The Queen’s College de Oxford una licenciatura en fisiología y biología. Finalmente egresó como médico cirujano de la misma institución en 1958.

A principios de los años 70, Sacks logró publicar un libro titulado Migraña (1970), donde juntó sus propias experiencias como paciente y los casos con los que trabajó en una clínica. Pese a ciertas dificultades legales (la objeción de la institución a difundir datos sobre pacientes, razón por la cual lo despidieron) el libro alcanzó un moderado éxito y generó el estilo literario que distingue la obra de Sacks: observación clínica desde una mirada personal y humana sumada a la prosa depurada de un buen novelista.

En 1990 se filmó una película sobre uno de sus trabajos más conocidos, Despertares, un libro autobiográfico de 1973 que se convirtió en best seller. En él se retrata la experiencia de un neurólogo, más especializado en las investigaciones que en el trato diario con humanos enfermos, con un grupo de pacientes psiquiátricos comatosos internados en un hospital de enfermos crónicos del estado de New York.

El doctor Sayer, el alter ego de Sacks, interpretado en la película por Robin Williams, reconoce en estos pacientes un patrón común y los identifica como sobrevivientes de encefalitis letárgica, una enfermedad cuya epidemia entre 1917 y 1928, además de millones de muertos en todo el mundo, había dejado cientos de sobrevivientes con distintos grados de discapacidad.

Los más graves simplemente se apagaban y quedaban en estado catatónico, siendo mal diagnosticados e internados sin tratamiento por años. La aplicación experimental de un precursor sintético de la dopamina, bajo la hipótesis de estar tratando un Parkinson agudo, provocó notables mejorías en el grupo de pacientes, que pronto volvieron a comunicarse e interactuar con el mundo exterior, incluso después de décadas de coma.

Si bien el tratamiento finalmente falló y los pacientes decayeron, las investigaciones de Sacks abrieron nuevos caminos en el debate sobre la existencia de la conciencia y su “fundamento” orgánico. Los pacientes habían permanecido en pausa durante años, para luego “despertar” de nuevo a la experimentación de la existencia. La duda era si estos individuos y sus conciencias estaban atrapados e imposibilitados de comunicarse, sintiendo y sufriendo el encierro durante años. Eso motivó al médico a continuar investigando pese a los fracasos.

Conocido en el ámbito internacional por sus investigaciones y libros, como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), una recopilación de sus casos, pacientes y afecciones más extraños, recién a sus 79 años Sacks reveló el motivo o la intuición oculta detrás de su pasión por la neurociencia:

“Cuando me recibí de médico ya sabía que quería ser neurólogo, entender cómo el cerebro contenía la conciencia y el ser y entender los increíbles poderes de imaginación, percepción, memoria y alucinación. Empezaba la era de la neuroquímica, con una fugaz mirada sobre los neurotransmisores químicos que permiten a las células del sistema nervioso comunicarse entre ellas. Cientos de frentes se abrían por todas partes: la relación entre el nivel de dopamina y la enfermedad de Parkinson, los receptores cannábicos y opiáceos en el cerebro y sus circuitos de recompensa, los efectos del LSD”.

Oliver Sacks: ciencia, droga y rock n roll

En su libro Alucinaciones (2012), Sacks hizo un recuento de los años entre su egreso de Oxford como médico y su ingreso a la carrera de Neurología en 1962, época que no había hecho pública y que contenía una increíble y extensa carrera con psicodélicos y estimulantes, sustancias que utilizaba como herramientas para investigar las características de su objeto preferido de estudio: la mente humana.

Su amor por explorar nació luego de una experiencia con LSD que difirió bastante de las vivencias de sus contemporáneos. Con la curiosidad exaltada después de leer gran parte de la literatura clásica sobre enteógenos (los poetas malditos franceses y sus cantos de hachís, Aldous Huxley sobre mescalina, los dolores abstinentes de Samuel Taylor Coleridge y de Thomas De Quincey) y secundado por un amigo de la infancia, el joven Sacks estaba listo para su primera experiencia enteógena.

Era 1953, aquellos dorados tiempos en los que la Sandoz distribuía gratuitamente LSD para uso particular de investigadores y estudiantes, cuando los amigos recibieron un comprimido de 50 microgramos. Siguiendo la línea solemne y ceremoniosa de los primeros literatos psiconautas, Sacks y su amigo pusieron música de Igor Stravinsky, sirvieron dos vasos de agua e ingirieron 25 mcg de LSD cada uno.

Luego de varias horas sin sentir ninguna clase de efectos, se dieron por vencidos. “Deberíamos haber pedido 500 mcg en lugar de 50”, contó casi medio siglo después de su primer frustrado viaje.

Cuando Hofmann describió la sustancia de su creación a sus superiores en el laboratorio, hizo especial hincapié en que permitiría ahondar el conocimiento de los terapeutas sobre los trastornos y síntomas que padecían sus pacientes. Cientos de estudios posteriores utilizaron LSD como tratamiento de cuadros complejos, recuperación de alcohólicos y especialmente como acelerador de las terapias convencionales.

Pero para Sacks sus experiencias con LSD no sólo aportaron un nuevo conocimiento sobre sí mismo, sino que incrementaron su capacidad de empatizar con sus pacientes y estudiar la sintomatología “desde adentro”.

“Fue muy notorio cuando atendía pacientes migrañosos. Ellos describían complejas imágenes de patrones geométricos y vivos colores como el preludio de un severo ataque de migraña, algo con lo que yo ya estaba familiarizado como la antesala de las complejas alucinaciones del LSD”.

Para Sacks, fue como descubrir la manera de hacer fuego: un nuevo paradigma se abría, de horizontes infinitos y resultados inesperables.

El inicio de su residencia en el centro de neurología de la UCLA de California coincidió con los primeros cimbronazos de la era psiconáutica. Entre protestas antibélicas y la radicalización política de la juventud, la experimentación con psicodélicos tanto en protocolos de investigación en universidades como en las calles y los bosques imprimía nuevos puntos de vista a una generación entera.

Y Sacks fue remontado por la ola como un corcho que se aleja en el mar hacia una nueva costa. En su moto Norton Scrambler recorría las rutas de la playa. Se juntaba con los Hells Angels, esos pandilleros amantes de la velocidad, las drogas y la violencia, y con los fisicoculturistas de Muscle Beach, una playa donde se conseguían anfetaminas o esteroides por doquier.

En ese contexto, pronto tuvo su primera experiencia con el cannabis.

“Un amigo me ofreció un porro, le di dos secas y fui transformado por lo que sucedió después. Me miré la mano y la vi crecer hasta llenar mi campo visual, y agrandarse hasta parecer una mano extendida por el Universo, de años luz de largo. Todavía parecía una mano humana, viviente, pero esta mano cósmica era la mano de Dios. Mi primera experiencia con el porro fue marcada por una mezcla entre lo neurológico y lo divino”.

Pronto Sacks comenzó a llevar adelante una dieta basada en abundantes dosis de anfetaminas, LSD y algunas experiencias con las semillas de ipomea o Morning Glory, cuyas amidas de ácido lisérgico fueron usadas por los nativos mexicanos desde la época precolombina.

El alcohol no estaba entre sus preferencias y una experiencia demasiado intensa con la morfina acabó su curiosidad por esta sustancia. “Mi atención se centró en la manga de mi bata que colgaba en la puerta de la habitación”, escribe también en Alucinaciones sobre esa experiencia.

“Mientras miraba se convirtió en una batalla en miniatura, con detalles microscópicos. Veía toda clase de guerreros, soldados, gaiteros, carpas, dos ejércitos completos preparándose para entrar en batalla. Perdí toda noción de que estaba en Londres, en 1965 o de que estaba mirando mi bata. Doce horas después comprendí que a pesar de sentir que había durado media hora, habían pasado 12. Antes de inyectarme había estado leyendo Enrique V y las Crónicas de Froissart. Me aterró la sensación tan real de que uno podía pasar días, años y una vida entera sumido en el estupor del opio”.

Hacia 1967, ya establecido en Nueva York, invertía sus fines de semana ingiriendo combinaciones de anfetaminas, LSD y cannabis, para, según sus propias palabras, “estimulación general, intensidad alucinatoria y un poquito de delirio agregado”.

Con estos combos experimentó desde episodios cuasi psicóticos, en los que alucinaba que sus padres llegaban en helicóptero hasta su casa, hasta momentos de profunda gratificación espiritual al crear visiones de colores elegidos por su mente en lugar del torbellino inmanejable común a los psicodélicos.

La pluma de la mente

Durante uno de estos fines de semana de locura, en el que se leyó en una sola sentada un tratado sobre migraña de 1873 de 500 páginas, tuvo una revelación personal: podía producir literatura médica combinando ciencia y humanismo, una práctica que para ese entonces se había abandonado desde hacía más de un siglo.

Ésa fue su última jornada de intensiva experimentación química y el inicio del trabajo para su primer libro, texto con el que comenzaría una de las más sensibles sagas de divulgación científica.

En febrero de 2015, luego de una vida de logros y nombramientos honorarios tanto en literatura como en medicina, humanismo y hasta galardonado Comendador de la Orden del Imperio Británico, Sacks anunció públicamente que sufría un complicado cáncer de hígado, el cual auguraba un veloz final.

A semanas de morir, en agosto, un artículo que lleva su firma fue publicado por el diario The New York Times. En él puede leerse la calma que sobreviene a una vida entregada al compromiso con la pasión y la búsqueda de un conocimiento más allá de toda aritmética

“Y ahora, débil, sin aliento, con mis músculos otrora firmes derretidos por el cáncer, encuentro mis pensamientos no en lo sobrenatural o espiritual, sino en lo que significa haber vivido una vida buena y satisfactoria, adquiriendo la sensación de paz con uno mismo. Encuentro mis pensamientos derivando hacia el Sabbath, el día de descanso, el séptimo día de la semana y quizás el séptimo día de la semana de la vida de uno; donde uno puede sentir que el trabajo está terminado y con la conciencia tranquila, uno pueda descansar”.

Obras destacadas

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985)

Afectado por prosopagnosia, una incapacidad para reconocer y distinguir rostros humanos, el paciente se retira y toma la cabeza de su mujer pensando que es su sombrero. Esta experiencia inspira a Sacks a compilar los casos más extraños de su carrera.

Alucinaciones (2012)

Eje central de su carrera durante décadas, Sacks devela sus propias experiencias con sustancias psicoactivas y sus visiones. Además explica puntos de vista e interpretaciones históricas sobre las alucinaciones, un fenómeno recurrente en la humanidad.

En movimiento: una vida (2015)

Su último trabajo, una autobiografía profunda donde relata su infancia en Inglaterra, los viajes en moto durante su residencia en neurología, su relación conflictiva con las drogas y cómo el trato con pacientes modificó su manera de ver la vida.