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Psiconautas Ilustres: Vincent van Gogh, el punk que pintó

En vida, Vincent Van Gogh pasó casi desapercibido, salvo por sus constantes episodios de salud mental. En nuestra época hubiera sido un «artista torturado». En la suya, fue una figura mínimamente controversial y solo después de muerto sus pinturas recaudaron millones.

“Una característica fundamental de nuestra imagen de la realidad es su inherente limitación”, escribió Albert Hofmann en Mundo interior, Mundo exterior.

El ojo, al menos en Occidente, establece el patrón de lo que es verdadero o no captando ondas electromagnéticas que se interpretan en el cerebro como imágenes gracias a distintos procesos fisiológicos. Pero ese órgano, esa visión y esa cadena de procesos intelectuales y cognitivos que se dispara cuando las ondas alcanzan la “antena”, sólo funciona en un espectro muy estrecho: de 0,4 a 0,7 milmillonésimas de milímetro (milimicras). Las demás ondas que “vibran” debajo o después de este espectro no serán captadas.

Representar la percepción de la realidad ha sido siempre una pulsión de nuestra especie. Nuestros antepasados, en paredes de roca iluminadas por la hoguera donde asaban, pintaban las escenas de caza que generaban su alimento. Pintaban sus ideas religiosas, sus deseos de abundancia o, simplemente, el asombro que les provocaba saberse diferentes en un mundo regido por misterios y secretos.

Gracias a esa rudimentaria expresión, el hombre descubrió otra cualidad humana: materializar la irrepetible experiencia de ver algo único y diferente en lo mismo que ven todos los demás.

La rebelión del color

Como la invención del fuego, la Revolución Industrial cambió radicalmente nuestro mundo y empujó los primeros pasos hacia una nueva etapa cultural y social. No sólo se modifica la forma de producir bienes: las comunicaciones y los transportes se aceleraron al ritmo vertiginoso de los nuevos capitales, al punto de crear un mundo a la medida del nuevo orden político, económico y social nacido al ritmo de las máquinas.

El ferrocarril y los barcos a vapor redujeron enormemente los tiempos y las distancias, trasladando masas de gente desde el campo a los centros urbanos y desde Europa hacia el resto de un mundo de riquezas inexploradas y fronteras todavía míticas. Un mundo donde las nuevas clases sociales en pugna, la burguesía y el proletariado, reconfiguraban las costumbres de la vida diaria e, incluso, la representación artística.

Los movimientos migratorios de las áreas rurales a los centros industriales y la profundización de las desigualdades convirtieron al campo en un espacio idílico. El hacinamiento, la contaminación y el conflicto social en las primeras megaciudades hicieron que el campo despertara un imaginario de armonía. Al caos y a la desesperación urbana se les opusieron un espacio verde y el aire puro.

En este veloz mundo nuevo nace el primer arte urbano. Los pintores impresionistas decían retratar lo cotidiano, en obras veloces sin estudio o análisis, eligiendo la impresión a la corrección. Sin embargo, el impresionismo posó su mirada en los parques y paseos y, a pesar de revolucionar la técnica de la pintura con la inclusión de un trazo irregular, esas típicas “pintitas” de los cuadros de Monet, por ejemplo, buscó a su modo restablecer una armonía perdida.

En el mundo real, a medida que la burguesía se consolidaba como la nueva clase dominante, los campesinos se hacían obreros de fábrica y las ciudades pintorescas se convertían en laberintos donde abundaban enfermedades varias, salvo por las zonas exclusivas sin acceso para la nueva plebe.

Pero también nació la vida nocturna, el bullicio, los cafés y cabarets, espacios de ocio donde las distintas clases sociales dejaban atrás sus preocupaciones de acuerdo a lo que su bolsillo podía pagar. El artista que contemplaba la inmensidad y la “creación de Dios” se volvió un solitario que vivía la experiencia de estar perdido en la multitud.

Rockeando sin electricidad

En 1853 nació en Zundert (Países Bajos) Vincent van Gogh, hijo de un humilde pastor protestante. Su nombre, como solía suceder en la época, era el mismo que el de un hijo anterior de la pareja, muerto a muy corta edad.

Pasó por varios internados durante una infancia humilde y fría, de la que sólo rescató su interés autodidacta por el dibujo y la pintura. Abandonó los estudios a los 15 años y un tiempo después ya estaba trabajando como aprendiz en una empresa de compra y venta de arte propiedad de su tío.

Por varios años el joven disfrutó del empleo, conociendo la pujante Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial, y el enorme mercado cultural que este país poseía. Historias de desamores y peleas familiares lo fueron alejando del foco principal de la empresa mientras un llamado espiritual se hacía fuerte en su interior.

En 1878, dos años después de ser despedido de la compañía de arte, Van Gogh viajó a la región minera de Bélgica como misionero evangelizador, donde vivió con el resto de los obreros y mineros el lado B del progreso: el frío, la poca comida, las casas precarias. Allí repartió su jornal de misionero con el resto de los feligreses.

Por sobre cualquier otro oficio, los carboneros y tejedores le producían una especial impresión: los primeros se sumergían en cuevas para alimentar las siempre voraces máquinas que se transformaban en la prisión de los segundos.

La empatía religiosa duró hasta que la Iglesia dejó de girarle dinero y abandonó la evangelización del proletariado para dedicarse a la pintura. Su hermano Theo, quien solía ayudarlo económicamente, fue su principal impulsor.

En 1880 ya estaba instalado en la ciudad de Amberes, donde asistió a la Academia de Bellas Artes. Sus obras todavía conservaban una fuerte impresión de su pasado como misionero: los sujetos eran campesinos o trabajadores, pero lejos de ser un canto a la vida moderna, eran figuras oscuras o totalmente en negro.

Un ejemplo es Los comedores de papas, un trabajo realizado en abril de 1885, en el que lo que parece un grupo familiar de pobres cena en un sucucho iluminado por una lámpara de petróleo.

Por entonces, Van Gogh pasó casi dos años conviviendo con una prostituta llamada Siene que había conocido en las calles de La Haya. Fue un período de extrema pobreza en el que contrajo varias enfermedades de transmisión sexual que, sumadas a sus precarias condiciones de vida y su deficiente nutrición, hicieron estragos en su salud. La relación con su familia, salvo su hermano, empeoró catastróficamente.

Gracias a Theo, su eterno mecenas, pudo viajar a París en 1886, donde fue presentado a los jóvenes pintores que serían años más tarde figuras del postimpresionismo: allí estaban Paul Gauguin, Camille Pissarro y Georges Seurat.

Junto a ellos, Van Gogh se introdujo en el estudio de los grabadores japoneses como Hokusai, las nuevas técnicas como la pincelada corta y abordó un concepto totalmente nuevo o, precisamente, el sentimiento que guiaba sus primeros trabajos: la impresión directa del sentimiento y el momento que provocaba la observación.

Por su parte, las noches parisinas tenían el agregado de eternos vasos de absenta. El verde brebaje de alto contenido alcohólico fue la estrella del Siglo XIX hasta su prohibición en tiempos de la Primera Guerra Mundial. Por más de un siglo se creyó que las tujonas presentes en el licor producían un estado alterado cuyas propiedades se acercaban más al extremo visionario que a la estupefacción y la sedación del sistema nervioso central que produce el alcohol.

La Absenta fue la estrella de las noche europea desde el siglo XIX hasta casi la Primera Guerra Mundial.

Mucho tiempo después del uso y abuso romántico de la absenta se conocieron las razones de su pegue y los riesgos asociados a entregarse sin medida a los designios del “hada verde”. La tujona funciona sobre los receptores de ácido gamma-aminobutírico (GABA), como el alcohol, potenciando los efectos de éste y aumentando de por sí la psicoactividad del etanol presente en los licores.

Esta combinación, ingerida durante prolongados períodos de tiempo, puede provocar desórdenes en el “circuito” GABA, que están asociados a la enfermedad de Parkinson o demencia senil, además de los trastornos hepáticos, renales y gastrointestinales asociados a grandes consumos de etanol. Las tujonas provocan espasmos musculares y convulsiones, y estudios han demostrado estimulación de la actividad en forma similar a las anfetaminas.

Durante años se llegó a presuponer que el gran consumo de absenta por parte de Van Gogh era el responsable de sus particulares e inspiradas visiones que representaba en la mayoría o, al menos, en las más conocidas de sus pinturas. Uno de esos trabajos se llama Naturaleza muerta con absenta, donde se ve una copa conteniendo la bebida y la botella de agua con la que servían el licor.

Dos años después de iniciado su ascenso a los círculos de la pintura, en 1888 se instaló en Arles, donde pintó la archifamosa serie de Girasoles y donde invitó a vivir a Gauguin. La relación fue de mal en peor hasta que Gauguin abandonó la casa y Van Gogh, en plena ira, se cortó parte de la oreja izquierda.

Algunos autores afirman que se automutiló bajo los efectos de un alto consumo de absenta. Otras evidencias indican que fue en una pelea con Gauguin, que era un excelente esgrimista. Después de vagabundear por los cabarets durante una noche, la policía lo encontró inconsciente; fue internado en un hospital y luego derivado a una institución psiquiátrica.

Durante su internación continuó pintando, incluso autorretratándose con la cabeza vendada y la mirada vencida. Esta internación duró un año, en el que canalizó el encierro y la inestabilidad de su mente pintando.

A poco de salir de su internación, mientras vivía supervisado por el doctor Gachet, Vincent van Gogh fue hallado herido en su casa de un disparo en el pecho. Murió dos días después en brazos de su hermano y, mientras algunas versiones indican que él mismo se disparó, otros autores sostienen que fue una bala producto de un disparo accidental, de manos de dos hermanos del barrio, la que causó su muerte.

Su hermano Theo, profundamente afectado, falleció de complicaciones renales seis meses después.

El bueno, el malo y el loco

Varias teorías intentan explicar la visión-estilo de Van Gogh adjudicando esta forma de pintar a los efectos secundarios de distintos fenómenos que podrían haber provocado síntomas psiquiátricos e intoxicaciones físicas.

Por ejemplo, Van Gogh pintaba con sus dedos y utilizaba pocos pinceles; su presupuesto no era el de un pintor cortesano. Esto hacía que, al secarse un pincel, lo masticara para aflojar la pintura y así volver a usarlo. Es muy probable que también se limpiara los dedos con la boca cuando decidía cambiar de color. Algunas fuentes incluso afirman que comía en los mismos recipientes en los que mezclaba pintura.

La gran cantidad de plomo que estuvo presente en los óleos hasta bien entrado el Siglo XX era suficiente para intoxicar y enfermar a cualquier persona. Si tenemos en cuenta el enorme tamaño de la obra de Van Gogh, el cóctel era más que intenso.

La intoxicación por plomo, además de fallas renales, problemas auditivos y dolor de cabeza, provoca comportamiento errático y agresivo y un detalle particular: visión borrosa o en halos. De ahí que pueda especularse que pinturas como La noche estrellada hayan nacido de mucho genio y algo de sustancia.

Por esa característica de su pintura, sumado a los intensos tonos amarillos constantes en su trabajo, otros expertos se inclinan por la teoría de que el tratamiento con digitalina al que fue sometido para paliar los efectos de una supuesta epilepsia influyó en sus experiencias estéticas.

La digitalina proviene de una planta llamada Digitalis purpurea, cuyas sustancias activas funcionan como cardiotónicos y habían sido usadas desde el Siglo XVII como anticonvulsivantes y para tratar arritmias o problemas del corazón. Su uso continuo provoca mayor sensibilidad visual al color amarillo, además de halos y borrones en la visión causados por la acumulación de bilirrubina en la córnea y el cristalino del ojo.

El ejemplo utilizado por los defensores de esta teoría es Campo de trigo con cuervos. Además del trazo impulsivo y ancho, los colores amarillos contrastan con un cielo oscuro, sin mayor detalle que ese intenso contraste. Otras obras, como Terraza de café, presentan distintivos halos alrededor de las fuentes de luz, otra visión posiblemente acompañada del uso de digitalina.

En un cuadro, Van Gogh retrata a su médico, el doctor Gachet, con mirada melancólica y flor de digitalis en la mano.

Con la teoría del licor de absenta descartada hace casi 25 años (el pintor debería haber ingerido más de 200 litros de licor para sentir la intoxicación provocada por tujonas) se instala la solución poco científica de la demencia y un cuadro complicado para la época: fue diagnosticado como epiléptico, psicótico, esquizofrénico, depresivo y una infinidad de cuadros a medida que su estado general se deterioraba.

El doctor Gachet con una planta de Digitalis en la mano.

Sea cual sea el motivo, el hecho de atribuir los tormentos de Vincent al consumo de sustancias como la absenta (prohibida en 1915) muestra la potencia del prejuicio aplicable a cualquier usuario de sustancias psicoactivas: la responsabilidad del flash, la locura e incluso la muerte es siempre de las demonizadas drogas ilegales, jamás de aquéllas que puede recetarnos alguien con un guardapolvo.

La salud mental de Van Gogh ha sido objeto de estudio por generaciones, aportando confusiones al debate sobre la sanidad psíquica de los artistas y la relación de ésta con su talento. Su propia obra suma al enigma: en sus múltiples autorretratos, mientras cambia el color de la ropa o los ojos para dialogar con los tonos de fondo, el semblante mantiene la expresión de lo que parece la turbulencia de una compleja vida interior.

Pese a todo, los defensores de la idea de una locura creadora quizás no dejen de sostener que los arrebatos y el caos de la vida personal del desafortunado Vincent constituyeron el motor necesario para alcanzar una creatividad inusitada y una pintura completamente personal.

La hipótesis es incomprobable; sin embargo, ahí están las 300 obras que produjo en sus últimos, caóticos y destructivos días. Entre ellas está el retrato dedicado a su doctor como pago a sus servicios, comprado por un coleccionista anónimo por cerca de 100 millones de dólares en los años 90, casi un siglo después de la muerte de Van Gogh quien, en vida, vendió solamente un cuadro.