Existen pocas ideas tan trilladas como aquella que dice que la ciencia ficción predice el futuro. Pero hay que admitir que en el momento en que se sueñan, esas pesadillas premonitorias no parecen tan trilladas. Y es un poco la historia de Philip K. Dick, el escritor que prácticamente hizo de la ciencia ficción una premonición.
El nacimiento de toda cultura es inseparable de una idea perturbadora: el paso del tiempo. Así, junto al lenguaje y los ritos nació la nostalgia por el pasado y la incertidumbre por el futuro. Reyes y emperadores movieron ejércitos y arrasaron kilómetros en base a las predicciones de adivinos y nigromantes.
Y, primero por poder simbólico y luego por unos cuantos millones, personas astutas hicieron un imperio en torno a la cultura de saber qué sucederá mañana. Pero, más allá del negocio que se macera en la curiosidad y el morbo, las preguntas que nos abruman son tan humanas como legítimas: a qué vinimos y por qué.
Lo cierto es que no tuvimos cuidado con lo que soñamos. Los cambios climáticos que dificultan la producción de alimento, la sobrepoblación, las ciudades hostiles y segmentadas, el control casi absoluto de la información y la contaminación espacial son un hecho. Vista desde afuera, la Tierra es una bola azul rodeada de satélites rotos y partes de cohetes sin destino. Rodeados de nuestros propios desperdicios, de a poco nos olvidamos de lo que era la soledad y la cauterizamos echándole la culpa de esa sensación de vacío a la caída de algún servidor.
Hoy, la mayoría de los temores que auguramos hace medio siglo ya no son simples argumentos de novelas. De Julio Verne a Aldous Huxley, cientos de mentes, a simple vista retorcidas, se asomaron en ficciones a un futuro basado en lo que, en su época, apenas eran tendencias. Hoy tardamos menos que el sol en recorrer la circunferencia de la Tierra y la sociedad moderna funciona como Un mundo feliz hasta donde la ciencia lo permite. El Gran Hermano de Orwell realmente existe y, para saber si vamos a enloquecer en Marte como auguraba Ray Bradbury, ya tenemos los medios; sólo nos falta resolver el problema del combustible.
Philip K. Dick y el arte de ver el mañana
El 16 de diciembre de 1928 nació en Chicago, Estados Unidos, Philip K. Dick, el más preocupante de los escritores de ciencia ficción. Su infancia no fue nada fácil: sietemesino junto a una hermana melliza que murió por negligencia a finales de enero de 1929, fue criado por su madre entre constantes mudanzas y dificultades económicas.
En 1938 llegaron a California, donde Dick terminó sus estudios secundarios en Berkeley y comenzó a rodearse de la movida alternativa de mediados de los 50, con los poetas beat y los comunistas perseguidos como amigos. Incluso, ya siendo una celebridad, fue investigado por oponerse abiertamente a la Guerra de Vietnam.
Recién en 1952 publicó su primer trabajo pago en revistas de ciencia ficción como Planet Stories, If y The Magazine of Fantasy and Science Fiction. En junio del año siguiente, historias suyas aparecieron en siete revistas simultáneamente. Para mantener el ritmo de trabajo y poder ganar algo, ya que este tipo de publicaciones pagaba sumas irrisorias por historia publicada, Dick empezó a echar mano a algunos bastones químicos como la metedrina, una anfetamina estimulante.
De hecho, su bibliografía parece la de un hombre que no supo de qué se trataba dormir. Contando manuscritos perdidos y algunos trabajos incompletos, casi 50 novelas, más de 100 relatos breves y cerca de una veintena de colecciones de cuentos llevan su firma.
En 1955 publicó su novela Lotería solar, la sexta producida en su vorágine creativa. El reconocimiento, siempre en el nicho de la ciencia ficción, un mercado relativamente rentable pero en nada similar a las jugosas ganancias que producía la literatura mainstream, llegó con el prestigioso premio Hugo en 1963 por su novela El hombre en el castillo (1962), donde planteaba una ficción histórica en la que el fascismo ganó la Segunda Guerra Mundial. Pese a su productividad, Dick seguía con complicaciones financieras, al punto que el escritor Robert Heinlein le prestó dinero en varias ocasiones, incluso para pagar impuestos atrasados o comprar una máquina de escribir.
A principios de los 60, con la explosión de la ciencia ficción como un género rentable, algo que se ha atribuido a la popularización de la experimentación con psicodélicos y a la aparición de una ciencia ficción más humanista que tecnológicamente posible o imaginativa, Dick comenzó su etapa literaria más exploratoria.
El mundo literario contaba con el antecedente de Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley, donde se describe una sociedad en la que los ciudadanos son clasificados y modificados genéticamente para pertenecer a un estrato social determinado. Una droga multifacética, el soma, sirve tanto para relajar al trabajador estresado como medio apropiado de eutanasia.
Aunque más filosófico que extravagante, Huxley fue uno de los primeros escritores famosos que hizo una ruptura con la ciencia ficción positivista del estilo de Julio Verne, donde la tecnología llevaba al hombre a empresas y aventuras épicas, para intuir un futuro oscuro y dominado por luchas y poderes monopólicos.
Una mirada a la oscuridad
En una carta firmada el 17 de noviembre de 1965, Dick describe a su amigo Jack Newkom su segundo trip de LSD como una experiencia enriquecedora, a pesar de tomar voluntariamente una dosis pequeña, 75 microgramos, para no ir tan profundo y mantener cierta coherencia que le permitiera apreciar los estímulos sensoriales. Además de luces y colores, Dick comprendió que había sufrido dos episodios de esquizofrenia cuando era niño y que su miedo primordial era retornar a ese estado.
Un año después, en un artículo para el fanzine Lighthouse, afirmó: “recientemente tomé otra dosis de LSD, vi colores radiantes, rojos y rosas, brillaban como Dios mismo. ¿Eso es Dios? ¿Color? Al menos esta vez no tuve que morir, ir al infierno, ser atormentado y renacer gracias a la muerte de Cristo en la cruz hacia la eterna salvación. No me molestaría pasar otra vez por el Día del Juicio, sólo espero que no dure tanto”.
En 1965 publica una novela llamada Los tres estigmas de Palmer Eldritch, donde la humanidad en el siglo XXI ha colonizado el sistema solar completo y es gobernada por las Naciones Unidas. La vida en las colonias es tan aburrida que el gobierno obliga a los colonos al traslado. Allí se entretienen usando las muñecas Perky Pat y una droga ilegal fabricada secretamente por la misma compañía que fabrica las muñecas. Además de trasladar al usuario al cuerpo de los muñecos, la sustancia Can D genera alucinaciones colectivas sobre la vida en la Tierra.
Para los años 70 ya había pasado la etapa donde creía que las drogas psicodélicas podían ser útiles. De hecho, Dick le explicó a su colega Charles Platt una teoría que podría funcionar como explicación a la meseta a donde llegan muchos psiconautas. “Las drogas te matan y te rompen la cabeza. La cabeza se come a sí misma. Como la canción White Rabbit, donde dicen feed your head. Yo digo, ¿qué le estás dando? Le estás dando de comer a sí misma”.
Este proceso cíclico donde la información baja o es accesible durante cierta ventana temporal, si se vuelve a repetir una y otra vez provoca el mismo efecto que utilizar copias de un original como futuros originales: los detalles sumados en cada copia distorsionarán el original hasta convertirlo en algo diferente. Algo similar a la idea de Burroughs del lenguaje como un virus introducido para causar caos y detener la evolución de la raza humana.
De hecho, una de las creencias de Dick era que la herramienta básica para la manipulación de la realidad es el control de la palabra. Si podemos controlar el significado de las palabras, podemos controlar a la gente que debe utilizarlas. Esta idea, donde el cerebro se vuelve un mecanismo de repetición y transmisión de información, dio origen a su libro Una mirada a la oscuridad (1977), adaptado al cine por Richard Linklater en 2006 y protagonizado por Keanu Reeves.
Varios autores y periodistas se han referido a Una mirada a la oscuridad como el manifiesto post rehabilitación de Philip K. Dick, quizás porque incluye como dedicatoria una lista de sus amigos muertos, cuando en realidad es probablemente el mejor retrato de una adicción desde Yonki (1953) de William Burroughs. El protagonista del libro es un policía antinarcóticos que debe perseguir la distribución de Sustancia D, un poderoso alucinógeno de gran potencial adictivo. Bob, el policía, empieza a tener problemas con su consumo y, para eludir sospechas, fabrica un sospechoso que en realidad es él mismo.
Y como en varios textos de Dick, la realidad se parte en dos y el policía lentamente se vuelve el yonki perseguido, mientras su percepción de la realidad se mezcla entre las dos personalidades al deteriorarse su cerebro por el consumo de Sustancia D. Fred, el adicto, ve cómo un levante de una noche se transforma en su novia de siempre, y esto también es observado por Bob, pero en un video donde no reconoce que quien está ahí es él mismo. La línea entre los dos finalmente se había roto.
Para Dick, los yonkis se convertían en máquinas que pasaban de experimentar la conciencia a repetir un mensaje hasta el infinito. El cerebro de un adicto se vuelve un grabador donde un cassette condiciona su percepción y su comportamiento.
El abuso de sustancias como las anfetaminas puede producir brotes psicóticos o manías persecutorias, pero hay una idea que rodea las obras de Dick y tiene que ver con la percepción del paso del tiempo y la sanidad mental. El yonki, deteriorado por la droga, se ve atrapado en una percepción dilatada de una nada eterna, como refiere Bob el policía a su experiencia con Sustancia D. Son como vampiros o muertos vivos en un perpetuo estado de muerte y decadencia.
Es el principal planteo de su artículo La esquizofrenia y el Libro de los Cambios (1965): la esquizofrenia es padecer la imposibilidad de distinguir entre ayer y mañana, todo es un gran presente atrapador. Mientras los sanos disfrutamos el concepto de tiempo y vemos la película progresar cuadro por cuadro, los esquizofrénicos reciben la película entera quieran o no; para ellos no existe la causalidad sino un todo atemporal, como sucede en los viajes de LSD. “No es muy divertido”, aclara Dick.
En la introducción a Una mirada a la oscuridad, Philip K. Dick escribió que el abuso de drogas no es una enfermedad, sino una decisión, como correrse de enfrente de un auto en movimiento. “Siempre supe que las drogas eran peligrosas y potencialmente letales, pero tenía curiosidad de gato. Mi interés en la mente humana fue el culpable”.
Escuchando voces
En 1974 Philip K. Dick vivió una experiencia mística espontánea que generó una de sus teorías más excéntricas, que incluso fue atribuida a una psicosis que se prolongó durante algunas semanas. Se encontraba en su hogar recuperándose de una operación bucal cuando abrió la puerta para recibir un pedido de analgésicos. La chica del delivery llevaba en el cuello el colgante del signo Ichthys, dos arcos que representan un pez, usado por los primeros cristianos como representación secreta del culto.
Luego de atenderla sufrió visiones extrañas como rayos láser y patrones geométricos entre imágenes de Jesucristo o la antigua Roma. Dick sufrió, en sus propias palabras, “una invasión a mi mente por otra completamente racional, como si hubiese estado loco toda mi vida y de repente sano”.
Estas visiones, que se prolongaron e intensificaron durante dos meses, convencieron a Dick de su doble vida: él era él y también un cristiano del siglo I llamado Tomás. A pesar de lo descabellado de su creencia, su salud mejoraba, sus finanzas se acomodaban y hasta salvó la vida de su hijo gracias a la intervención de la mente visitante, que lo obligó a exigir estudios clínicos más profundos. Así descubrieron una hernia inguinal que, de no ser tratada, podría haber sido mortal.
Lo que algunos críticos y especialistas de su obra argumentaron es que se trató de un brote psicótico, una experiencia tan intensa para Dick que dio origen a una de sus obras más complejas y que lo acerca a pensadores psiconáuticos como Terence McKenna.
Terence McKenna esbozó una de las teorías más humanas y cercanas al pensamiento de Dick sobre los padeceres que este último sufrió y la constante lucha entre la sanidad y la locura en un artículo de 1991 titulado Yo entiendo a Philip K. Dick. En él escribe: “Phil no estaba loco. Fue víctima de un vórtice. La esquizofrenia no es un desorden psicológico ni una enfermedad sino una discontinuidad andante y localizada de la matriz del tiempo y el espacio”.
McKenna continúa en una línea más clara pero intensamente mística: “Hay ideas que quieren nacer y que lo quieren hacer durante mucho tiempo. Y a veces esa necesidad se posa en una persona, por ninguna razón. Sos iluminado y enloquecido y elevado por algo más allá de cualquier explicación. El tema es que esa idea es tan grande, tan inmensa que no puede ser contada. Phil entendía muchísimo de lo que pasaba. Pero aquellos que lo entienden se encuentran con dos cosas: la experiencia y su propia interpretación de la experiencia basada en lo que leyeron, vieron y escucharon”.
Bautizada como VALIS, Vasto Sistema de Inteligencia Activa y Viviente por sus siglas en inglés, la inteligencia superior que se comunicaba con los pobladores del planeta Tierra fue el título de una trilogía publicada en 1980. También fue la excusa para que Dick analizara su propia salud mental a través de dos personajes que representan diferentes aspectos de sí mismo.
En VALIS, Horselover Fat es un místico que escucha a Dios y aprende la realidad escondida sobre la vida en la Tierra. Phil es un escritor que trata de entenderlo pero no le cree. Horselover es en realidad una creación psicológica de Phil, una protección para lidiar con la muerte de sus seres queridos. Siempre presente la dualidad entre realidad y percepción, la identidad en los personajes de Philip K. Dick es una cuestión de pertenencia a una observación de la realidad más que a una acumulación histórica de vivencias.
Es una constante en sus obras: el humano que se descubre androide en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), el obrero que se entera de su realidad paralela como agente secreto en Podemos recordarlo por usted al por mayor (1966). VALIS está llena de referencias místicas y espirituales, desde el gnosticismo al budismo, o pensadores tan disímiles como Paracelso y Freud.
En su libro llamado Exégesis, publicado en 1991, a casi una década de su muerte, Dick teorizó que “aparentemente somos espirales de memoria en un sistema pensante similar a una computadora. Aun cuando poseemos miles de años de información empírica perfectamente ordenada y compartida, existe una falla en el sistema de recuperación: la memoria”.
Es por eso que Dick explica como natural un episodio de xenoglosia, la capacidad para comunicarse coherentemente en un idioma desconocido para el hablante. En ese trance, los balbuceos de Dick, que fueron registrados en un papel por su mujer, resultaron ser palabras en griego antiguo, algo que, según el propio Dick, ya le había ocurrido en una sesión con LSD diez años antes de aquella experiencia sin sustancias.
Inteligencias sin alma
Conocida por haber inspirado la exitosa película de los 80 Blade Runner, la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? plantea un planeta Tierra arrasado por las guerras, desbordado de contaminación donde sólo quedan sobreviviendo los inútiles del planeta, todos aquellos que no pudieron pagarse el boleto de escape. El protagonista es un cazador de recompensas que debe controlar la población de androides y cazar a un grupo de rebeldes escapados de Marte.

Los androides, inteligencias artificiales, se oponen a su destino, abriendo el debate respecto a la pregunta más antigua de la humanidad: qué es ser un humano, si es una cuestión meramente orgánica, qué es sentir. Estos interrogantes inspiraron cientos de películas y novelas, discutiendo el origen del alma humana en tiempos donde el hombre está a un paso de crear mecanismos pensantes independientes de sus creadores. Quizás nos ayuden a corregir los errores del pasado o simplemente nos destruyan apenas tengan la posibilidad. El tiempo dictará el desenlace real de la trama.
Aunque no llegó a ver el estreno de Blade Runner, las generosas regalías dieron a Philip K. Dick un respiro y le permitieron dejar atrás los años en los que no podía pagar ni siquiera las multas por atraso en la biblioteca pública.
Vivía solo en su departamento cuando lo sorprendió el ACV que lo dejaría en coma por cinco días. Murió en marzo de 1982. Los médicos identificaron la presión arterial alta como probable causa del ataque, souvenir quizás de las largas sesiones de anfetaminas en las que producía una friolera de casi 100 páginas por sentada, algo que haría palidecer a la más perfecta de las máquinas.

